Un milagro de Nuestra Señora de Montserrat

Un hombre que vivía en una finca del obispado de Barcelona, tenía un hijo casado en Murcia que era muy rico y no tenía herederos, y le había invitado a vivir con él, trayendo consigo también a otro hijo que tenía.

El padre esperaba viajar por mar para reunirse con su hijo. Y así fue como embarcaron ambos en un navío que partió con tiempo próspero, hasta que se encontraron con una fuerte borrasca que les llevó a través de la costa de Berbería, donde fueron apresados todos los que allí iban en el barco, y vendidos a mercaderes musulmanes. Estos los llevaron a diversas partes, quedando el padre en Ceuta y el hijo en otro lugar. Pero ambos se mantuvieron devotos y esperanzados durante los largos días de su cautiverio, rezando siempre a Nuestra Señora de Montserrat para pedirle su auxilio.

Sucedió entonces que dos días antes de la Anunciación que otro cautivo cristiano que estaba en la prisión del padre le dijo que si quería podían ayunar en la vigilia de aquella santa fiesta. Sabiendo así qué fecha era, se acordó el buen hombre de su costumbre de ir en romería a visitar a la bendita imagen de esta advocación. Con los ojos llenos de lágrimas y el corazón de devoción invocó su santo nombre.

La noche siguiente, postrado en el suelo después de haber suplicado a la Santísima Virgen que recordase que, aunque indigno, en semejante día visitaba su sagrada casa de Montserrat, y que entonces se hallaba en poder de infieles en prisión triste y cautiverio miserable, se quedó dormido. Entonces la clementísima Madre de Dios se le apareció en sueños, llena de una resplandeciente claridad, y le dijo: “¿Me llamas? Aquí me ves”, y luego desapareció, despertando al hombre que se halló libre de las ataduras, y que sin trabajo alguno abrió tres o cuatro puertas de la cárcel.

Al ver que las de la ciudad estaban cerradas se descolgó por el muro, encomendándose a Nuestra Señora de Montserrat, con cuyo favor llegó a la ribera del mar sin recibir daño alguno. Llegado el día, como el musulmán que lo había encerrado no lo encontró salió en su persecución con mucha gente y perros. Pero aunque llegaron lejos, quiso la Santa Virgen que no lo viesen ni sintiesen.

Y comprendiendo él que esta obra provenía de su dulce mano, dando gracias devotamente por ella, comenzó a suplicar a la Santísima Virgen que no le desamparase, y que también liberase a su hijo, que no sabía dónde se encontraba. Perseveraba el hombre en su oración con el corazón contrito, cuando milagrosamente el hijo, que estaba a dos jornadas de distancia, igual de encarcelado que su padre, fue puesto delante de sus ojos.

Ambos lloraron consolados, y esperaron que la Reina del Cielo les terminase de ayudar para salir del peligro. Y no tardó en llegar una barca con dos jóvenes que llegaron a la orilla del mar y los llamaron, diciéndoles que los pondrían a salvo. Se embarcaron padre e hijo sin ningún temor, y llevados por el mar adelante, encontraron una nave de Mallorca a la cual los jóvenes rogaron recibiesen a estos cautivos que habían sido librados de los musulmanes. Y embarcados en el navío, desapareció la barquita quedando todos admirados y convencidos de que eran ángeles los que les habían traído.

Llegados a puerto seguro, fueron los dos a visitar la santa casa de Nuestra Señora de Montserrat, e hicieron predicar este milagroso suceso, a gloria y honra de Dios y de su Santísima Madre.

(“Milagros hechos a invocación de Nuestra Señora de Montserrat. 1875).

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