Vivir desconsolados: un consuelo

Todos sufrimos. En este valle de lágrimas el sufrimiento es un compañero constante en el trayecto que va desde los dolores del parto hasta las agonías de la muerte. Sufrimos y muchas veces buscamos alivios ya sea en las criaturas o en el mismo Dios, a quien le imploramos consuelos. Pero si tuviésemos el poder de elegir, sería preferible para el alma sufrir sin consuelos que padecerlos con ellos. ¿Por qué? Porque cuanto más completo es nuestro dolor, con más amor cuida de nosotros Nuestro Señor Jesucristo.

Dios, que desea nuestra salvación y no nuestra perdición, procura acelerar nuestra santificación y quiere que pronto llegue la hora de sentarnos junto a los ángeles en los tronos de la Gloria eterna. Es en la tierra donde decimos: “todos lo que puede ser malo cae sobre mí. Tantos son mis problemas y dolores que no tengo tiempo ni de respirar. Dios… no escucha mis ruegos. Tal vez los desprecia. No me otorga ningún tipo de consuelo”.

Pero, seamos sinceros, la visita o charla de nuestras mejores amistades, con sus palabras más consoladoras ¿quitan un solo gramo al peso de nuestra cruz, o disminuyen en algo la amargura de nuestro corazón o la desesperación que nos atormenta? Seguramente no.

Cuando ninguna mano humana puede cambiar aquello que nos desconsuela ni palabra alguna puede reconfortarnos, se trata de un favor excepcional que nos concede Dios.

Es una prueba de que hemos penetrado hasta el fondo de Su sagrado Corazón y de que con cuidado celoso no permite a nadie que comparta con Él el derecho de consolarnos ni habitar en el templo de nuestra alma, aun cuando hayamos colmado la medida de los tormentos necesarios para nuestra santificación.

Saboreemos, con la visión amorosa y feliz de la fe, el consuelo eficaz y muy dulce, por más que parezca amargo al paladar del corazón, el vivir sin consuelo.

Y digamos al Señor: “Dios mío, si esta es la forma en que puedo amaros más, en que puedo daros prenda de mi amor y fidelidad, os hago gustoso el sacrificio de todos los consuelos, hasta que os plazca hacerme gozar la dicha eterna por haberos preferido a Vos a cualquier criatura”.

San Agustín: “el amor es el ojo del alma”

Dice el santo Obispo de Hipona: “el amor es el ojo del alma: amar es ver”. Y en verdad, un alma que ama a Dios no se desalienta por el sufrimiento porque siente en si una alegría sobrenatural al hacer o soportar algo por Él. Pero como su amor a Dios se extiende a todo cuanto Él ama, sufre al ver las ofensas hechas a Dios.

Para el alma católica amar es dulce, pero también recordamos que amar tiene sus tormentos. Y el más duro de todos es ver que se ofende al Esposo adorado y amado. Y es que el grado más intenso de esta pena es ver a Dios ofendido por aquellos a quienes amamos. ¡Qué desgracia! ¡Qué tormento interior causa no poder evitar tantos pecados como se cometen a todas horas; y sobretodo, los pecados en los que, aunque involuntariamente, tomamos también parte nosotros mismos! Es un verdadero martirio por el que pasaron todos los santos.

No es posible resignarnos pacientemente a que se insulte y ultraje a nuestro padre. ¿Cómo podemos ver, sin sentir amargo dolor, que ultrajen a nuestro Padre celestial sus propios hijos, que son tal vez los nuestros? Si no podríamos soportar el escarnio y humillación de nuestra madre, ¿cómo podemos soportar que se insulte y rebaje a la santa madre Iglesia, muchas veces por aquellos que por su posición son los más llamados a defenderla con su poder y autoridad? Y por los mismos fieles, sus hijos y hermanos nuestros, que también le ofenden. ¿Podemos aguantarlo?

Cuando uno piensa que Dios no vaciló ante su la muerte de Su Hijo para operar nuestra redención, ¿no es horrible ver que se vuelven contra Él sus propios beneficios y que se crucifica una y otra vez a Jesucristo y hace padecer los mismos tormentos a María Santísima?

Estos tormentos de un corazón filial no son capaces de comprenderlos las almas que piensan poco en Dios, que son muchas. Ni menos las infectadas de materialismo, sensibles a males materiales pero insensibles a los bienes sagrados.

Cuando se sufre este tormento, no es posible hablar más que a Dios o a los santos. ¡Y qué odioso aparece el mundo! ¡Qué consuelo proporciona el pensamiento de sufrir por amor de Dios! ¡Cómo se teme que disminuya lo que podemos sufrir por Dios!

Sufrimos mucho en la vida, pero los católicos sufrimos mucho más cuando pensamos que no nos es posible disminuir el número de pecados que se cometen en la tierra. No quisiéramos dejar de sufrir, porque hallamos consuelo en que nos atormenta lo que atormenta a Jesucristo.

Cualquiera que sea nuestro estado, hagamos actos de amor para compensar el desapego de tantos corazones que permanecen mudos y fríos ante el amor de Dios y la dolorosa redención con que pagó por nuestros pecados.

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