Versos al consuelo de la Virgen

I

Esperanzas de María,
santas esperanzas son,
porque Ella espera en el Hijo,
que algún día prometió
que, al tercero de su muerte,
la tierra de resplandor
inundaría su santa
gloriosa Resurrección.

Si apoyada en el sepulcro
llanto de Madre vertió,
del Gólgota recordando

cuadros de sangre y horror,
renovando los dolores
de su triste corazón;
a la luz de su esperanza
María fortificó
aquella fe pura y grande
que, del Hijo en la Pasión,
de pie la sostuvo, dándole
en sus angustias valor,
para sufrir el martirio
con dulce resignación,
con la santa paz del alma,
profunda paz, con que dio
maternal ejemplo al mundo
en su terrible dolor.

II

¡Oh benditas esperanzas!
¡oh dulce consolación
de la Virginal María,
¡Santa Madre de Dios!

Esperanzas tan hermosas
de los hombres también son;
suyos también los consuelos;
para el mundo los pidió
la abogada y mediadora
del mísero pecador;
a ofrecerlos vino al mundo
con su evangélica voz
el que por el mundo ha muerto,
para ser su Redentor
y ofrecerle con su sangre
la esperanza del perdon.

¡Ved! las horribles cadenas
de la esclavitud rompió,
y ya las puertas destruye,
del infierno aterrador,
y concluye de la muerte
la dura dominación;
que en el polvo está su imperio
y el de la vida se alzó,
y el que esperaba entre sombras
la luz del Eterno Sol,
en los abismos contempla
sus rayos de salvación.

III

¡Tuyo es el triunfo María,
pues es triunfo de tu amor!
¡Benditas tus esperanzas,
que las nuestras también son,
y benditos los consuelos
de tu angustia y tu dolor;
que ellos en gloria convierten
nuestra mas grande aflicción!

Ya has visto a Jesús, le has visto
coronado de esplendor,
de luz de la nueva vida,
que tanto tu fe logró,
tu fe, de la fe del hombre
manantial consolador.

Le has visto, viste las llagas
que Él abiertas conservó,
como títulos eternos
de Divino Salvador
de los hombres, de tus hijos;
que desde la Cruz lo son.

Sin ver las llagas, creyeras;
no con el vano temor
del que, sin ver, no creía
y aun para creer tocó.

Por eso a Tomás le dijo
el Divino Redentor:
“Viste y creíste… ¡dichoso
aquel que sin ver creyó!”.

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