Santo cura de Ars: Impíos contra la Fe

“No nos ocupemos de aquella primera clase de impíos que emplean su tiempo, su ciencia y su miserable vida en destruir, si pudieran, nuestra santa religión. Estos desgraciados parecen no vivir sino para hacer nulos los sufrimientos, los méritos de la muerte y pasión de Jesucristo. Han empleado, unos su fuerza, otros su ciencia, para quebrantar la piedra sobre la cual Jesucristo edificó su Iglesia. Pero ellos son los insensatos que van a estrellarse contra esta piedra de la Iglesia, que es nuestra santa religión, la cual subsistirá a pesar de todos sus esfuerzos.

En efecto, ¿en qué vino a parar toda la furia de los perseguidores de la Iglesia, de los Nerones, de los Maximianos, de los Dioclecianos, de tantos otros que creyeron hacerla desaparecer de la tierra con la fuerza de sus armas? Sucedió todo lo contrario: la sangre de tantos mártires, como dice Tertuliano, sólo sirvió para hacer florecer más que nunca la religión; aquella sangre parecía una simiente de cristianos, que producía el ciento por uno. ¡Desgraciados! ¿Qué os ha hecho esta hermosa y santa religión, para que así la persigáis, cuando sólo ella puede hacer al hombre dichoso aquí en la tierra? ¡Cómo lloran y gimen ahora en los infiernos, donde conocen claramente que esta religión, contra la cual se desenfrenaron, los hubiera llevado al Paraíso! Pero, ¡qué vanos e inútiles lamentos!

Mirad igualmente a esos otros impíos que hicieron cuanto estuvo en su mano por destruir nuestra santa religión con sus escritos, un Voltaire, un Juan Jacobo Rousseau, un Diderot, un D’Alembert, un Volnev y tantos otros, que se pasaron la vida vomitando con sus escritos cuanto podía inspirarles el demonio. Mucho mal hicieron, es verdad; muchas almas perdieron, arrastrándolas consigo al infierno; pero no pudieron destruir la religión como pensaban. Lejos de quebrantar la piedra sobre la cual Jesucristo ha edificado su Iglesia, que ha de durar hasta el fin del mundo, se estrellaron contra ella. ¿Dónde están ahora estos desdichados impíos? ¡Ay! en el infierno, donde lloran su desgracia y la de todos aquellos que arrastaron consigo.

Nada digamos tampoco de otra clase de impíos que, sin manifestarse abiertamente enemigos de la religión de la cual conservan todavía algunas prácticas externas, se permiten, no obstante, ciertas chanzas, por ejemplo sobre la virtud o la piedad de aquellos a quienes no se sienten con ánimos de imitar. Dime, amigo, ¿qué te ha hecho esa religión que heredaste de tus antepasados, que ellos tan fielmente practicaron delante de tus ojos, de la cual tantas veces te dijeron que sólo ella puede hacer la felicidad del hombre en la tierra, y que abandonándola no podíamos menos de ser infelices? ¿Y a dónde piensas que te conducirán, amigo, tus ribetes de impiedad? ¡Ay, pobre amigo! al infierno, para llorar en él tu ceguera.

Tampoco diremos nada de esos cristianos que no son tales más que de nombre; que practican su deber de cristianos de un modo tan miserable, como para morirse de compasión. Los veréis que hacen sus oraciones con fastidio, disipados, sin respeto. Los veréis en la Iglesia sin devoción; la santa Misa comienza siempre para ellos demasiado pronto y acaba demasiado tarde; no ha bajado aún el sacerdote del altar y ellos están ya en la calle. De frecuencia de Sacramentos no hablemos; si alguna vez se acercan a recibirlos, su aire de indiferencia va pregonando que no saben en absoluto lo que hacen. Todo lo que atañe al servicio de Dios lo practican con un tedio espantoso.

¡Buen Dios! ¡Qué de almas perdidas por una eternidad! ¡Dios mío! ¡Qué pequeño ha de ser el número de los que entran en el reino de los Cielos, cuando tan pocos hacen lo que deben por merecerlo!…

La compañía de los perversos nos lleva a obrar el mal. ¡Qué de pecados no evitaríamos si tuviésemos la dicha de apartarnos de la gente sin religión! Refiere San Agustín que muchas veces, hallándose entre personas perversas, sentía vergüenza de no igualarlas en maldad y, para no ser tenido en menos, se gloriaba aún del mal que no había cometido. ¡Pobre ciego!

¿Nos nos ha dicho Jesucristo: “Bienaventurados lo que serán despreciados y perseguidos”? Y, ¿quiénes os desprecian? Algunos infelices pecadores que, careciendo del valor para hacer lo que vosotros hacéis, para disimular su vergüenza pretenden que obréis como ellos. Sus burlas os demuestran qué dignos son de lástima y de compasión. Son como una persona que ha perdido el juicio, que corre por las selvas, se arrastra por tierra o se arroja a los precipicios gritando a los demás para que hagan lo mismo…

Concluyamos. ¡Qué pocas son las personas que verdaderamente sirven a Dios! Unos tratan de destruir la religión con la fuerza de sus armas, como los reyes y emperadores paganos; otros con sus escritos impíos, querrían deshonrarla y eliminarla, si fuera posible; otros se mofan de ella, ridiculizando a los que la practican; otros, en fin, sienten deseos de practicarla, pero tienen miedo de hacerlo delante del mundo.

¡Ay! ¡Qué pequeño es el número de los que recorren el camino del Cielo, pues sólo se encuentran en él los que continua y valerosamente combaten al demonio y sus sugestiones, y desprecian al mundo con todas sus burlas! Puesto que esperamos nuestra recompensa y nuestra felicidad sólo de Dios, ¿por qué amar al mundo, habiendo prometido seguir sólo a Jesucristo y llevando nuestra cruz todos los días de nuestra vida? Dichoso aquel que no busca sino sólo a Dios”.

(Sermón sobre el respeto humano, pronunciado en el 2do. domingo de Adviento. San Juan Bautista María Vianney)

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