Transfiguración del Señor

La gloriosa Transfiguración del Salvador en el monte Tabor ante la presencia de los tres apóstoles más amados y favorecidos por Él ocultó muchos misterios, y fue de gran consuelo para fortalecer nuestra fe. Por ese motivo la Iglesia instituyó una fiesta particular de este singularísimo misterio, celebrándose ya en Roma desde el principio del siglo V, y siendo aún más antigua su solemnidad en la Iglesia griega.

A pesar de que el Salvador despreciaba toda ostentación y profesaba gran amor a la vida humilde, escondida y retirada, quería que sus discípulos se formasen el debido concepto de Su divinidad, y le reconociesen por lo que era. Esto lo demostró en un viaje que hizo con ellos a varias aldeas de los contornos de Cesarea, junto al nacimiento del Jordan.

Se separó un poco del camino para rezar, y después les preguntó – aunque lo sabía mejor que nadie – qué opinión tenían de Él, llamándose Hijo del Hombre, según su costumbre. Le resopndieron con su acostumbrada simplicidad, que unos le tenían por el bautista resucitado, otros por Elías, otros por Jeremías, o por alguno de los Profetas antiguos que había vuelto a este mundo. Pero vosotros, replicó el Salvador, ¿quién pensáis que soy Yo? A esta segunda pregunta Pedro tomó la voz como el primero de todos, como el más ardiente y celoso de la gloria de su divino Maestro, como aquel en cuya cátedra se había de sentar, y por cuya boca hablaría el Espíritu Santo, y le dio esta inspirada respuesta: Tú eres el Mesías, Hijo de Dios vivo.

Sin duda merecía alguna recompensa un testimonio tan glorioso como sincero, y al punto fue premiado ventajosamente. Aquel Señor, cuyas palabras son gracias y cuyas promesas son efectos, le aseguró inmediatamente de la próxima fundación de la Iglesia, y de que el mismo Pedro sería cabeza de ella: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no todos los hombres conocen la verdad que tú acabas de confesar. Ese conocimiento no lo debes a la luz de la razón humana, sino a la ilustración de la revelación divina. No tuvo parte en él la carne y sangre; es muy superior al humano entendimiento, y sólo pudo venir de mi Padre celestial. Es cierto que soy el Mesías prometido, hijo de Dios vivo, y yo mismo Dios en todo igual a Él; pero aún no es tiempo de publicar esta verdad, y os mando que no la publiquéis. Antes de hacerlo es menester que padezca las mayores ignominias, y la misma muerte de cruz por la redención de todo el género humano, satisfaciendo de esta manera a la justicia de mi Padre celestial.

Después de esto les expuso hasta las más menudas circunstancias de su pasión, temiendo que a vista de esta no dudasen de su divinidad, si no la hubiese pronosticado. Y además de eso, para fortalecer su tierna fe, quiso descubrir a algunos de ellos un rasgo de su gloria. Por tanto, luego que hizo mención individual de todas las particularidades de su pasión, añadió que algunos de los que le oían no morirían sin haberle visto antes lleno de gloria y majestad, dándoles como a probar anticipadamente aquellos inefables gozos que les reservaba en el Cielo por toda la eternidad.

Aún no habían pasado ocho días después de esta promesa, cuando la cumplió con tantas ventajas que no sólo excedieron a sus esperanzas, sino a su mismo pensamiento. Llamó aparte a sus favorecidos discípulos Pedro, Juan y Santiago, y llevándolos consigo a un monte elevado, se retiró un poco, se puso a rezar, y estando en el mayor fervor de sus plegarias se transfiguró delante de ellos.

Se manifestó visiblemente en Su cuerpo el esplendor de Su divinidad y la gloria de Su alma, dejándose ver no ya como un puro hombre, sino como un Hombre-Dios. Apareció su semblante más resplandeciente que el sol, sus vestidos más blancos que la nieve, deslumbrando a los ojos su brillo; pero ni en los vestidos ni en el semblante hubo cambio sustancial; sólo se hallaron repentinamente penetrados de los rayos que despedía de sí el cuerpo glorificado, semejante a una nube transparente que se representa totalmente iluminada cuando la embisten de lleno los rayos del sol.

Pero no quiso el Salvador mostrarse sólo en aquel estado glorioso. Se dejaron ver a sus dos lados Moisés y Elías; aquel, su principal ministro de la Ley antigua, y este, el más ardiente y celoso de todos los Profetas. Dispuso el Hijo de Dios que aquellos dos grandes personajes se hallasen presentes a su Transfiguración, para que los Apóstoles entendiesen que la Ley y los Profetas daban testimonio de Su divinidad, y se terminaban en su persona.

Vivía entonces Elías como vive ahora, y así se dejó ver en su mismo cuerpo natural; pero el de Moisés, en sentir de Santo Tomás, fue extraño y etéreo. Trataban con Jesucristo aquellos dos grandes siervos de Dios acerca de la muerte que dentro de pocos días había de padecer en Jerusalén, de sus ignominias, afrentas y dolores con que había de poner fin a los trabajos de Su vida.

Nota San Lucas que San Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, y que al despertar vieron la gloria de Jesús, y a los dos personajes que estaban en Su compañía. No los había prevenido el Salvador del favor que les estaba preparando, y permitió que se durmiesen mientras hacía oración, para que al despertar fuese mayor el gusto y la sorpresa con la gracia de la novedad. Pero San Juan Crisóstomo no puede creer que fuese verdadero sueño, y se inclina más a que fue una especie de éxtasis que los arrebató y enajenó súbitamente, a vista del resplandor de que se hallaron rodeados.

Mezclada la admiración con un santo terror, e inundada el alma en un torrente de consuelos y dulzuras celestiales, San Pedro no se pudo contener, y saliéndole el gozo por los labios, con su viveza y prontitud acostumbrada exclamó a manera de un hombre extáticamente enajenado: ¡Señor, qué cosa tan buena es esta! ¡qué bella mansión! ¿Dónde hallaremos en el mundo otra que sea mejor, ni tan buena? Fijémonos aquí, y levantemos tres tiendas, una para Vos, otra para Moisés, y otra para Elías.

San Ambrosio dice que consultó en esta ocasión sus expresiones con el gusto mas que con la razón. Atendía a lo que su alma experimentaba, y el mismo consuelo espiritual no le dejaba reflexionar las consecuencias de lo que pretendía. Estaba aún con la palabra en la boca cuando desaparecieron Moisés y Elías, envueltos en una luminosa nube que los encubrió, y del fondo de la misma nube salió una voz clara y divina que dijo: Este es mi Hijo muy amado, objeto de mis complacencias, a quien, en quien y por quien amo todo lo que amo: oídle como a vuestro maestro, y obedecedle como a vuestro rey.

ESta voz, como observan los Padre, no se dejó oír hasta que se retiraron los dos santos, y se quedó solo el salvador, para que no se dudase que sólo a Él se dirigía, y de sólo Él debían entender aquellas palabras. Así, el resplandor de la nube, como el sonoro y vehemente sonido de la voz, atemorizaron tanto a los tres apóstoles, que cayeron atónitos en tierra, desapareciendo en el mismo instante toda aquella gloria. No obstante, se mantuvieron desmayados en la misma postura, hasta que acercándose a ellos el Señor, y tocándolos con la mano, les dijo: Levantaos, no tengáis temor.

Al punto levantaron los ojos, y mirando a todas partes, no vieron otra cosa que a Jesucristo en su estado habitual. Bajaron del monte en compañía del Salvador, impacientes ya por anunciar a todos lo que habían visto; pero queriendo el Señor darles igualmente idea de su humildad, como se la había dado de su gloria, en el mismo camino les prohibió revelar a nadie las maravillas de que habían sido testigos.

Semejante precepto les había impuesto poco antes, cuando preguntó a los apóstoles qué concepto tenían de Él, y San Pedro declaró que le tenían por Jesucristo, Hijo de Dios vivo. Entonces, dice el Evangelista, les mandó que a ninguno dijesen que era Cristo (Mat. 16). Y añade San Lucas la razón: porque conviene que el Hijo del Hombre padezca, sea condenado por los ancianos, por los príncipes de los sacerdotes y por los escribas, sea sentenciado a muerte, y resucite al tercer día. Dando a entender que si se llegase a creer que era Mesías, podía esto impedir su pasión y su muerte. Pero después de su resurrección les dio orden para que lo publicasen en todas partes. Si antes de la pasión hubiera declarado o permitido se predicase claramente que era el Mesías prometido, muchos débiles – dicen San Juan crisóstomo y San Jerónimo – se escandalizarían tanto a vista de sus tormentos y de su muerte, que sería muy dificultoso sacarles la impresión; pero la resurrección de que fueron testigos todos los Apóstoles y todos los discípulos, de manera que ninguno podía dudar de ella, autorizaba todo lo que les había dicho, y daba el mayor peso a todas las demás pruebas.

El intento del Salvador en mostrarse a los apóstoles cercado de gloria, y rodeado de brillante resplandor, fue para descubrirles un rayo de la gloria que ocultaba el velo de su cuerpo, y de la que tenía preparada en su reino para los que fielmente le sirviesen. También quiso animarlos por este medio a llevar con alegría la cruz, enseñándoles que aún en este mundo da el Señor a gustar algunas veces a sus santos, aunque pasajeramente, los gozos y los consuelos del otro; y que la vida de los que siguen a cristo es a la verdad cruz, pero cruz que no sólo se hace muy ligera, sino muy gustosa, por los espirituales consuelos que la acompañan; según lo que Él mismo dice que su yugo es suave, y su carga ligera.

Escogió el Salvador para este misterio un lugar retirado y propio para hacer oración, dándonos a entender que no nos dispensa Dios sus favores, ni nos comunica su gloria en la publicidad, ni entre el tumulto del mundo, sino en el retiro, cuando estamos más desprendidos de los afectos de la tierra, y elevados a la más alta perfección. Por eso Moisés y Elías tuvieron la dicha de ver a Dios, no en medio de las ciudades, sino en la soledad y en el monte.

También dispuso Jesucristo que le acompañasen en el monte Tabor aquellos mismos discípulos que le habían de hacer compañía en el monte de los Olivos, para que fuesen primero testigos de Su gloria los que después lo habían de ser de Sus agonías. Si tenemos parte en sus dolores – dice San Pablo – también la tendremos en Sus consuelos.

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