Una visión celestial

Santo Domingo Savio, estudiante salesiano, falleció en 1857 con 14 años, y fue canonizado por SS Pío XII en 1954. Después de su muerte, apareció ante San Juan Bosco. El santo Fundador relató la aparición a los jóvenes miembros y superiores de su Congregación de esta manera:

“Yo estaba en mi cuarto, en Lanzo. De pronto, me vi a mí mismo en lo alto de una colina. Mi vista se perdió en la inmensidad de un llano que estaba dividido por amplias avenidas en vastos jardines. Las flores, los árboles, todo era muy hermoso, y lo demás era igual de magnífico.

Mientras estaba contemplando esta belleza, percibí la música más agradable. Había cien mil instrumentos, y cada uno producía un sonido diferente. Coros de cantores unían sus voces al sonido.

Cuando escuchaba en éxtasis la armonía celestial, apareció un gran número de jóvenes viniendo hacia mí. A su cabeza caminaba Domingo Savio. Todos ellos se detuvieron frente a mí a una distancia de ocho a diez pasos… Luego la luz relampagueó, la música cesó, y cayó un gran silencio. Domingo Savio avanzó unos pocos pasos más y se detuvo cerca mío. ¡Qué hermoso era! Su vestuario era inusual; su túnica blanca, que caía hasta sus pies, estaba bordada con diamantes y cosida con hilo de oro. Una amplia faja roja envolvía su cintura, y estaba bordada con piedras preciosas tan cercanas unas a otras que se tocaban entre sí. De su cuello colgaba una guirnalda de flores, de un tipo nunca visto antes; parecían como diamantes conectados entre sí. Esas flores destellaban luz. En su cabeza había una corona de rosas. Su cabello caía hasta sus hombros en ondas, y le daba tal apariencia hermosa, tan afectuosa, tan atractiva, que parecía un ángel.

Yo temblaba y no pude hablar. Entonces Domingo savio dijo:

– ¿Por qué permaneces mudo y desmayado?
– No sé qué decir – respondí -. ¿Tú eres Domingo savio?
– ¡Ese soy yo! ¿Ya no me reconoces?
– ¿Y cómo ha sucedido que estés aquí?
– Estoy aquí para hablarte. Pregúntame lo que quieras.
– ¿Todas estas maravillas que veo son naturales?
– Sí, pero han sido embellecidas por el poder de Dios.
– ¡Para mí parecía que era el Paraíso!
– ¡No, no! Ningún ojo mortal puede ver las bellezas eternas.
– ¿Y tú qué disfrutas en el Paraíso?
– Es imposible decírtelo. No hay hombre mortal que pueda conocer lo que se disfruta en el Paraíso, porque aún no ha dejado esta vida y se ha reunido con su Creador.
– Ahora entonces, mi querido Savio, dime: ¿qué te ha dado mayor consuelo en el momento de la muerte?
– Lo que me conformó más en el momento de la muerte fue el auxilio de la poderosa y amable Madre del Salvador, María Santísima. Y diles esto a tus jóvenes: ¡que no deben olvidar rezarle a Ella durante toda su vida!

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