Vino a los suyos y no le conocieron…

“Dios hecho hombre”, ¡qué misterio sublime! Los festejos, cargados de emociones de naturaleza diversa, se unen a los del paso hacia un nuevo año, cargado de temores y anhelos, miedos y esperanzas.

Es ante los pies del Niño Dios, que nos sonríe misericordioso bajo las miradas sublimes de Nuestra Señora y San José, que traemos nuestros dolores y alegrías, arrepentimientos y buenas obras para presentarlos suplicando su gracia y favor. Pero, por sobre todas ellas, la gracia de la salvación para nuestro prójimo y para nosotros mismos. Las almas elevadas suplicarán, además, gracias regeneradoras de la humanidad que levanten las oposiciones necesarias ante la decadencia catastrófica de nuestros días y se eleve el rugido valeroso de la fe restauradora presta a instaurar todo en Cristo.

En torno a la Sagrada Familia, ángeles, hombres y animales, pastores, siervos y reyes se arrodillan y prestan homenaje a Dios mismo, hecho hombre por nosotros.

El nacimiento como figura de los tiempos presentes

Tal escena conmovedora – que arrebata el aliento a todos quienes la contemplan – estaría incompleta si no extendiésemos un poco más allá la visión. Como la de los ángeles, nuestra mirada debe tender al conjunto de los hechos y realidades, tanto espirituales como materiales.

San José, patriarca y príncipe de la Casa de David, había emprendido un viaje doloroso y lleno de inquietudes junto a María Santísima, Madre del Salvador y Princesa de la Casa de Leví. Por derecho propio nada se les podría haber negado y todo lo que se hiciese en su favor sería poco.

Sin embargo, se le negó auxilio y posada. Los corazones se cerraban ante la augusta pareja y ni el dulce sentimiento que inspira la maternidad pudo conmoverles. Es de pensar que sus nobles semblantes, la santidad sin par de tal pareja, podrían tocar sus espíritus, pero los asuntos mundanos en unos y los rechazos del pecado a la gracia en otros, cerraron sus corazones.

Aquellos hombres no conocían a Dios, podrían alegar en su favor ante su propio juicio. Los hombres de hoy de modo alguno pueden negarlo. Ya no son bárbaros carentes del influjo de la civilización ni paganos que gimen en las tinieblas de la ignorancia. Son moradores en las ruinas de la civilización cristiana, conocedores de la Encarnación del Verbo y de la Redención, de los esplendores de la Cristiandad y de la existencia de la Santa Iglesia. ¡Cuánta más culpa cae sobre nuestra generación por la defección que hemos cometido!

Todo cuanto hicieres al prójimo…

Nota característica de la civilización cristiana es la encarnación en nuestra cultura de que todo cuanto hacemos al prójimo se lo hacemos a Dios, según Él mismo predicó con sus sagradas palabras. Todo el bien y todo el mal que procuramos, lo practicamos en Dios mismo pues somos hijos de Dios y hechos a Su imagen y semejanza. Esta regla de oro es la primera que se quebranta cuando las pasiones viles y la corrupción generalizada terminan con una cultura.

Observemos un poco más de cerca cómo opera este fenómeno en nuestra alma para comprender las causas y remedios sobre el problema.

Nuestras potencias interiores – razón, sensibilidad, imaginación, etc. – nos permiten captar la existencia de los demás y traerla hacia nosotros haciéndola presente. En tanto no somos simples animales sino seres dotados de espíritu ese prójimo, ese “otro” distinto a nosotros, puede ser cercano – próximo – o bien lejano, como por ejemplo la sociedad, una familia, institución, la misma Iglesia o la humanidad entera.

El simple sentimiento ético, tan querido para los paganos y filántropos como innegable para los cristianos, nace de este principio de proximidad: en tanto hay un “otro” dentro de nosotros nos comportamos considerándole más allá de nosotros mismos. Los usos sociales, la etiqueta y la caridad espiritual y material, emergen de esta contemplación y consideración por el otro.

Basta su defección, de eliminar o distorsionar al “otro” en nosotros, para que la cultura decaiga y arrastre a una civilización entera.

El egoísmo nos propone como centros de atenciones y derechos. La prepotencia desplaza hacia otro hasta nuestros pies. La indiferencia desconoce al otro y el maltrato daña a otro que no nos importa. Cada vez que herimos a alguien con nuestros actos, palabras e incluso nuestros pensamientos, ofendemos a Dios en el prójimo además de quebrantar el amor que le debemos y que nos consigna en los mandamientos.

Todo bien, toda forma de caridad posible y de bondad, benevolencia y beneficencia, se dirige a Dios.

Esto nos recuerda una de las primeras verdades cristianas: no amamos al prójimo por sí mismo, en cuanto criatura, sino que le amamos, cualquiera sea nuestra relación, por amor a Dios mismo. Porque amamos a Dios amamos a Sus criaturas. Por amor a Él perdonamos y obramos el bien sin importar si nos devuelven otro bien, lo agradecen o incluso lo consideran. No amamos a nuestra familia, cónyuge, patria ni a nada ni nadie por sí mismo sino por amor de Dios, y en Él se perfecciona el afecto, se engrandece y santifica, de manera tal que se obra lo que por nosotros mismos no podríamos.

Ese es un amor sobrenatural que no se limita a los afectos carnales ni emocionales, sino que se eleva por sobre toda consideración deseando y procurando su salvación y – en la medida de lo posible – también su felicidad en la tierra, bien con consuelo, bien con auxilios materiales y espirituales. De allí nace el esplendor de cada cultura y civilización reflejando las perfecciones de Dios en la tierra.

Cuanto más amor de Dios cultivemos, aún contra nuestros propios instintos, deseos, sentimientos e intereses, tanto más vive Dios en nosotros y más cerca estamos del Cielo. Con Su gracia, que a nadie falta y que jamás supera nuestras posibilidades, somos capaces de lo que los desgraciados, aquellos que rechazan la gracia, no les es posible.

De esta convivencia cristiana, hecha toda de amor de Dios, de gracia y bondad, se compone la cultura y civilización cristiana. Sólo en ella es posible lo que para los demás es imposible en términos de perdón, de misericordias materiales y espirituales, de proezas de heroísmo y gallardía.

Y el Verbo se hizo hombre…

Con los corazones llenos de fe y de profunda piedad, ardiendo por amor de Dios y ansiando la salvación de las almas, rogaremos a la Sabiduría Encarnada, junto a la Reina de todo lo creado y del glorioso Patriarca San José, nos concedan la gracia de que la Santa Iglesia sea liberada de sus opresores y goce de santa libertad.

Que por intercesión de los santos ángeles los corazones de los fieles ardan de caridad y procuren incendiar el mundo de amor de Dios, liberando a la humanidad de las tinieblas que la envuelven. Y que la gracia divina nos conceda el triunfo y exaltación de la Santa Iglesia. Que Ella sea reconocida como la única Iglesia de único Dios verdadero, verdadera madre y Maestra, cuna de las civilizaciones y divina luz de todo bien material y espiritual.

Si la luz de la estrella iluminó el camino de reyes y de hombres, ¿con cuanta mayor luz y esplendor nos ilumina la verdadera Iglesia, bajo la mirada materna de María Santísima, refulgiendo en las frentes y corazones de los hombres, familias, sus instituciones y naciones?

Ante los pies del Divino Infante suplicamos por todos ustedes, y por todos quienes cooperan y nos sustentan con sus auxilios espirituales y materiales. Y pedimos especialmente para que por caridad, las gracias se extiendan a toda la raza humana, redimida al precio infinito de la preciosa sangre de aquel Niño que nació para morir por nuestra felicidad eterna.

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