Una maldad satánica

No imaginamos – al escribir la editorial anterior – la repercusión que tendría imaginar las consecuencias de la “inclusión/exclusión” en el supuesto de ser tomada por un imaginario “católico-socialista”. Y fue más allá de que son términos irreconciliables e incompatibles.

La amable correspondencia con nuestros lectores confirmó la perplejidad de muchos respecto a la forma en que quedarían excluidos todos quienes siguiesen cualquier mandamiento y mucho más quienes los siguiesen en su totalidad.

Si continuásemos con ese supuesto imaginado de un “católico-socialista” se desplegarían muchas otras consecuencias, como nos señalan los avisados lectores.

Por ejemplo, proponían como supuesto, un engendro de esa calaña probablemente usaría la idea marxista del origen económico de todos los conflictos. Sería materialista y humanista en sus peores concepciones, si eso fuese posible.

En tanto hablamos de disfrazar de católica esa maldad, sería de tal suerte esa concepción diabólica que los bienes eternos se borrarían de sus intereses y el desprecio satánico por la preciosa sangre de nuestro Señor Jesucristo derramada en pago por nuestros pecados para abrirnos el Cielo. Ellos no ven a las almas que se pierden como sangre divina derramada en vano, que pesará sobre ellos en el infierno eterno.

No. Su maldad es de tal grado y abominación que proponen que nuestra preocupación por “los seres humanos” debería consistir en sus necesidades animales, esto es, que crezcan, traten sus molestias corporales como enfermedades o vivienda, se alimenten y vistan, se relacionen sin conflictos con otros y subsistan “dignamente” y como seres con racionalidad, que se eduquen. Y mueran. Todo eso está muy bien, por supuesto, y ningún católico podría negar esos bienes aunque con algunos reparos en los enfoques que dan estos engendros.

Pero, ¿y luego? Sus almas, desarrolladas sin virtud ni sentido del deber, formadas para la búsqueda del placer y huir del dolor, aceptando – sin juzgar – sus vicios en tanto no incomoden a otros, más cercanas a los animales que a hijos de Dios, se perderán. La eternidad es una verdad que desprecian. No hay premios ni castigos según las obras. ¿No es diabólica esta concepción de cadáveres satisfechos, repletos – si es posible – de bienes terrenales, pudriéndose y consumidos por gusanos – pues todos hemos de morir – pero sufriendo por la eternidad, maldiciendo a quienes les negaron la oportunidad y medios para conocer la verdad y practicar el bien y salvar sus almas? ¿Con qué fuerza no maldecirán a quienes les negaron la felicidad eterna? 
Para tales energúmenos el origen de todo mal no son nuestras malas inclinaciones, que satisfacemos conociendo su maldad, ni el Demonio y sus secuaces que procuran nuestra perdición. No. Nada de eso. El origen no es ni siquiera fruto de ideas perversas y creencias perniciosas, mucho más que simplemente erradas. El origen para estos verdaderos secuaces de Satanás es… la economía. Sí, es la economía y es allí donde pueden reconocer el mal. Un mal, claro está, visto con los lentes del comunismo, pues el mal está en poseer bienes y no repartirlos. En esa “economía injusta” se origina el crimen, la ignorancia, la enfermedad, la guerra y el terrorismo, si fuesen tan extremos como para negar la realidad.

Si llamamos satánica a esa visión no podemos menos que clamar por lo siniestro y diabólico que sería si algo que imaginamos llegase a formar parte de la realidad.

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