Tartas medievales por todos los santos

Una hermosa tradición medieval, preservada en el mundo anglosajón previo a la tiranía protestante iniciada por Enrique VIII, se mantiene hasta el presente bajo el “souling” o los panes en memoria de los difuntos.

La memoria debida a los santos y fieles difuntos proviene de los primeros tiempos de la Iglesia. Tanto San Efrén (373) como San Juan Crisóstomo (470) nos hablan de la fiesta que comenzó hacia el año 313, cuando la Iglesia consagró una fiesta particular para conmemorar a todos los mártires y santos el primer domingo después de Pentecostés: tantos fieles habían muerto en olor de santidad y en los numerosos martirios que no alcanzaba el año para festejarlos a todos.

Tres siglos más tarde (609), bajo el reinado del Papa Bonifacio IV la fiesta se instituyó para el 13 de mayo al consagrar el panteón de Roma a la Santísima Virgen y todos los mártires. La fecha coincide con los rituales paganos de la Lemuraria, cuando los romanos exorcizaban – o aplacaban – con rituales los fantasmas malignos de sus familiares en los hogares. Para ello las vestales – sacerdotisas consagradas a la diosa del hogar Vesta, vírgenes, de gran hermosura y de padres reconocidos – preparaban panes sagrados con sal, agua consagrada y harina de las primeras espigas de la temporada. De este símbolo que prefigura a la Santa Eucaristía y el monacato femenino se sirvió el Papado para reafirmar la luz que trajo la iglesia sobre las naciones de la tierra.

Un siglo después San Gregorio III – nacido en Siria y último Papa no europeo – trasladó la fiesta al 1 de noviembre consagrando un oratorio en San Pedro a “los santos apóstoles y todos los santos, mártires y confesores, a todos los justos que están en reposo en todo el mundo”. En el mismo tiempo San Beda (735) registra la fiesta a todos los santos en Inglaterra el 1 de noviembre. Cien años más tarde, El Papa Gregorio IV dio el nombre de Día de Todos los Santos y lo hizo proclamar por el Imperio Carolingio. Sin embargo tardó aún un par de siglos más hasta que fuese una fiesta común en la cristiandad: muchos pueblos mantuvieron las costumbres paganas de festejar a finales de otoño a sus muertos en la temporada del tristemente célebre Circo romano. Los Papas no consintieron con tomar esas fechas para consagrar un día a los héroes de la fe.

El padre del más alto espíritu medieval, San Odilón de Cluny, mandó a todos los monjes de la mística y poderosa orden cisterciense que, al día siguiente de la festividad de Todos los Santos se rece la Santa Misa y se digan las oraciones por los difuntos, adjuntos a los santos. La novedad de ambas fiestas mantenía consternados a los teólogos. Los pueblos tomaron la piadosa idea e incluso en la Europa del Este se agregó comer junto a sus difuntos en los cementerios. Se entregaban limosnas – siguiendo los preceptos de la caridad – en memoria de los difuntos, además de repartir panes a los pobres para – por medio de obras de misericordia – aplacar los sufrimientos del purgatorio de los fieles difuntos. Así nació el “souling” o panes de difuntos. Uniéndose a la filial memoria, las altas torres de los campanarios elevaban, el día de Todos los Santos, los cánticos de sus campanas.

La pseudoreforma y el odio anticristiano

Las blasfemias de Lutero ardieron en las almas pecadoras y sometieron a los pueblos oprimidos por los gobiernos protestantes, a penalidades como la condena a los panes de difuntos y el repique de campanas. Los puritanos y calvinistas incluso las abolieron. Los luteranos, más moderados frente a los excesos del extremismo puritano, conservaron el día de Todos los Santos (e incluso tradiciones de la Iglesia), pero suprimieron las festividades y costumbres relacionadas con todos los difuntos: negando el Purgatorio y los méritos de la obras la fiesta de los difuntos que choca en sus almas con odio infernal.

Serán las terribles guerras napoleónicas, con su secuela de mortandad incontable en las tierras europeas, las que inspiren a un pastor protestante – Schleiermacher – para retomar la costumbre medieval pero con adaptación a su luteranismo: el último domingo antes de Adviento se conmemorará a los muertos. El 31 de octubre estaba reservado para la memoria del día en que el heresiarca Lutero profirió sus blasfemias y herejías enlistadas como 95 tesis, precisamente en la víspera de la sacralidad de Todos los Santos. Hiela la sangre pensar que escogió la explosión de tanta maldad, con tanto crimen y pecado desenvuelto como preparativo para una fiesta tan sublime, en que se recuerda a todos los que vivieron la santidad y murieron por la fe.

En su versión moderna protestante, en la víspera de Todos los Santos a medianoche se lee la lista de los parientes fallecidos y se camina hasta las tumbas para depositar velas. Los niños van de puerta en puerta pidiendo los antiguos – y católicos – “soul-cakes”, o panes de difuntos.

La tradición sigue viva

Ni el protestantismo pudo contra la costumbre cristiana, aún cuando cambie alguna forma. Hoy en día en los ambientes tradicionales mantenemos con afecto estas prácticas en memoria de los difuntos.

Los “soulers” eran esos grupos de cantantes que van de casa en casa con sus canciones. Los festejos eran conocidos por Shakespeare en la Inglaterra protestante y lo consigna en “Los dos caballeros de Verona”: “to speak puling, like a beggar at Hallowmas”, “hablar con voz lastimera como un pobre en la fiesta de Todos los Santos”-

Pero cánticos populares como: “Soul! Soul! for an apple or two! If you have no apples, pears will do. If you have no pears, money will do. If you have no money, God bless you!” (¡Alma! ¡Alma! por una manzana o dos! Si no tiene las manzanas, peras serán. Si no tiene las peras, dinero será. Si usted no tiene dinero, Dios lo bendiga!) o “A soul cake, a soul cake Please, good missus, a soul cake; One for Peter, two for Paul And three for Him that made us all” (Una torta de alma, un torta de alma. Por favor, buena señora, una torta de alma; Uno para Pedro, dos para Pablo y tres para Quien nos hizo a todos), van desapareciendo. Ya a principios del siglo XX los “papeles de las almas”, esas notas que se entregaban junto a los panes y pasteles repartidos como caridad en memoria de las benditas almas, dejaron de acompañar las fiestas por las almas.

Tortas, pasteles y panes de almas

Los registros medievales consignan distintos tipos de ofrendas, llevadas incluso para los caballeros cruzados. El intento paganizante del renacimiento y las perversiones posteriores derivaron en deplorables prácticas del llamado “Halloween”, degeneración del “Hallowmas” católico. El “truco o trato” o las golosinas son corrupciones de nuestras fiestas cristianas.

Algunos panes eran ovalados y planos, con una cruz trazada en el centro y otras eran acampanadas como un buen pan de campo. Se confeccionan azucaradas y con muchas especias o rellenas con frutas. El refinamiento de la cocina las hizo luego como bollitos para la hora del té. Tal vez una de las más deliciosas son las preparadas en Shropshire, Inglaterra, ligeras, esponjosas y especiadas, servidas con mantequilla o mermelada de frutas del bosque. Son perfectas combinadas con sidra, o té, café o chocolate según el clima.

Una receta para 24 panes de almas grandes (9 cm) lleva:

2 1/2 tazas (340 gramos) de harina para todo uso, cernida
3/4 taza (170 gramos) de azúcar granulada
3/4 taza (170 gramos) de mantequilla
1/2 cucharadita de canela en polvo
1/2 cucharadita de nuez moscada molida
1/4 cucharadita de mezcla de clavo de olor molido
1/4 cucharadita de sal
1 huevo batido
2 cucharaditas de vinagre de sidra de manzana
Pasas (opcional)

1. Precalentar el horno a 200 grados. Colocar dos hojas para hornear de papel mantequilla.

2. Mezclar los ingredientes secos en un bowl grande. Unir la mantequilla a los ingredientes secos hasta que la mezcla se asemeje una masa. Añadir el huevo y el vinagre. Mezclar bien todos los ingredientes secos en un bol con la harina tamizada, las especias y el azúcar. Agregar la mantequilla cortada en dados y amasar hasta que la mezcla parezca migas de pan. Añadir en el huevo batido y el vinagre. Mezclar con una cuchara de madera hasta que se forme una bola. La masa deberá volverse firme. Use sus manos para presionar la masa y unir toda la masa si es necesario. Cubrir el recipiente y dejar enfriar durante 20 minutos.

3. Espolvorear harina sobre una superficie limpia y plana y extender la masa con espesor de medio centímetro. Cortar en grandes círculos utilizando un cortador de galletas o un pequeño bowl invertido. Usar el mango de una cuchara de madera para presionar trazando una forma de cruz en las tortas. Colocar los pasteles en la bandeja del horno y presionar las pasas en la parte superior de las tortas, si se desea. Reunir los restos de masa y amasar de nuevo y cortar hasta que toda la masa se haya cortado en forma de pasteles.

4. Hornear una hoja a la vez durante 12-15 minutos, o hasta que la parte superior de la torta quede ligeramente dorada. Los pastelitos de las benditas almas se pueden comer calientes o en la temperatura ambiente.

Almacenar en un recipiente hermético. Los pasteles duran durante aproximadamente una semana.

Al comerlas es piadosa costumbre rezar por las benditas almas y ofrecer por ellas buenas obras, limosnas y los méritos infinitos de la Santa Misa. El padre de familia reza una bendición simple de los alimentos y recuerda a los presentes el valor de los méritos aplicados por las benditas almas, hace memoria de los familiares difuntos y en especial por aquellas almas por las que nadie reza o más necesitan de nuestras oraciones.

Dos fórmulas tradicionales de bendición son las siguientes:

1. Santísimo Señor, Padre omnipotente, eterno Dios, graciosamente dígnate bendecir este pan con Tu bendición espiritual y a aquellos que le comerán, para que alcancen la salud del cuerpo y del alma. Que sean protegidos contra todas las enfermedades de la carne y el espíritu, y contra las acechanzas del Enemigo. Por Jesucristo, tu Hijo, pan vivo bajado del Cielo y dador de la vida y salvación del mundo, que vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos, Amén.

2. Señor Jesucristo, Tú que eres el Pan de los Ángeles, Tú el Pan vivo de la Vida eterna, gentilmente dígnate bendecir este pan como bendijiste los cinco panes en el desierto: que todos los que participan en ellos pueden tener la salud del cuerpo y del alma. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Es motivo de alegría unirnos a toda la memoria de la Santa Iglesia que con su cultura y prácticas nos llega hasta hoy sus formas de piedad. ¡Que todos los santos y mártires, en la gloria eterna, tengan piedad de la Iglesia militante y rueguen por nosotros! ¡Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz!

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