Vida de San Juan de Dios

San Juan de Dios fue natural de Portugal y de padres de baja estirpe, aunque devotos y caritativos. Nació en el año 1495. Dedicó una parte muy considerable de su juventud sirviendo bajo el Mayoral del Conde de Oropesa en Castilla, y con gran inocencia y virtud.

En el año 1522 se alistó en una compañía de Infantes que el mismo Conde formó, y sirvió en las guerras entre españoles y franceses, como hizo también después en Hungría contra los turcos, siendo rey de España el Emperador Carlos V. Con el ejemplo del libertinaje y vida licenciosa de sus compañeros fue perdiendo poco a poco el temor de ofender a Dios, y abandonó la mayor parte de sus prácticas devotas. Licenciada la tropa en que él servía se fue a Andalucía en el año 1536, donde se acomodó a servir a una dama muy rica de una población cercana a Sevilla, en calidad de ganadero.

Cuando tenía ya 40 años empezó a sentir remordimientos de su mala vida pasada y adoptó pensamientos de un modo nuevo de vivir, e hizo penitencia de sus pecados. Conforme a este designio invertía la mayor parte del tiempo, tanto de día como de noche, en los ejercicios de oración y mortificación, lamentando casi continuamente su ingratitud para con Dios, y pensando siempre el modo de dedicarse enteramente a su servicio.

Su compasión por los necesitados le movió a tomar la resolución de dejar aquel lugar e ir a África, donde pudiese socorrer y consolar a los pobres esclavos que había en ella, no sin la esperanza de encontrar también la corona del martirio.

En Gibraltar se encontró con un caballero portugués, condenado a destierro por el rey Juan III, y confiscados también sus bienes, se encontraba bajo el poder de los oficiales del rey, en compañía también de su esposa y sus hijos, y disponiendo su pasaje para Ceuta en Berberia, que era el lugar de su destierro. Juan, llevado por la compasión y la caridad, les sirvió sin sueldo alguno ni interés. Habiendo caído enfermo en Ceuta dicho caballero, se vio muy pronto reducido a la pobreza, que le obligó a disponer del corto resto de su aniquilado caudal para socorro de su familia.

Juan, no contento con vender lo poco de que era dueño para aliviarles, iba de día a trabajar a las obras públicas para adquirir cuanto le fuese posible para la subsistencia de aquellos infelices. La apostasía de uno de sus compañeros intimidó a Juan, y habiéndole dicho también su confesor que el ir a buscar el martirio era una ilusión, que podía serle peligrosa, determinó volver a España.

Vuelto pues a Gibraltar le sugirió su piedad dedicarse a ser buhonero, y compró varias pinturas y libros de devoción, para tener de este modo la ocasión y oportunidad de exhortar a la virtud a sus parroquianos. Aumentándose considerablemente su ingreso fue a establecerse a Granada, donde abrió su tienda pública en el año 1538, cuando tenía 43 años de edad.

El gran predicador y siervo de Dios al mismo tiempo llamado el Apóstol de Andalucía, San Juan de Ávila, predicó aquel año en Granada en el día dfe San Sebastián, que se guardaba en aquella ciudad como solemne y festivo. Tan conmovido se sintió Juan por el sermón que escuchó, que derretido en lágrimas llenó la iglesia de gritos y lamentaciones, detestando su vida pasada, golpeando su pecho y pidiendo en voz alta misericordia y perdón.

No contento con esto corrió por las calles como un loco, mesando sus cabellos y conduciéndose de modo que seguido por todas partes por una turba de gente con palos y piedras, llegó a su casa desfigurado de heridas, polvo y sangre. Dio cuanto poseía en el mundo, y reducido de esta suerte a la absoluta pobreza, para poder morir para sí mismo y crucificar todos los sentimientos del hombre antiguo, empezó a fingirse otra vez fatuo y loco, corriendo como antes por todas las calles, hasta que algunos tuvieron la caridad de recogerle, y llevarle lleno de sangre y lodo a la presencia del Santo Predicador Juan de Ávila.

Este hombre santo descubrió muy pronto en Juan las mociones de unas gracias extraordinarias, le habló a solas lleno del espíritu de Dios, oyó su confesión general, le dio los consejos que le parecieron más conduscentes, y le prometió su ayuda y asistencia para siempre.

Juan, movido por el deseo de las mayores humillaciones, volvió rápidamente a su aparente locura y a sus pasadas extravagancias. Lo atraparon entonces por esta causa y lo encerraron en una casa de locos, suponiendo que estaba privado enteramente del orden de sus sentidos. Se usaron con él los medios disponibles para recuperar la rectitud de su juicio. Sufrió todo el Santo con espíritu de penitencia, y como vía de satisfacción de los pecados de su pasada mala vida.

Informado San Juan de Ávila de su modo de conducirse fue a visitarlo, y hallándose casi reducido a los términos de un cadaver por su delgadez y debilidad, y su cuerpo cubierto de heridas y de llagas, aunque su alma vigorosa y dispuesta a sufrir con mayor ardor más y más tormentos, y nuevas especies de humillaciones, le dijo que habiéndose ya ejercitado suficientemente en un método tan singular de penitencia y humillación, le parecía y le aconsejaba que se emplease en adelante en un modo de vida más conveniente para sí mismo y más útil para el bien público.

Esta exhortación tuvo todo el efecto que podía desearse, y en aquel mismo momento se manifestó pacífico, comprensivo y sereno, con admiracio´n de los que le custodiaban. Continuó sin embargo largo tiempo en el mismo hospital, cuidando de los enfermos que había en él; pero lo dejó finalmente el día de Santa Úrsula del año 1539.

No es esta conducta extraordinaria objeto de nuestra imitación, sino de nuestra admiración. Habiendo sido en este santo un efecto del fervor de su conversión, su deseo de humillación y de un santo odio a sí mismo y de su pasada mala vida. Con aquel método aprendió muy rápido a morir perfectamente para sí mismo, y para el mundo, lo cual preparó su alma para las gracias con que Dios le colmó en adelante. Pensó pues Juan en poner en ejecución el designio de hacer algo por el alivio del pobre, y después de una peregrinación a Nuestra Señora de Guadalupe para encomendarse a su intercesión, y recomendarle sus designios, en un lugar tan celebrado por la devoción a la Santísima Virgen, principió su obra vendiendo leña, y alimentando con su sudor a algunos pobres.

Poco después destinó una casa para albergar en ella a los pobres enfermos, a quienes servía y proveía de todo lo necesario con un ardor, prudencia, economía y vigilancia que tenían maravillada a toda la ciudad. Este fue el origen de la Orden de Caridad en el año 1540, que por bendición del Cielo llegó a extenderse por toda la cristiandad.

Juan estaba todo el día ocupado en servir a sus dolientes; por la noche salía a llevar con ellos otros objetos nuevos de caridad, mas que a buscar las proviciones necesarias para todos; porque el pueblo por propia voluntad contribuía con todo lo necesario para aquel pequeño hospital. Enterado el Arzobispo de Granada de un establecimiento tan excelente, y admirando el orden incomparable que en él se observaba tanto en el cuidado espiritual como en el temporal de todo pobre, le socorrió con sumas considerables para su fomento, y le favorecía siempre con su protección. Esto mismo excitaba a todos a contribuir en su socorro, y la caridad, paciencia y modestia de San Juan, y su admirable cuidado y vigilancia, hacía a todos admirar y favorecer a su caritativo instituto.

El Obispo de Tuy, presidente de la Real Cancillería de Granada, invitó a comer a nuestro santo y le hizo varias preguntas, a las que respondió de tal manera que se granjegó una estimación muy particular de su persona en el afecto del obispo. Este prelado fue el que le dio el título de Juan de Dios, y quien le señaló una especie de hábito, aún cuando Juan nunca había pensado en fundar una Orden religiosa. Y las reglas que corren bajo su nombre no fueron establecidas hasta el año 1556, que fueron seis años después de su muerte, ni los votos religiosos fueron introducidos entre sus hermanos antes del año 1570.

Por probar su desinterés en una ocasión fue el Marqués de Tarifa, disfrazado, a pedirle una limosna con el pretexto de un pleito indispensable y justo. Recibió en efecto de mano de nuestro santo 25 ducados, que era todo el dinero que tenía. Tan edificado quedó el Marqués con su caridad, que además de devolverle la suma que le había dado, le dio a él 150 escudos de oro, y envió a su hospital todos los días en el tiemmpo que permaneció aquel caballero en Granada 150 panes, 4 carneros y 6 gallinas.

Pero aún más ilustres pruebas de su ardiente caridad dio San Juan de Dios en el lance de haberse prendido un terrible fuego en su hospital, porque sacó sólo a los más enfermos sobre su propia espalda, y aunque pasaba y repasaba por entre las llamas, y aunque estaba en medio de ellas por espacio considerable de tiempo, no recibió ni el más leve daño.

No se limitaba su caridad sólo a su hospital. Tenía por su mayor desgracia dejar sin socorrer a cuantos necesitados se hallaban en el país. Hacía por tanto pesquisas escrupulosas y exactas de las faltas que padecían los pobres en todo el distrito de la provincia, socorría a muchos dentro de sus propias casas, empleaba del modo posible y más propio a cuantos estaban capaces de trabajar, y con maravillosa sagacidad no omitía medio de consolar y asistir a todos los miembros afligidos de Cristo.

Era particularmente activo y vigilante en dar estado, y en proveer de todo lo necesario a las jóvenes necesitadas, por evitar el riesgo a que estaban siempre expuestas de andar por los malos caminos. A muchos redujo también del vicio en que se habían descarriado. Buscaba a los pecadores públicos, y con crucifijo en sus manos les exhortaba con muchas lágrimas a la penitencia. Aunque parecía que tenía una vida activa, y jamás se desolupaba, no dejaba por eso de vivir en su interior en una oración continua, y en increíbles austeridades corporales. Y sus lágrimas de devoción, sus frecuentes oraciones, y raptos, y su espíritu eminente de contemplación daban un lustre brillantísimo a todas sus demás virtudes.

Pero lo que más brillaba en todas sus acciones aún en medio de los honores que recibió en la Corte de Valladolid, a donde le llamaron sus obras, era su admirable caridad. El rey los príncipes le manifestaron su afecto cortesano, y al parecer apostaron a quién le colmaba de mayores dones, distribuyéndolos todos el santo con la mayor prudencia en Valladolid mismo, y en todo el país adyacente.

Sólo la virtud perfecta pudo resistir sin lesión la tentación de tantos honores; entre los que aparecía el santo cada vez más humilde. La humillación fue siempre su delicia: esto era lo que buscaba siempre, y emprendía con todo regocijo y actividad. Un día en que cierta mujer le llamó hipócrita, y le llenó de insultos, le dio secretamente una moneda en agradecimiento de la injuria, y le suplicó repitiese lo que le había dicho allí en medio de la plaza pública.

Habiendo últimamente el santo hecho un servicio duro y continuo por espacio de diez años en su mismo hospital, cayó enfermo. La ocasión inmediata de su enfermedad pareció haber sido la fatiga con que habiendo estado guardando leña y otras proviciones para sus pobres, y viendo en un estanque que estaba cerca a una persona en riesgo de ahogarse, se arrojó nadando con sus mismas vestiduras para socorrerle y liberarle, no sin un riesgo inminente de su propia vida.

Al principio ocultó su enfermedad, para que no le obligasen a dejar sus trabajos y disminuir sus austeridades habituales. Pero en este tiempo no dejó de revisar los inventarios de todo lo que correspondía al hospital, y en inspeccionar todo lo respectivo a él. Repasó también todas las reglas excelentes que él mismo había establecido para la recta administración del mismo, la distribución de tiempo y los ejercicios de piedad que debían observarse.

Por una queja que dieron contra el santosobre que albergaba a gente perdida y mujeres de mala vida, fue llamado a comparecer ante el Arzobispo, quien habiéndole hecho el cargo oyó de la boca de Juan, que se había arrojado a sus pies: “el hijo de Dios vino por los pecadores y nosotros estamos obligados a promover su conversión, a exhortarles y a suspirar y pedir por ellos. Yo soy infiel a mi vocación, porque así no lo hago; y confieso desde luego que en mi hospital no conozco a otro malo sino a mí. Por tanto, como en efecto estoy obligado, me considero el pecador más infame y el más indigno aún de comer el pan del pobre”. Con tales sentimientos de humildad pronunció estas palabras, que todos los presentes quedaron conmovidos, y despidiéndole el Arzobispo con respeto, le dejó a su arbitrio hacer lo que le pareciese justo.

Aumentó su dolencia y se extendió la noticia por todas partes. Una dama llamada Ana de Osori oapenas supo el estado en que se hallaba cuando tomando su coche fue a visitarle personalmente a su hospital. Estaba el siervo de Dios recostado en su pequeña celda sin quitarse su pobre hábito, cubierto con un pedazo de sayo en lugar de sábana, y bajo su cabeza no una piedra como acostumbraba, sino una cesta con que solía pedir la limosna para los pobres del hospital. Estos y todos sus enfermos le rodeaban inundados en lágrimas, y aquella señora movida de compasión despachó un recado al Arzobispo, quien inmediatamente le envió órden a Juan de obedecerla en todo cuanto quisiese hacer con él durante su enfermedad.

En virtud pues de este precepto le obligó aquella a que dejase su hospital. Nombró por superior interino de él a un hombre llamado Antonio Martin; y dio el mismo santo afectuosas y eficaces instrucciones a sus hermanos, encomendándoles muy en particular las virtudes de la obediencia y la caridad. Al salir de allí visitó al santísimo Sacramento, y dearramó copiosas lágrimas de ternura y fervor, quedándose tanto tiempo absorto y arrebatado en sus fervorosas oraciones, que la señora Osorio tuvo que mandar que le buscasen y le metieran en su coche, en el que se condujo por fin a su propia casa.

Le preparaba ella misma, con la ayuda de sus damas, y le daba de su propia mano el caldo y los demás socorros necesarios. Y leía muchas veces la historia de la Pasión de nuestro Divino Redentor. Lamentaba el santo amargamente que cuando al Salvador en su agonía se le dio a beber hiel y vinagre, a él que era un pecador miserable se le diesen caldos sustanciosos.

Toda la ciudad lloraba, toda la nobleza la visitaba, y los ministros iban a suplicarle se dignase a dar su bendición a todo el pueblo. El santo respondía que sus pecados le hacían el escándalo y la abominación de todo el país, pero que les encargaba el cuidado de sus hermanos los pobres; y de los religiosos que en su nombre les asistían.

Finalmente por orden del ARzobispo dio al pueblo la bendición última de su vida. Acompañada de exhortaciones y oraciones, que constaban de unos sentimientos de humilde compunción, y de aspiraciones inflamadas del amor divino. El Arzobispo dijo Misa en su cuarto mismo, oyó su confesión, le dió el Viático y la Extremaunción, y le prometió pagar todas sus deudas y proveer de todo lo necesario a sus pobres.

Expiró pues el santo de rodillas ante el Altar, el 8 de marzo del año 1550, teniendo exactamente 55 años de edad. Su cuerpo fue enterrado por el Arzobispo que iba al frente de su clero secular y regular, acompañado de la corte y nobleza de la ciudad, con una gran pompa. Fue honrado con muchos milagros, beatificado por Urbao VIII en el año 1630, y canonizado por Alejandro VIII en el año 1690. Su Orden de caridad para servir a los enfermmos fue aprobada por el Papa San Pío V.

“Vida de San Juan de Dios”. Por Francisco de Castro, 1575. Compendiada por Baillet y Helyiot en su “Historia de las Órdenes religiosas”.

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