Una revelación de la Virgen en el Templo

“Acerca de la Virgen, en quien se obró el Misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, podemos meditar su vida; conviene a saber, cómo siendo de tres años, fue presentada en el Templo, y ofrecida a Dios por sus padres; en el cual estuvo hasta los catorce años cumplidos, y lo que en el Templo hizo, y las obras en que se ocupó, se pueden saber de una gran revelación que tuvo una devota suya, la cual, a lo que se cree, fue Santa Isabel (de Hungría), de quien celebramos fiesta solemne, y a quien entre otras cosas dijo las siguientes la misma Virgen Santísima:

– Así como mis padres me dejaron en el Templo, determiné en mis oraciones tener a Dios nuestro Señor por Padre, y continuamente imaginaba qué obras podría yo hacer agradables a Sus ojos, para merecer Su gracia, y para que se dignase dármela, procuré que me enseñasen la Ley de mi Dios y mi Señor; y aunque puse todo cuidado en guardar los preceptos de ella, procuré entre todos esmerarme en tres: el primero, amarás a tu Dios, y tu Señor, con todo tu corazón y con todas tus fuerzas; el segundo, amarás a tu prójimo como a ti mismo; el tercero, aborrecerás a todos tus enemigos, que son los vicios y pecados. Estos preceptos escribí en lo íntimo de mi corazón, y luego alcancé el colmo de las grandes virtudes que encierran. Y así deseo que lo hagas tú, porque te hago saber que no puede el alma alcanzar alguna virtud si no ama a Dios de todo su corazón, por cuanto del amor de Dios nace la gracia celestial, sin la cual ninguna virtud se puede alcanzar; ni alcanzaba, perseverar en el alma, si no aborrece y huye de sus enemigos, que son los vicios que la combaten. Y por tanto, el que quisiere tener la gracia de Dios y conservarla en su alma, es cosa muy forzosa que procure tener estas dos virtudes; conviene a saber, amar a Dios, y aborrecer el pecado. También es mi voluntad que imites lo que yo hacía, obrando lo mismo que yo obraba, porque has de saber que me levantaba a media noche y me iba al templo, y puesta delante del Altar, con la mayor reverencia que podía, abrasada en vivos deseos de mi corazón, con cuanta devoción, voluntad y afecto podía y sabía, pedía a Dios gracia para guardar aquellos tres preceptos que dije, y todos los mandamientos de Su Ley, y antes de apartarme del Altar, pedía a Dios las siete cosas siguientes: 

Lo primero, le pedía a Dios gracias para cumplir el primer precepto del amor de Dios, con toda mi alma, con todo mi corazón y con todas mis fuerzas.
Lo segundo, pedía la gracia para amar al prójimo, como Su Majestad manda que le amemos, amando lo que el prójimo ama, y aborreciendo lo que aborrece.
Lo tercero, pedía a Dios que me diese aborrecer y huír de todo lo que Su Majestad huye y aborrece.
Lo cuarto, pedía a Dios humildad, paciencia, benignidad, mansedumbre y todas las otras virtudes con que le había de servir y ser agradable a los ojos de Su Divina Majestad.
Lo quinto, suplicaba a Dios que fuese servido que yo alcanzase el tiempo en que había de nacer aquella benditísima doncella, de la cual había de nacer en el mundo el Hijo de Dios, y pedía yo a Su Majestad con mucha ansia que fuesen mis ojos dignos de verla, y mi lengua de hablarle, y mis manos de servirla, mis pies de seguirla, y mis rodillas de adorar a su Santísimo Hijo en sus sacratísimas entrañas y en sus santísimos brazos.
Lo sexto, pedía gracia para respetar y obedecer a los mandatos y órdenes del Pontífice del Templo.
Lo séptimo, pedía a Dios conservase el Templo y todo su pueblo para Su mayor honra y servicio. 

Oyendo esto no se pudo contener la Sierva de Dios con quien la Virgen hablaba, y allí rompiendo el silencio dijo: ¡Oh dulcísima Señora! ¿No estabais Vos adornada y enriquecida de plenitud de todas las gracias y virtudes? A cuya pregunta respondió la Santísima Virgen: 

– Ten por cierto que me tenía por tan vil y tan indigna de la gracia de Dios como te tienes tú, por lo cual pedía siempre a Dios con toda instancia se dignase concederme Su gracia y Sus virtudes. – Y añadió – Dime hija, ¿imaginas tú que todas las gracias que tuve las alcancé sin trabajo y que se me dieron de valde? pues sabe que no es así, porque excepta la primera gracia, que se me dio en mi Concepción, antes de nacer en el mundo, todas las demás gracias, dones y virtudes que tuve no las alcancé de Dios sino a costa de mucho trabajo, oración, lágrimas y penitencia, trabajando siempre sin cesar con todo el conato de mi corazón, y con todas las fuerzas de mi ánima, en pensar y obrar lo que entendía y sabía que era más agradable a los ojos de mi Dios. Y más te digo, que no recibe el alma gracia ni don alguno de la mano de Nuestro Señor, si no es por medio de la mortificación corporal y de la oración; porque haciendo os hombres de su parte lo que pudieren en servicio de Dios, aunque sea poco, y de pequeño valor, Nuestro Señor lo recibe, y atendiendo más a la voluntad que al don, baja luego al alma y la enriquece de Sus dones y gracias celestiales, y la favorece en tanto grado, que parece salir de sí, olvidándose de sí misma, y pierde la memoria de cuanto ha hecho hasta allí. De manera que volviendo los ojos a mirarse no se ve, ni halla obra buena que haya hecho en todo el discurso de su vida, ni ve en sí otra cosa que miserias, confusiones y pecados, y de esta manera se desprecia y confunde, juzgándose por la más vil y miserable criatura de la tierra. 

Esto reveló a su Sierva la Sacratísima Virgen María…”.

(Relato de San Buenaventura. “Vida de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo”. Ed. 1881).

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