Tan pocos contra tantos

El 25 de noviembre de 1177 el rey Balduino IV tenía sólo 16 años. Enfermo de lepra y físicamente debilitado por los trabajos en que ocupó su vida, estaba a la cabeza del Reino de Jerusalén y acosado por el ejército más poderoso de la zona, el del famoso rey Saladino.

El espíritu del rey no se asemejaba al del adolescente promedio de hoy, hecho de sensiblería, pasiones descontroladas y necesitado de “espacios seguros”, herido hasta por palabras y actitudes. La de Balduino era un alma fuerte, que brillaba con cada prueba a la que era sometido, victorioso sobre sus pasiones y valiente ante todos los problemas personales, políticos y militares que le tocó sobrevivir.

El joven “rey leproso” vivía los últimos años del reino de Jerusalén y Saladino avanzaba por la conquista de los estados francos de Siria. Comandaba las famosas tropas de los mamelucos y otra soldadesca musulmana. Sumaban, según la crónica de Guillermo de Tiro, al menos 27.000 hombres armados.

Habiendo sido cancelado el ataque a Egipto, Felipe de Flandes se llevó a su ejército para hacer campaña en los territorios del norte del reino. Junto a él marchó el resto de tropas comandadas por Raimundo de Trípoli. Con esta medida dejaban a Jerusalén de precariedad temible. El estado de salud del rey había empeorado y se rumoreaban los golpes de efecto que sobrevendrían a su muerte, dando fin a la unidad de su Reino.

Ese día los Ayyubíes estaban preparados y marcharon con los mismos gritos que hoy escuchamos en la Europa cristiana. Sus “allahu akbar” y juramentos contra todo lo sagrado rebosaban confianza ante la certeza de que el pobre reino de Jerusalén estaba sin defensas, cosa que era cierta; pero tenían a un buen rey.

La fuerza de Balduino estaba tan deteriorada que muchos pensaron que moriría: sus contemporáneos describieron su salud diciendo que el rey estaba “ya medio muerto”

El rey leproso llamó a sus caballeros en ayuda. Confiando sólo en el Dios que dio su vida por todos los hombres y derramó en esa tierra santísima, cargó con la Vera Cruz y se refugió en Ascalón.

Ante los casi tres millares de enemigos, se congregaron en torno a la verdadera Cruz 375 caballeros. De ellos, 80 eran monjes soldados templarios, comandados por el maestre Eudes de Saint Amand, Reinaldo de Châtillon y Jocelíno III de Courtenay -tío del rey-; los hermanos Íbelin y Reinaldo de Sidón. Aubert, el obispo de Belén cargaba el precioso tesoro de la Cruz.

A toda prisa llamaron a los que estuviesen disponibles para enfrentar al enemigo. Tuvieron que tomarse burgueses y gente de a pie, pero con todo, en total no superaban los cuatro mil.

Muy lejos de temer a un enemigo tan numeroso y fuerte, el puñado de cristianos se encomendó a Dios y ante la vista de la Cruz cargó contra los musulmanes. Estaban en la colina de Montgisard, a solo 70 kilómetros de Jerusalén. Ante la vista del poderío enemigo los hombres quedaron petrificados.

La Historia -maestra de vida-, nos muestra numerosas veces cómo, ante situaciones tan desesperadas, los grandes hombres las reciben como dones celestiales que se les ofrece como gloriosa oportunidad para mostrar su valía. Balduino IV y sus valientes cruzados se arriesgaron ante el desafío.

El joven rey leproso, moribundo y debilitado, desmontó su caballo y llamó al Obispo de Belén para que levantase la reliquia de la Vera Cruz que llevaba. El soberano se postró ante la reliquia sagrada, suplicando a Dios por el éxito.

Reunió fuerzas y levantándose de la oración, exhortó a sus hombres a cargar el ataque y se lanzaron al llamado de la Historia.

El joven rey, con las manos vendadas, encabezó la carga cristiana. A su lado, San Jorge apareció marchando para animar a los pocos cristianos que se reunieron en torno a la Santa Cruz, que brillaba tan intensamente como el sol.

Sabedores de que los islamistas estaban confiados en su superioridad de armas y tropas, les atacaron por sorpresa. El musulmán no esperaba una acción armada y menos pro la retaguardia. Muchísimo menos que en esa ridícula desproporción tuviesen la osadía de enfrentarse.

Los mahometanos quedaron desconcertados. Las tropas de elite mamelucas, encargadas de proteger al terrible Saladino, cayeron muertas a su alrededor, defendiéndole para facilitar su huida en un camello de carreras.. El resto de los musulmanes huían despavoridos ante el vigor de los cruzados. Cuenta el cronista que “el joven rey, atacado por la lepra, superó todos los obstáculos y luchó con un gran valor, lo que dio también valor a sus hombres”.

Ese jovencísimo rey leproso, aquejado de la enfermedad que podría sus carnes haciéndolas caer a pedazos, les daba ejemplo de nobleza, valor y superioridad de espíritu. Fue él la corona luminosa que irradió la superioridad cristiana a los hombres que no vieron en el número ni las armas problema para hacer triunfar la fe en esas tierras invadidas por los secuaces de Mahoma.

Mientras los cristianos daban gracias a Dios y lloraban con piedad hacia el santo madero donde murió Cristo por salvarnos a todos, los musulmanes huían a Egipto, poniendo tanta tierra de por medio como podían sus pies y monturas.

Los cruzados resultaron indemnes en la batalla. De los 27.000 enemigos esa jornada murieron de 15.000 en manos de esos 375 caballeros, los infantes y su glorioso rey. Muchos otros cayeron en su retirada, por la sed, la muerte de sus cabalgaduras, rencillas, venganzas, hambre o accidentes.

Invadido por fuertes lluvias y sufriendo la pérdida de aproximadamente nueve de cada diez de sus soldados, Saladino regresó a El Cairo en completa derrota. Años más tarde, se referiría a la batalla desdeñosamente como “un gran desastre”.

No fueron el valor ni la sabiduría del rey leproso lo que le hicieron grande entre los hombres, sino su fe indomable, puesta a prueba en tan desigual contienda.

Las tropas de Cristo entraron, triunfales, en la Ciudad Santa tan amada. La resonada victoria en Montgisard permitió la supervivencia del Reino de Jerusalén hasta la muerte del joven rey leproso.

Fue la última vez que un ejército musulmán tan grande fue derrotado por una fuerza tan pequeña.

Reconociendo asistencia divina como la fuerza responsable de su triunfo, Balduino erigió un monasterio benedictino en el sitio, dedicado a Santa Catalina de Alejandría, en cuya fiesta se había ganado la victoria.

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