Una terrible visión y sus consecuencias

Vivió en Northumberland un hombre llamado Drithelm, quien con su familia llevaba una vida muy cristiana. Cayó enfermo, y su mal aumentaba día a día, hasta que pronto estuvo muy mal y murió, para gran desolación de su esposa y sus hijos. Los últimos pasaron la noche llorando junto a sus restos. Pero al día siguiente, antes del entierro, vieron que de pronto volvía a la vida y se sentaba en su cama.

Al ver esto se asustaron y huyeron de su lado, con excepción de la esposa que, temblando, permaneció junto a su esposo resucitado. Él la tranquilizó de inmediato: “No temas – le dijo – es Dios quien me devuelve a la vida. Él desea mostrar en mí a un hombre resucitado. Todavía tengo mucho que vivir sobre la tierra, pero mi nueva vida será muy diferente de la que he tenido hasta ahora”. 

Luego se levantó totalmente sano, fue directamente a la iglesia del lugar, y permaneció allí largo tiempo en oración. Regresó a su casa sólo para despedirse de sus seres queridos, a quienes declaró que viviría sólo para prepararse para la muerte, recomendándoles que también hicieran lo mismo. Entonces, habiendo dividido su propiedad en tres partes, dio una a sus hijos, otra a su esposa y reservó la última para repartir limosnas. 

Cuando hubo distribuido todo a los pobres, y quedó totalmente pobre, fue a golpear las puertas de un monasterio, y rogó al Abad que lo recibiera como un religioso penitente, que sería el siervo de todos los demás. El Abad le dio una celda retirada, que ocupó por el resto de su vida. Tres ejercicios dividían su tiempo: oración, duro trabajo y extraordinarias penitencias. Los ayunos más rigurosos le parecían nada. En invierno fue visto hundido en aguas heladas, donde permanecía durante horas rezando, mientras recitaba todo el Salterio de David. 

La vida mortificada de Drithelm, su mirada baja, toda su actitud reflejaba el santo temor de Dios que le dominaba. Vivía en perpetuo silencio, pero al ser presionado a relatar, para edificación de los demás, lo que Dios le había mostrado a su muerte, él describió su visión: 

“Al dejar mi cuerpo, fui recibido por una persona benevolente, que me tomó bajo su guía. Su rostro era brillante, y apareció rodeado de luz. Me llevó a un profundo valle de inmensa extensión, todo fuego de un lado, todo hielo y nieve del otro. En un lado habían braceros y calderas de fuego, y en el otro el más intenso frío y una ráfaga de viento glacial. 

Este valle misterioso estaba lleno de innumerables almas que, golpeadas por una furiosa tempestad, se arrojaban a un lado y al otro. Cuando no podían soportar más la violencia del fuego, buscaban alivio entre el hielo y la nieve; pero encontrando allí sólo una nueva tortura, volvían al medio de las llamas. 

Contemplé con estupor estas continuas vicisitudes de horribles tormentos, y tan lejos como vista pudo llegar, no vi más que una multitud de almas que sufrían sin tener jamás reposo. Su sólo aspecto me inspiraba temor. Primero pensé que veía el Infierno; pero mi guía, que caminaba adelante mío, se dio vuelta y me dijo: ‘No, esto no es, como piensas, el Infierno de los réprobos. ¿Sabes qué lugar es este?’ – continuó. ‘No’, respondí. ‘Este valle, donde ves tanto fuego y tanto hielo, es el lugar donde son castigadas las almas de aquellos que, durante su vida, descuidaron confesar sus pecados, y de aquellos que difirieron su conversión hasta el final. Gracias a una misericordia especial de Dios, han tenido la felicidad de arrepentirse sinceramente antes de morir, de confesar y detestar sus pecados. Es por eso que no son malditos, y en el gran día del juicio entrarán en el Reino del Cielo. Muchos de ellos obtendrán su liberación antes de aquel tiempo, por los méritos de las oraciones, limosnas y ayunos ofrecidos en su favor por los vivos, y especialmente en virtud del santo Sacrificio de la Misa ofrecido por su alivio'”. 

Tal fue la historia que contó Drithelm. Cuando le preguntaron por qué trataba tan rudamente a su cuerpo, por qué se hundía en aguas heladas, contestó que había visto otros tormentos y un frío de otro tipo. 

Si sus hermanos estaban impactados por las austeridades que sufría, él decía: “he visto penitencias aún más impactantes”. Y hasta el día en que Dios lo llamó definitivamente, no dejó de afligir su cuerpo, y aunque estaba quebrado por la edad y los esfuerzos, no aceptó ningún alivio hasta el final. 

Este evento produjo gran impresión en Inglaterra. Un gran número de pecadores, tocados por las palabras de Drithelm y las austeridades de su vida, se convirtieron sinceramente. 

“Este hecho – añade San Roberto Belarmino, comentando los escritos de San Beda el Venerable al respecto -, me parece una verdad incontestable, ya que, además de ser conforme con las palabras de la Sagrada Escritura, “La sequía y el calor consumen las aguas de la nieve, y el Seol a los que han pecado” (Job. 24:19), el Venerable Beda lo relata como un suceso reciente y bien conocido. Es más, fue seguido por la conversión de un gran número de pecadores, señal de la obra de Dios, que está acostumbrado a obrar prodigios para producir frutos en las almas”. 

(“El Purgatorio examinado”. P. W. H. Anderdon, SJ. Londres. Burns and Oates, Ed. 1874)

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