Santa Catalina de Alejandría, Virgen y Mártir

Santa Catalina fue natural de la ciudad de Alejandría, y nació en una familia ilustre. Era hija de Costis, medio hermano de Constantino, y de Sabinela, reina de Egipto. Empleó los primeros años de su vida en el estudio de las letras sagradas y profanas; y como estaba dotada de excelente ingenio, llegó a ser un prodigio de sabiduría.

Sucedió que Maximino II, originario de Dacia y sobrino de Maximiano Galerio, yerno de Diocleciano, entró a repartir el imperio con Constantino el grande y con Licinio; y como Egipto pertenecía a su jurisdicción, era su más ordinaria residencia la ciudad de Alejandría, capital de aquella provincia. Maximino era un príncipe cruel, no menos heredero de Diocleciano y de Galerio en el odio implacable contra los cristianos que en la corona imperial.

Publicó un edicto en estos términos: “A todos los que viven debajo de nuestro imperio, salud. Habiendo recibido de la clemencia de los dioses un señalado beneficio, hemos resuelto ofrecerles sacrificios en manifestación de nuestro agradecimiento. Por tanto, os exhortamos a que todos concurráis cerca de nuestra persona para mostrar por vuestra parte el celo que tenéis por nuestros adorables dioses. En lo demás, si alguno menospreciare nuestro edicto, o siguiere otra religión, además que irritará contra sí la cólera de los dioses, será rigurosamente castigado”. 

Acudieron de todas partes para obedecer al Emperador. Estaba el aire oscurecido con el humo de las víctimas; pero mientras se ofrecían sacrificios a los demonios, se aplicaba Catalina en sostener la fe de los cristianos, haciéndoles demostración de que los oráculos del gentilismo eran puras ilusiones, y los que se llamaban dioses habían sido hombres mortales que se hicieron famosos por sus disoluciones y, en fin, que no se podía obedecer el edicto del Emperador sin hacerse reos de las penas eternas con que los castigaría Dios, Creador del cielo y de la tierra, único Señor que merece ser adorado.

Después de haber confirmado así a los cristianos, determinó presentarse al mismo Emperador para hacerle visible su impiedad, escogiendo para eso aquel tiempo mismo en que estaba sacrificando a los dioses del imperio. Pidió pues que le permitiesen hablarle, y como estaba dotada de una presencia majestuosa, igualmente que de una rara hermosura, sin dificultad fue admitida a la audiencia. 

Dijo al Emperador, con una resolución que solamente la fe podía inspirar y sostener, que por sí solo debiera ya haber reconocido que aquella multitud de dioses que adoraba era otra tanta multitud de errores que seguía; pues la misma razón natural estaba demostrando que no podía haber más que un supremo soberano Ser, único y primer principio de todas las cosas. Pero ya que su misma razón no le había descubierto una verdad tan patente, debía por lo menos rendirse al testimonio de sus más sabios doctores, los cuales distinta y claramente enseñaban que no había ni podía haber más que un solo Dios, descubriendo el origen de la multitud de sus dioses. 

Le citó para esto a Diodoro Sículo, a Plutarco y algunos otros, añadiendo que le parecía muy extraño que un Emperador, que por su autoridad y por su carácter debiera desviar a los pueblos del supersticioso culto de mentidas deidades, los provocase a ello con su ejemplo. Y por tanto, le suplicaba que se dignase poner fin a aquel desorden, rindiendo al verdadero Dios el supremo culto de adoración que se le debe, si no quería exponerse a que, cansado de tolerar tanto sacrilegio, le hiciese al fin conocer que era el soberano Dueño del Universo, quitándole con el imperio la vida. 

No es fácil explicar lo sorprendido que quedó el Emperador a vista de aquel inesperado discurso; pero por no dar a entender que le había influenciado, solamente respondió que no interrumpiría el sacrificio por sus representaciones, y que al terminar la escucharía. Luego de que el Emperador volvió al palacio, mandó a llamar a Catalina, y le preguntó quién era y quién le había dado licencia para hablarle con tanta libertad en un concurso tan público, tan majestuoso y tan respetable. 

Ella le respondió así: “Quién soy yo es bien sabido en toda la ciudad de Alejandría: me llamo Catalina, y mi casa es de las más ilustres del país. Me he dedicado toda la vida al conocimiento de la verdad. Cuanto más estudiaba, casi más iba descubriendo la vanidad de los ídolos que adoras. Mi gloria y mis riquezas consisten en ser cristiana y esposa de Jesucristo. todo mi deseo es que tú y tu imperio le conozcan, renunciando a las supersticiones en que os habéis criado. Esto me dio aliento para presentarme en el templo, sin otro fin que el de hacerte una representación tan humilde como importante y verdadera”. 

No considerándose el Emperador con suficiente caudal para contestar a al doncella filósofa, mandó convocar a cincuenta filósofos de los más nombrados, con orden de que se hospedasen en palacio, donde se les trató con la mayor honra, como a los maestros del mundo. Aún no habían llegado los diputados del Emperador a donde se hallaba la santa para conducirla al teatro de la disputa, cuando se le apareció un ángel, y le dijo que no temiese, asegurándole que el Señor le comunicaría tanta abundancia de luz, que convertiría a los cincuenta filósofos, como a muchos otros circunstantes, haciéndoles conocer a Jesucristo, y por fin de su glorioso triunfo recibiría la plama del martirio. Dicho esto, desapareció el ángel, y ella entró en el salón del palacio de forma majestuosa, pero con tan grave modestia y compostura, que poniendo en ella los ojos una inmensa multitud de personas, ella no levantó los suyos para mirar a ninguno. 

Le dieron asiento en medio de los filósofos con bastante cercanía al trono del Emperador, que no quería perder ni una sola palabra. Uno de los filósofos se empeñó desde luego en persuadirla a que debía tributar reverentes cultos al sol, bajo el título de Apolo, esforzándose a probar que por su sola hermosura merecía ser adorado, aun cuando por otra parte no produjese tan ventajosas utilidades al mundo; porque él regla las estaciones del año, él fertiliza los campos con las mieses, él produce los metales en las entrañas de la tierra, él pinta las flores con variedad tan hermosa de matices, él les comunica aquella suavísima fragancia de olores exquisitos, y él, en fin, con su calor y su influjo infunde espíritu vital en todo cuanto le tiene. De donde concluyó que no se le podía disputar los honores de divino, puesto que opr su virtud sustentaba a toda la naturaleza.

Le pareció a Maximino tan concluyente este argumento, que dio a Catalina por invenciblemente convencida. Pero quedó extrañamente sorprendido cuando oyó la prodigiosa facilidad con que se desembarazó de todo. En primer lugar citó el testimonio del mismo Apolo para probar la divinidad de Jesucristo. Después hizo demostración de que si el sol es el más hermoso de todos los astros, toda la luz con que brilla se la debe a la magnificencia de Dios, probando que está sujeto a Su divino poder, pues cuando Jesucristo expiró en la cruz por la salvación de los hombres, el sol, por decirlo así, se vio precisado a mostrar sus sentimientos mudando de color, y a la mitad del día cubriendo de tinieblas toda la tierra. En fin, dijo cosas tan convincentes y tan claras, que el filósofo quedó enteramente persuadido.

El Emperador hizo señal a los demás para que salieran a la disputa; pero todos se excusaron, diciendo que todos se daban por vencidos en la persona del que reconocían como su jefe y maestro. Confesaron que no había más que un sólo Dios verdadero, y que todos estaban prontos a rubricar con su sangre esta verdad, añadiendo el título de mártires a la profesión de cristianos. ¡Oh portentoso triunfo de la gracia, y cuánta verdad es que Dios escogió las cosas más débiles para confundir a las más fuertes! 

Llamó Maximino a su cólera y su furor por auxiliares para defender la causa de sus dioses, y la defendió condenando a muerte a los que la habían abandonado; recurso que fue al final causa del más glorioso triunfo. pasando aquellos sabios de filósofos a cristianos, sufrieron el martirio con invencible constancia. Convirtió después el Emperador toda su rabia contra Catalina, y la hizo atormentar cruelmente; pero todo lo sufrió con invicta fortaleza la generosa esposa de Jesucristo, conquistando para él muchas almas aún dentro de la misma cárcel. Entre otros, doscientos soldados confesaron a Jesucristo, y confirmaron con su sangre esta gloriosa confesión. 

Ordenó entonces el Emperador que la encerrasen sola en un calabozo y la dejaran morir de hambre. Doce días después, cuando la celda fue abierta, salió de allí una luz brillante y un fragante perfume. Catalina, que había sido alimentada por los ángeles, salió radiante y hermosa. Al ver este milagro, la emperatriz y muchos nobles alejandrinos se declararon cristianos, y sufrieron la muerte por ello. 

Viendo el tirano que ninguna cosa lograba hacer cambiar a Catalina, mandó hacer una máquina de cuatro ruedas armadas de clavos y puntas agudas y cortantes como navajas, de tal suerte encajadas y trabadas entre sí que, puesta la virgen en una de ellas, y moviendo la máquina, fuese despedazando su cuerpo con aquellos horribles instrumentos. Ataron a la valerosa santa a la máquina, y comenzaron los sayones a moverla; pero no desamparando el Señor a su sierva en este tormento, súbitamente un ángel del señor la desató, rompiendo las ataduras con que estaba atada, y desbarató aquella máquina cruel, destrabando unas ruedas de otras con tan gran ímpetu, que con su movimiento acelerado mataron a muchos de los gentiles que estaban allí y habían concurrido a este espectáculo; y otros que quedaban libres gritaron: ¡Grande es el Dios de los cristianos! 

Esta gran maravilla, no obstante, lejos de ablandar al fiero Maximino acrecentó más su rabia, viéndose vencido por una delicada doncella, y fuera de sí mandó que la degollaran. La espada homicida abatió al suelo aquella virginal cabeza que había rehusado la corona del imperio romano, corriendo de la herida leche en lugar de sangre, para mostrar la pureza y la inocencia de la víctima sacrificada. 

Los ángeles, que bajaron del Cielo para ser testigos de su combate, y para honrar su muerte con su presencia, llevaron su cuerpo y lo enterraron en la cima del monte Sinaí, cantando cánticos de alabanzas a la gloria de Dios, que es admirable en sus santos. 

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