Szigetvar: honor, gallardía y caballerosidad cristiana

En el 60º aniversario del horroroso aplastamiento comunista contra el pueblo húngaro levantado por su libertad, se levanta una de las páginas doradas de la Cristiandad con más brillo por su nobleza y heroísmo: hace 460 años el cerco de Szigetvar (Sziget)* se escribía con sangre y valor, y por su gallardía cristiana merece ser narrado, con entusiasmo y reverencia, de padres a hijos por todas las generaciones.

Cuenta el historiador Richard Alfred Davenport en su libro “Narrativas de peligro y el sufrimiento”, (Londres: Bradbury y Evans, 184, Vol. 2, pp. 265-270) que siendo el año 1556, el sultán Solimán el magnífico avanzaba sobre las tierras cristianas con la determinación de someter a Europa – como el Islám moderno y desde siempre – a los dictados de Mahoma. En su marcha alcanzó la fortaleza húngara de Sziget.

Solemne entre las aguas del rio Almas y los islotes, la fortaleza defendía las ciudadelas viejas y nuevas, escasamente fortificadas. El castillo tenía apenas cinco baluartes rodeados por un triple foso, una torre redonda utilizada como almacén de pólvora, campanarios y un cuerpo de guardia que vivía entre los muros de ladrillos de Szigetvar.

Frente a la fuerza musulmana, era poco lo que la fortaleza tenía para enfrentar al enemigo. Pero los húngaros tenían allí al valeroso Conde Nicholas Zrini, gobernador de la fortaleza, hombre intrépido y valeroso que gozaba de fama por haber derrotado antes a uno de los generales del sultán. De hecho, Solimán dirigió sus armas contra la fortaleza para limpiar la afrenta.

Imagine el lector a novecientos mil soldados feroces bramando las consignas islámicas, juramentando aplastar a los cristianos, armados con trescientos cañones para cercar la pequeña y débil fortaleza. Viendo las tropas musulmanas, el conde Zrini ordenó levantar una cruz tan alta como fuese posible, para que ningún turco pudiese evitar mirar al Redentor. En un gesto menos noble, decapitó a un Aga (noble) turco que cayó en sus manos, siguiendo la triste tendencia en guerra de dejarse llevar por la ferocidad inhumana.

Sobre la cercana colina de Semilikow, Solimán levantó una tienda de campaña con la magnificencia propia de los orientales. El conde Zrini hizo cubrir los terraplenes con paño rojo intenso y cubriendo la torre con placas de estaño – que brillaban como la plata – dio la bienvenida al sultán con una atronadora descarga de artillería pesada.

Los otómanos, al mando del monarca, dirigieron ataques contra los tres flancos de la fortaleza, haciendo imposible a Zrini mantener la defensa de la nueva ciudad, que ahora era consumida por las llamas. Los musulmanes ajustaron sus baterías para aplastar la fortaleza, que mantuvieron bajo fuego continuo. Los soldados turcos acarrearon bolsas de tierra para rellenar los pantanos y separaron la ciudad nueva de la vieja haciendo imposible el abastecimiento de la fortaleza. En apenas dos semanas las fuerzas de Solimán se apoderaron de todo el exterior de Sziget pese a todo el heroísmo y valor de los soldados cristianos. Pero no consiguieron hacer caer la fortaleza, que aún les desafiaba.

Solimán, como monarca sabio y experimentado, comprendió que no podría conseguir someter a los cristianos sin perder un gran número de hombres, que precisaba para continuar su avance por Europa. Así, ofreció al conde Zrini que, si se rendía, le otorgaría la posesión exclusiva de todo el territorio de Croacia. El noble húngaro rechazó con firmeza la idea. El sultán tomó a dos de sus prisioneros, el abanderado y el trompeta del hijo mayor del Conde, y les puso frente a las murallas para que desplegasen la bandera e hiciese tronar la trompeta y así alarmar a Zrini sobre la seguridad de su hijo. Pero la fortaleza no se conmovió. Entonces lanzó flechas con cartas prometiendo recompensas enormes si se rebelaban contra el Conde. Los soldados bramaron furiosos por semejante deshonor.

Solimán ordenó acabar con el asunto y lanzó un asalto a la ciudadela, pero fue rechazado con valor y fiereza por parte de los cristianos. Un enorme número de turcos perdieron la vida en manos de los pocos y debilitados cristianos que resistían. Perdieron, además, dos estandartes en tierras cristianas. Tres días después, en los festejos del aniversario de la batalla de Mohacz – y de la rendición de Ofen y Belgrado – los otomanos animados por el recuerdo de sus triunfos pasados, volvieron a la carga. Esta vez la fuerza fue mayor frente a tropas húngaras más debilitadas y el fragor de la batalla duró más y fue más sangriento, pero finalmente fueron repelidos. Con cuatro días de tregua, atacaron con más violencia. Pero esta vez fueron rechazados con facilidad: habían cavado una mina bajo el bastión a la espera del mejor momento durante un ataque.

El sultán no estaba destinado a ver la caída de Sziget, cosa que ansiaba ardientemente. Poco antes de morir escribió al Gran Visir: “Esta chimenea, entonces, no deja de arder, y el gran tambor de la conquista sin embargo, no se hace oír”. Sus oídos dejaron de escuchar los sonidos terrenos tres días antes de que se oyese el gran tambor: murió el 5 de septiembre pero se mantuvo en secreto su fallecimiento y el Gran Visir mandaba en nombre del Sultán muerto para no desmoralizar a las tropas.

El 8 de septiembre ya era imposible de defender la fortaleza. Las detonaciones habían abierto una enorme franja y en el interior la lucha era a muerte. De las edificaciones interiores sólo el polvorín no estaba destruido. Reunidos los resistentes, examinaron la situación y sólo quedaban dos opciones: rendirse o morir. Naturalmente el Conde Zrini decidió lo último. Preparados como caballeros cristianos, actuaron como preparándose para el gran banquete que les esperaba en el Cielo. Zrini pidió a su chambelán sus ropajes de seda, rodeó su cuello con una cadena de oro, se caló un sombrero negro bordado de oro y rematado con una gran pluma de garza fijada al sombrero con un diamante. Lanzó a tierra todas las monedas que tuviesen el sello de Turquía y dejó 100 ducados de Hungría. “Así”, dijo a sus hombres, “quien encuentre mi cuerpo no podrá quejarse de que no tiene nada por mí”. A continuación pidió las llaves de la fortaleza y las depositó en su bolsillo junto a las monedas. “Mientras este brazo pueda moverse, nadie podrá arrancar de mí las llaves o el oro; después de mi muerte podrán, pero he jurado que nadie de entre los turcos podrá señalarme como traidor”. Pidió sus cuatro sables con incrustaciones de oro – recompensas de su brillante carrera militar – y tomó el más antiguo: “fue con esta arma que gané mis primeros honores y mi primera gloria, y es con esta arma que apareceré ante el trono del Eterno, para oír mi destino”.

Avanzó hasta donde le esperaban sus bravos soldados, que habían jurado su determinación de estar junto a él hasta el final. Zrini se conmovió por la gallardía y nobleza de sus seiscientos hombres. Precedido por su abanderado, seguido por un estandarte con su escudo, el noble Conde – sin casco ni peto – caminó hacia su grupo de héroes. Se dirigió a ellos con un corto discurso de guerra, que terminó con un triple grito invocando al Salvador. Todo estaba listo para enfrentar la muerte, que les esperaba allí afuera. El fuego ardía, consumiendo todo a su alrededor. Un mortero, cargado con metralla en la gran puerta de la fortaleza, aguardaba por ellos.

Los turcos sitiadores corrían en multitudes sobre el puente para comenzar el asalto final en nombre de Allah. Zrini levantó su mano y dio la orden de disparar el mortero: el bramido seguido de la metralla dio por tierra a más de medio millar de moros, que cayeron muertos o heridos. Entre el humo aparecieron Zrini y sus hombres, rodeados por la muerte. A su lado Lorenzo Juranitsch, su abanderado. Poco alcanzó a avanzar el heroico Conde: dos bolas rompieron su pecho y una flecha se clavó en su cabeza. Cayó al suelo y los musulmanes gritaron de alegría al ver a su odiado enemigo caer muerto. Su cabeza fue separada y puerta en un carro de cañón. Tiempo después fue recuperada por la familia y hoy descansa en el Convento de Santa Elena junto al cuerpo de su amada esposa.

En torno a él la batalla se había convertido en una salvaje carnicería. El descontrol animal de los turcómanos les enardecía. Cayeron en manos del enemigo el chambelán, el tesorero y el escanciador de Zrini; fueron sometidos a infames vejaciones y llevados a la presencia del Gran Visir: “¿Qué tesoros poseía Zrini y dónde están?” exigió saber el jefe musulmán.

La respuesta vino de parte del escanciador, hombre que estaba a la medida de su señor: “poseía cien mil ducados”, replicó con valentía, “mil copas de oro de todos los tamaños, cien mil coronas y un servicio de plata riquísimo; lo destruyó casi todo; apenas quedaron algunas cosas de valor depositadas en un cofre de cincuenta mil ducados. Pero para él su provisión de pólvora era mayor que todo eso y más valiosa. Mientras ustedes me están escuchando el fuego que ustedes hicieron arder sobre nuestra ciudad está alcanzando nuestro polvorín y serán ustedes mismos quienes se darán muerte cuando estalle todo”.

La valiente respuesta del escanciador fue confirmada luego por los demás prisioneros,. El Gran visir quedó golpeado por la consternación. De inmediato envió hombres veloces para apagar el fuego y salvarse, pero era demasiado tarde. Apenas tuvo tiempo para avisar a sus comandantes y gritar la retirada. El cuartel tronó hasta los cielos y la poderosa torre fue lanzada por los aires y más de tres mil de los otómanos fueron golpeados por las piedras o murieron, enterrados bajo las ruinas.

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* En húngaro “la población de las islas”, se emplaza a dos leguas de Fünfkirchen. Rodeada por las aguas del río Almas, se levanta entre varios islotes. El lugar consistía en tres divisiones, el castillo, y las ciudades antiguas y nuevas se conectaban por puentes.

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