Santo Tomás Apóstol

Santo Tomás era galileo, y pobre pescador, uno de los doce apóstoles que Dios Nuestro Señor escogió para predicadores de Su Evangelio, y conquistadores del mundo. Y parece que entre los otros apóstoles era uno de los más aventajados, pues la santa Iglesia en el cánon de la Misa, y en las letanías, le ha puesto después de San Juan y en el quinto lugar.

Lo que hallamos de este glorioso apóstol en el santo Evangelio, es primeramente que cuando Cristo Nuestro señor quiso volver a Judea para resucitar a Lázaro, diciéndole los otros discípulos que no fuese, y que se acordase que poco antes los judíos le habían querido apedrear, sólo Santo Tomás, con gran ánimo, le dijo: vamos nosotros también y muramos con él; que es señal del gran amor que tenía a su divino Maestro; pues quería dar la vida por él, y de su gran constancia y fortaleza, porque aquellas palabras no son de hombre que temía, sino de hombre que amaba. No de quien se espanta, sino de quien da ánimo a los demás.

Después de esto, en la noche de la cena, habiendo el Señor ordenado de sacerdotes y comulgado a los apóstoles, y haciéndoles sobre cena aquel dulcísimo y amorosísimo sermón, entre otras razones les dijo que iba a disponerles lugar, y que sabían el camino por donde iba. Aquí Santo Tomás, mostrando el deseo que tenía de saber y aprovechar, dijo: Seor, no sabemos adónde vas, ¿cómo es posible que sepamos el camino? y con ocasión de esta pregunta respondió el Señor una sentencia maravillosa y suavísima, y de gran consolación para todos los fieles. ‘Yo soy el camino, la verdad y la vida’. 

El mismo día de la resurrección de Cristo, estando los otros apóstoles juntos en el cenáculo, se les apareció el Señor y les mostró Sus llagas, dándoles a entender que era el mismo que antes había tratado y conversado con ellos, y que ya había resucitado. No se halló a esta vista Santo Tomás, porque estaba ausente. La causa no se sabe, pero cuando volvió y supo de los apóstoles como Nuestro Señor se les había aparecido vivo, triunfante y glorioso, con las señales de las llagas que en la cruz había padecido, resplandecientes y hermosas, Tomás dijo aquellas palabras que escribe el evangelista San Juan: ‘Si yo no viere con mis ojos en sus manos las llagas de los clavos, y entrare con mis dedos en ellas, y si no pusiere mi mano en su costado, no creeré que es Él, ni que ha resucitado’. 

Algunos santos doctores, por excusar a Santo Tomás, le han querido interpretar esas palabras blandamente, como San Ambrosio, que dice que dudó Tomás no de la resurrección de Cristo, sino de la manera en que había resucitado; y San Agustín dice que no dijo estas palabras Tomás porque dudase, sino por quitar de los otros cualquier duda o incredulidad, y que eran palabras de quien preguntaba, y no de quien negaba. Y San Cirilo Alejandrino, y San Gaudencio también le excusaron. Pero hemos de confesar llanamente que Tomás dudó, y fue incrédulo, como Cristo Nuestro Señor le dijo: ‘No quieras ser incrédulo, sino fiel’. Y permitió el Redentor que cayese, para que no cayésemos nosotros, y que al principio no creyese, y tocase con sus manos las llagas, para confirmar nuestra fe y sanar la infidelidad de muchos. Y así San Gregorio dice: ‘¿Pensáis que fue acaso que Tomás, escogido discípulo de Cristo, faltase, cuando Él vino a los apóstoles? ¿Y que después viniendo, oyese, oyendo dudase, dudando palpase, y palpando creyese? No se hizo esto acaso sino por dispensación divina. Porque la soberana clemencia del Señor trazó las cosas de manera que dudando el discípulo, tocase en su Maestro las llagas de la carne, para sanar en nosotros las llagas de la infidelidad. Porque más nos aprovechó para despertar nuestra fe la infidelidad de Tomás, que la fe de los otros discípulos. Porque cobrando él la fe por tocar las llagas, nuestros corazones se establecen en la misma fe, y desechan todas las dudas que nos pueden inquietar”. 

Mas si Tomás falló y poco tiempo fue incrédulo, pronto se levantó y recompensó aquella culpa con una perfectísima y excelentísima confesión de su fe. Porque el benignísimo Salvador, como vigilante y amoroso pastor, viendo a aquella oveja fuera del camino, la recogió y redujo a su rebaño. Y tornando después de ocho días a aparecerse a los apóstoles, estando con ellos Tomás, y habiéndolo saludado, se volvió a él y le dijo: ‘Pon aquí un dedo y mira mis manos. Extiende tu mano y toca mi costado. Y no seas incrédulo sino fiel’. 

Quedó asombrado Tomás con la vista y dulzura del Salvador, y entendió que era Dios el que había visto su corazón, y estando ausente, sabía lo que había dicho. Y tocó, por obedecer, las llagas en aquel cuerpo sagrado y glorioso, esmaltadas y resplandecientes. Porque aunque para su fe bastaba el haberlas visto, como dice San León, para nosotros importaba mucho que las tocase con sus manos, y traspasado de amor y atónito con la novedad, y derretido de gozo, alzó la voz y dijo: ‘Señor mío y Dios mío’, y confesó que aquel Señor que había sido crucificado, y ahora veía resucitado, era verdadero Señor suyo, y Señor de todo lo creado, y que juntamente era verdadero Dios y en todo igual al Padre.

Y aunque parece que creyó Tomás lo que vio, todavía, como dice San Agustín, vio una cosa y creyó otra: vio al hombre, y creyó que era Dios. Y con su confesión y tacto de las llagas nos enseñó lo que debemos creer, y deshizo todos los errores que acerca de la gloria de Cristo los herejes habían de inventar. Y por esto el ar´ticulo de la resurrección de Cristo, en que confesamos en el Credo que resucitó de entre los muertos, San Agustín y otros las atribuyen a Santo Tomás. 

Otra vez se hace mención en el Evangelio de Santo tomás, porque yendo San Pedro a pescar, llevó consigo a algunos de los apóstoles y discípulos, y entre ellos a Tomás. Gastaron toda la noche en pescar sin provecho alguno. Se les apareció a la mañana el salvador, y estando en la ribera les mandó que echasen la red a la parte derecha del navío. Lo hicieron así, y prendieron gran cantidad de peces, y salieron con ellos a tierra, en donde los aguardaba el Hijo de Dios, y allí dio el sumo pontificado a San Pedro. 

Esto es lo que hallamos de Santo Tomás en el sagrado Evangelio. lo demás lo encontramos en serios y antiguos autores. Después de que el santo apóstol Tomás recibió el Espíritu Santo con los demás apóstoles, y hubo predicado en Jerusalén y Judea aquella doctrina del Cielo, que había oído a su Maestro y Señor, apartándose de los demás, se fue por varias y diferentes provincias y naciones del mundo, para sacarlas de la ceguera en que estaban, y alumbrarlas con la luz del Evangelio. 

Primero fue a Oriente, donde halló a los tres bienaventurados reyes magos, que de aquella región, guiados por la estrella, habían venido a Belén a dar vasallaje y adorar a Dios niño recién nacido. Y los bautizó el santo apóstol, y los tomó por compañeros en su trabajo y predicación. Así lo dicen San Juan crisóstomo, Doroteo y Sofronio. 

Además de esto, envió este glorioso apóstol a Tadeo, uno de los setenta discípulos, a Abagaro, rey de Edesa, para que le predicase el Evangelio, como Cristo Nuestro Redentor por cartas se lo había prometido. Así lo afirman Eusebio Cesariense en su Historia, y Nicéforo Calixto.

Después ilustró a los medos, persas, hircanos, y el martirologio romano añade a los brahmanes y otras muchas naciones, y con los rayos y resplandores de la luz evangélica penetró hasta la India, como dicen Orígenes, Eusebio de Cesárea y San Gregorio Nacianceno. San Juan Crisóstomo añade que los etíopes fueron lavados por este santo apóstol con el agua del bautismo. Y los abisinios de Etiopía han tenido particular devoción a Santo Tomás como su primer y propio apóstol. y no menos lo han tenido los pueblos de Alemania, como lo dice el obispo Guillermo Lindano, varón doctísimo, y en aquella provincia hay templos muy antiguos dedicados a Santo Tomás apóstol. Y aún en las partes más septentrionales, y casi debajo del mismo polo ártico, hay iglesias de Santo Tomás, reconociendo aquellas gentes el beneficio que por medio de su predicación recibieron. 

Pero donde el santo apóstol vivió más tiempo fue en la India, como en propia y particular provincia que el Señor le había encomendado para labrarla y cultivarla, y sembrar en ella la semilla del Cielo. En esta provincia dice Simeon Metrafraste que entró Santo Tomás muy humilde y muy pobre, sus cabellos crecidos y desmelenados, el rostro amarillo y seco, su cuerpo tan extenuado que más parecía sombra que cuerpo, cubierto con un vestido viejo y roto. De esta manera despreciado en los ojos de la gente, y rico con el tesoro de Cristo, que llevaba en su corazón, comenzó a predicar que los dioses que adoraban eran falsos, y que noa había sino un Dios vivo y verdadero, Creador del Cielo y de la tierra, y Salvador del género humano, Jesucristo, confirmando con innumerables milagros su predicación apostólica, y convirtiendo a muchos a nuestra santa religión. 

Por esto los enemigos de ella y amigos del culto de sus falsos dioses le alancearon y mataron. Y el santo apóstol, libre de las miserias de esta vida temporal y breve, se fue a gozar de la eterna, y su martirio fue en la ciudad de Calamina, que ahora se llama Malipur, el 21 de diciembre en el año 73, según Onufrio, imperando Vespasiano.

Innumerables fueron los milagros que el santo apóstol hizo en vida y después de muerte. San Gregorio Turonense, por ejemplo, en el libro de la Gloria de los mártires refiere algunos, y dice que en su tiempo la lámpara que ardía delante de su sepulcro de noche y de día no tenía necesidad de que le echasen aceite ni ninguna otra cosa, porque sin él ardía perpetuamente.

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