Santa Ángela Merici

Santa Ángela Merici, elegida por Dios para fundar un establecimiento admirable, aunque privada de crédito y de autoridad, nació el 21 de marzo de 1470 en Desenzano, junto al lago Garda, en Italia. Sus padres, no menos ilustres por su piedad que por su sangre, le inspiraron desde la infancia el amor a Dios. Grave y modesta, huyendo de los placeres del mundo y hasta de la sombra del mal, Ángela pasó su niñez ocupada en las prácticas religiosas, con aquella precoz santidad que fomentaba ya austeras mortificaciones.

Sus padres se edificaban viéndola, y pensando en su porvenir, consideraban el alto grado de perfección a que se elevaría, ayudada por la gracia de Dios. Pero no pudieron ver desarrollarse enteramente la virtud que nacía en su corazón, upes murieron dejándola muy joven todavía. Huérfana, Ángela fue colocada en Salo, en casa de su tío materno, con una de sus hermanas, mayor que ella, y que animada por los mismos sentimientos, tomaba parte en todos sus ejercicios de piedad.

Su tío, hombre rico y religioso, las dejaba en libertad de seguir el impulso de su devoción. Por esto continuamente aspiraban a un género de vida cada vez más perfecto. Y a este fin resolvieron abandonar la ciudad e ir a pasar el resto de su vida en el retiro. Sin comunicar a nadie sus intenciones se retiraron a una gruta solitaria, a poca distancia de Salo. Pero su tío, a quien este paso causó gran inquietud, les reprendió este piadoso exceso en una edad tan temprana, y continuó facilitándoles todos los medios para caminar en la senda de la perfección cristiana. Ambas supieron aprovechar aquel precioso beneficio, y únicamente ocupadas de Dios, su fervor produjo en poco tiempo la admiración de toda la ciudad.

No tardó Ángela en perder a su hermana, cuya muerte le arrancó copiosas lágrimas; pero llena ya de sumisión religiosa, aunque no contaba todavía más de quince años, decía a los que iban a consolarla: “¿Y quién soy yo para oponrme a la voluntad de mi Dios? Mi hermana le pertenecía, así que ha podido quitármela. ¡Ah, bendito sea su Santo Nombre, ahora y por los siglos de los siglos!”.

Persuadida de que su hermana participaba de la celestial felicidad de los elegidos, Ángela suspiró más vivamente todavía por el mismo destino, y desde entonces trabajó en la obra de su santificación con nuevo ahínco. Abrazó la orden tercera secular de San Francisco, establecida en Salo, y manifestó un gran desprendimiento de las cosas de la tierra. Vestida de pobres hábitos, sin tomar más que alimentos sencillos, ayunando con muchísima frecuencia y entregándose a una penitencia rigurosa, seguía cada día más de cerca las huellas de su divino Esposo que la recompensó con inefables dulzuras espirituales.

Ángela, a quien ya había probado Dios arrebatándole a los que más amaba, perdió también a su tío. Entonces volvió a Desenzano, donde edfificó a todos lo mismo que en salo. Frecuentó el trato con las hermanas de la orden tercera de San Francisco, que se hallaban en su ciudad natal. Pronto sus nuevas compañeras pudieron admirar su menosprecio de sí misma, su mortificación y su celo por el bien del prójimo. Muchas veces les hablaba del deseo que tenía de consagrarse a la instrucción cristiana de la juventud de su sexo. Una misteriosa visión con que la favoreció Dios un día mientras estaba haciendo oración, afianzó en ella este deseo y al determinó en fin a emprender esta buena obra.

Luego de que Ángela hubo hecho adptar su proyecto a sus compañeras reuniendo en su casa a las niñas de Desenzano, empezaron a enseñarles la doctrina cristiana. Los frutos de aquellos primeros ensayos fueron maravillosos: las jóvenes fueron más modestas y las costumbres públicas mejoraron considerablemente. Pronto se difundió la reputación de Ángela, con lo que la atrajeron a Brescia, capital de la provincia, donde todos tenían formada la más alta idea de su virtud, idea que ella confirmó con su bondad, su devoción y sus conocimientos sobrenaturales.

Poco tiempo después emprendió Ángela la peregrinación a Tierra Santa, que hizo con un gran sentimiento de fervor, pero no pudo ver lor sitios testigos y teatro de todas las circunstancias de nuestra redención: se quedó ciega antes d ellegar a ellos y no recobró la vista hasta su regreso a Italia. De vuelta en Brescia, pronto volvió a salir de este pueblo para ir a Roma a ganar el jubileo de 1525. La capital de mundo cristiano ofrecía a la piadosa virgen mil objetos propios para satisfacer su devoción, y que ella visitó con santo celo. El Papa Clemente VII que reinaba entonces, la admitió a su audiencia, y la recibió con suma bondad.

Las guerras que no tardaron en ensengrentar Italia, obligaron a Ángela a abandonar Brescia, donde se había establecido, y no pudo en aquellas circunstancias consagrar a la educación de la juventud de su sexo todos losd esvelos que hubiera deseado; pero establecida luego la paz, al cabo de muchas irresoluciones hijas de su humildad, formó los cimientos de la célebre orden que la reconoce por su fundadora. El 15 de noviembre de 1555, Ángela, habiéndose asociado doce compañeras, les trazó una regla de conducta y les impusod eberes que, sin oblgiarlas a vivir en comunidad, las hacían aptas a realizar el género de bien a que se las aplicaba. Quiso que el nuevo instituto estuviese bajo la protección y llevase el nombre de Santa Úrsula, temerosa de que le diesen su propio nombre.

Pronto Ángela fue elegida para superiora de la congregación naciente de las Ursulinas, cargo que aceptó con cierto resquemor, pero en el cual poco después mostró cuán digna era de él. Su mansedumbre, su bondad y la constancia de su caracter le granjearon todos los corazones, y sus hillas hallaban la felicidad en su dependencia. Así fue que cuando después de haber hecho aprobar su instituto por el obispo de Brescia, quiso, so pretexto de su edad y de sus achaques, abandonar su cargo de superiora, todas le pidieron con insistencia y lágrimas que siguiese gobernándolas. Cedió Ángela menos a sus ruegos que a la orden del obispo, quien le mandó que conservase la autoridad de la que hacía tan buen uso. Pero no duró mucho su cargo, porque cayó enferma a principios de enero de 1540, y desde entonces miró a su muerte como cercana.

Uno de sus primeros cuidados en el extremo a que la redujo el mal, fue dar a sus hijas, acerca de sus deberes, consejos llenos de cordura. Luego, hecho su testamento, no volvió a pensar más que en su divino Esposo, por cuyos castos abrazos suspiraba con ardor. Durante sus postreros instantes no produjo más que actos de fe, esperanza y caridad. Murió en fin aquella piadosa fundadora el 27 de enero de 1540.

La muerte de Santa Ángela llenó de luto a toda la ciudad de Brescia, que desde hacía mucho tiempo la veneraba ya como a una santa. Sus despojos, cuya posesión de disputó el clero de las dos iglesias, fueron depositados en la de Santa Afra, su parroquia, y su sepultura fue visitada con gran devoción por una muchedumbre de fieles, que iban a invocar su intercesión ante Dios. San Carlos Borromeo se ocupó de la beatificación de Ángela, pero la muerte le impidió conseguirlo. En fin, al cabo de muchas diligencias comenzadas e interrumpidas por diversas circunstancias, fue inscrita en el número de los bienaventurados el 30 de abril de 1768 por el Papa Clemente XIII, y Pío VII la canonizó solemnemente el 24 de mayo de 1807. Después de la muerte de su fundadora, el instituto de las Ursulinas tuvo un rápido incremento de miembros.

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