Santa Juliana Falconieri

Esta ilustre familia italiana recibió un lustre muy grande con la santidad de esta venerable virgen. Su padre, Charissimo Falconieri, y su piadosa mujer Reguardala fueron ambos de edad muy avanzada, y ya parecía perdida la esperanza de tener sucesión, cuando en el año 1270 fueron maravillosamente favorecidos con la bendición del nacimiento de nuestra Santa.

Dedicándose después únicamente a los ejercicios de religión, edificaron y fundaron a sus expensas una suntuosa iglesia bajo la adovación de la Anunciación de Nuestra Señora en Florencia, que tanto por sus riquezas como por lo excelente de su arquitectura puede considerarse entre los mejores edificios de Europa.

Juliana fue educada como correspondía a la nobleza de su casa, y en su misma infancia parecía anticipar el curso ordinario de la naturaleza en el uso de la razón por su temprana piedad; pues estando en pañales se le oyó proferir los sagrados nombres de Jesús y de maría, y ya con más edad después su tío, el beato Alejos de Falconieri, que cuidaba de su educación, decía que más era un ángel que una criatura humana.

La oración fervorosa y la mortificación llenó su principal atención en una edad en que apenas parece capaz un niño de cosa seria alguna. Era tal su modestia angelical, que jamás se atrevió a levantar los ojos para mirar a un hombre a la cara; y su horror a todo pecado fue tan grande, que el sólo nombre le hacía desfallecer.

A los dieciséis años se despidió de todo pensamiento, idea y deleite mundano. Renunció a su opulento patrimonio, estados y fortuna, y para buscar con más acierto la inestimable joya del Evangelio consagró su virginidad a Dios solemnemente en manos de San Felipe Benicio, y fue la primera que recibió el escapulario y el velo como fundadora de las religiosas del Órden de los Siervos de la Virgen.

Su instituto principal fue para asistir enfermos y hacer otros oficios de caridad; y al principio no estaban obligadas a guardar clausura. Muchas doncellas de las principales familias de Florencia siguieron el ejemplo de Juliana. Su misma madre la siguió, y se hizo religiosa bajo la dirección de la hija. Esta Órden se propagó mucho e poco tiempo, especialmente en Italia y en Austria, y fue regularizada y aprobada en tiempo de la Santa.

San Felipe Benicio, que conocía la elevación y virtudes de Juliana, le encomendó la dirección de toda la Órden al morir, y efectivamente con sus consejos y oraciones llegó a colocarla en alto grado de esplendor. Siendo maestra de todas las demás, se portaba entre ellas como la más humilde, dedicándose siempre a los más viles oficios de la casa. Pasaba la mayor parte del día en oración y con frecuencia se la veía arrebatada en éxtasis de amor divino.

Si alguna vez salía de estas tareas ordiarias, era para aprovechar la ocasión de hacer obras de caridad, en especial para cuidar de los enfermos y consolar a los afligidos, convertir pecadores y reconciliar a los enemistados. Chupaba por mortificacion las úlceras más espantosas de os escorbúticos y leprosos, con cuya operación solía curar las llagas sin dejar siquiera cicatrices, evitando así las incisiones y penosas maniobras de los cirujanos, haciendo toda suerte de curaciones. Con el ejemplo de esta Santa, e imitando esta mortificación y acto de caridad, hubo muchos que en los hospitales ganaron sobre sí mismos una victoria heroica.

Santa Juliana además de esto practicaba indecibles austeridades, castigando continuamente su cuerpo con ásperos cilicios, ayunos rigurosos y toda clase de mortificaciones. Pasaba muchos días sin tomar otro alimento que el pan eucarístico, con el cual se confortaban su cuerpo y alma para andar por los caminos de perfgección.

Al llegar a la edad de setenta años su salud desfalleció y fue afligida de penosas enfermedades, que soportaba con una paciencia y una alegría inexpresables. En su última enfermedad lo que únicamente le pesara era verse privada a causa de los vómitos que la aquejaban, de recibir la sagrada Comunión. Sin embargo pidió al sacerdote que la asistía que al menos, ya que no podía tomar por la boca el divino pan, le diese el consuelo de llevar a su celda el Viático, y estando en ella tomó el sacerdote la sagrada hostia para que ella aladorase y ¡cosa admirable! al momento desapareció de las manos del sacerdote, y Juliana, alegre y risueña, expiró.

Su muerte sucedió en su convento de Florencia, en el día 19 de junio del año 1340. Al hacer la autopsia de su cadáver se encontró en su lado izquierdo un sello en la carne de la misma forma que la hostia, que en el centro tenía impresa la figura de Jesús crucificado, por cuyo prodigio se juzgó dignamente que Cristo había satisfecho milagrosamente en aquella agonía sus ardientes deseos.

La fama de este portento y de muchos milagros que obró antes y después de su muerte, hizo que fuese desde luego venerada como Santa, no sólo en Florencia, sino en todo el orbe cristiano. El papa Benedficto XIII la puso en el catálogo de los bienaventurados en el año 1729, y después Clemente XII la canonizó solemnemente. Su festividad se celebra el 19 de junio.

Oración

Oh Dios, que a tu bienaventurada virgen Santa Juliana, hallándose en las agonías de su última enfermedad, os dignásteis recrearla maravillosamente con el precioso cuerpo de vuestro Hijo: concédenos, os pedimos, que mediante sus méritos, nutridos y regocijados también nosotros con el mismo en las agonías de la muerte, seamos conducidos a la patria celestial. Por el mismo Señor nuestro Jesucristo. Amén.

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