Verdad y Discernimiento

Durante siglos mantuvo la Santa Iglesia la atenta consigna de discernimiento de que para saber si una aparición, milagro o persona eran no sólo aparentemente de bien se hacía necesario averiguar si decía algo erróneo, es decir, en contradicción con la estable e inmodificable doctrina católica. De esta forma se desestimaron “apariciones”, “milagros” y “santidades” al notar que se encontraba el aguijón de la herejía en su mensaje. Porque la fé católica es una, invariable y perfecta, y no puede ser contradicha por lo que se supone venido del Cielo.

Dios nos ha entregado una religión coherente, razonable, que no varía con el tiempo, a diferencia de cualquier otra. Así, los hijos de Dios saben que si en el principio estaba mal robar, seguirá estándolo milenios después. Si Nuestro Señor enseñó algo, y dijo que ni una jota sería cambiada, así hemos de tomar cualquier explicación actual, contrastándola con la verdad conocida y revisando que no incluya doctrinas novedosas que contradigan tal verdad.

Es bajo esta luz que la Iglesia ha luchado durante siglos contra las herejías, que venían a trastocar alguna de las verdades conocidas por los católicos. No importaba que fuese apenas un punto, y todo lo demás estuviese correcto, para que nuestra Madre cuidara del bien de sus hijos alertándolos en contra del error y llamando a los herejes a enmendarse, detestar el error y corregir su camino.

Por eso sabemos, a diferencia de las falsas religiones, que la Fe católica permanece fiel a las verdades originales, y que no hay tiempo ni cambio alguno que permita modificar sus sólidas bases. Así podemos discernir el bien del mal, descartando lo errado aún cuando provenga en apariencia de un buen intermediario.

Nunca hemos de olvidar que el espíritu diabólico es espíritu de falsedad. Dice San Agustín: “El demonio a veces nos asalta descubiertamente, y otras veces nos arma ocultamente las asechanzas. Cuando nos asalta al descubierto lo hace como fiero león; cuando nos asalta escondidamente lo hace como dragón engañoso” (In Psalm. 90:3). Y en otra parte dice lo mismo, añadiendo que es más de temer el demonio cuando viene a engañarnos con falsa apariencia, que cuando a cara descubierta nos mueve a guerra.

Nos asalta al descubierto cuando nos mete en la cabeza ideas contra la fe o contra el sentir unánime de los santos Doctores, cuando nos sugiere máximas poco conformes a la grandeza de la divina misericordia o de la divina providencia, y también cuando excita pensamientos poco conformes a la moralidad de las virtudes cristianas. En tales casos es fácil que sea conocido el padre de la mentira. Pero en otras ocasiones viene enmascarado insidiosamente con apariencia de ángel, como dice San Pablo (“y no es maravilla, pues el mismo satanás se disfraza de ángel de luz” (2 Cor. 11:14)). En tales casos nos dice cosas verdaderas, santas y conformes a la doctrina de la fe y la moral cristiana, pero con el fin de mezclar entre muchas verdades alguna falsedad, o para alcanzar el crédito con lo verdadero, o para engañarnos con lo falso.

En la actualidad, cuando la mayor parte de la cristiandad carece de un conocimiento doctrinario sólido y de una fuerza moral sustentada en la vida sacramental, el mal ya no necesita esconderse tanto detrás de la apariencia del bien y la virtud, y así podemos ver a nuestro derredor las declaraciones más descaradas e insolentes en contra de todo lo enseñado por la Iglesia y su Tradición. De esta forma Dios protege a Sus hijos, mostrándoles claramente la fea cara del engañador, para evitar cuanto sea posible que se confundan. Se hace de este modo muy sencillo el discernimiento. Aunque más difícil es ser fieles a lo que comprendemos, aún yendo en contra de la mayor corriente.

Para conservarnos unidos a la Verdad eterna, y no sucumbir de ninguna forma ante los engaños del enemigo infernal, rezaremos así:

Oración

Dadme, Señor, un gran amor a todas las verdades que habéis enseñado, y un horror eterno a todos los pecados que se le oponen; la mentira, los juicios temerarios, las calumnias, la simulación y la hipocresía. Cercadme de vuestra verdad, como de una muralla, para defenderme contra los enemigos que quieren engañarme. Hacedme la gracia de que jamás la retenga cautiva, sino que la diga a todos los que estén dispuestos para escucharla. Es muy justo darle siempre testimonio y no abandonarla jamás, aunque para ello sea necesario sufrir y padecer.

Yo vivo en la firme esperanza de que después de haberla obsequiado, ella me honrará a su tiempo; después de haber combatido y peleado por ella, ella abogará por mí; y que después de haberla defendido, ella me defenderá en aquel día terrible en el que juzgaréis a los hombres según vuestra verdad.

¡Ah, a qué estado nos vemos reducidos! Casi todo el mundo corre y se prosterna delante de los ídolos del error y de la mentira: a ellos se sacrifican todas las cosas; y apenas se ve un pequeño número de personas que rindan sus homenajes al Dios de la verdad. Apenas se encuentra alguno que se atreva a decirla, y menos a practicarla, y que gobierne su conducta por las reglas que ella enseña.

¡Triunfad, oh verdad, triunfad del error y de los falsos principiso que reinan en el mundo, y corrompen el espíritu y el corazón de tantos. Borrad de mi espíritu y de mi corazón estas falsas ideas que yo mismo me he formado de los bienes, de los placeres y de todas las cosas del mundo. Sed siempre mi luz y mi guía, para que yo jamás me extravíe siguiendo al espíritu de tinieblas, que se transforma alguna vez en Ángel de luz, y que oculta el error bajo las apariencias de la verdad!

No permitáis, Señor, que yo salga jamás de esta casa de la unidad y de la verdad. Dadnos siempre Doctores que la enseñen con sabiduría, con celo, con amor y con unción: que inspiren su amor y práctica por sus santos ejemplos, y la propongan de una manera digna de su grandeza y del honor que se le debe. Abrid los ojos de todos los que la aborrecen y persiguen, porque no es conforme a sus pasiones. Hacédsela amar por vuestra gracia; a fin de que reunidos todos en unos mismos sentimientos, no tengamos sino un lenguaje; y podamos ser consumados por ella en una unión eterna con Vos, mi Salvador Jesucristo, que sois el principio y el centro de toda verdad.

Amén.

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