Santa Angela Foligno: Los dolores de Nuestro Señor

“Ninguna lengua es suficiente para decir, ni ningún entendimiento para pensar, cuáles fueron sus dolores en el tiempo de la Pasión. El dolor de Jesucristo fue inefable y múltiple, y también fue intensísimo y agudo por la compasión que tuvo del linaje humano, al que amaba con sumo afecto. Y no solamente se condolía en común por todo el género humano perdido, repudiado y condenado, sino se compadecía con sumo dolor de cada persona del género humano, y no sólo de los pecados de cada cual en común, sino además según la medida y cantidad de cada culpa, y de la pena en que positivamente sabía que los hombres habían incurrido, y en que en lo sucesivo habían de incurrir.

Jesucristo padeció tantos dolores a causa de su misericordia y suma compasión, cuantos fueron y son los hombres, cuantos pecados cometió y cometerá cada hombre, y cuantos cada cual tiene o tendrá. Siendo, pues, infinitos así los hombres como sus pecados y las penas en que habían incurrido y debían incurrir, es claro que fue sumo e infinito el dolor que el Señor padeció por nuestro amor.

Jesucristo sufrió también dolor de compasión propia, esto es, de Sí mismo. Se compadecía de sí mismo por la dolorosa e inefable pena que positivamente veía que venía sobre Sí. Viendo, pues, Jesucristo, y considerando que había sido enviado por su Padre para llevar en sí mismo los dolores y penas de todos sus escogidos, y que no podía dejar de ser que tuviese que sufrir tan excesivo e inefable dolor, y que para esto se hallaba destinado, se compadecía de Sí mismo con sumo dolor.

Jesucristo tuvo también sumo dolor con respecto a su misericordiosísimo Padre, poque infinitamente ama a su Padre, Señor de las misericordias y de toda piedad. Viendo, pues, a ese mismo Padre Dios, a quien inmensamente amaba, movido a tanta misericordia y compasión por nosotros, que quería dar a su dulcísimo Hijo, a quien amaba de una manera infinita, y entregarlo a la muerte, Jesucristo experimentaba sumo dolor a causa de tan grande compasión de Dios Padre.

Padeció además Jesucristo dolor por la ofensa al Padre. Veía que cuando en su pasión el hombre crucificaba a su Señor y Criador, resultaba sumamente ofendido Dios Padre; pues el mayor pecado de cuantos hubo ni habrá fue matar y crucificar al Hijo de Dios, y por consecuencia más que con ningún otro se ofendía a Dios con este; de lo que sin duda se afligió inmensamente Jesucristo.

Al modo que a todo entendimiento le es imposible comprender la infinita caridad que mostró en querernos redimir con su muerte, de la misma manera es imposible comprender el infinito dolor a que se sometió y que estuvo padeciendo. Semejante dolor resultó de la inefable luz dada a Jesucristo, la cual iluminándolo inefablemente, viviendo en Él por dispensación divina y transformándolo en dolor, le producía un dolor tan grande, que es imposible expresarlo.

Tuvo también Jesucristo dolor de compasión por su dulcísima Madre, porque el Señor la amaba más que a ninguna otra criatura, como que de ella sola tomó la carne virginal, y porque la Virgen Santísima se condolía de su Hijo más que ninguna otra criatura, a causa de la nobilísima y profundísima capacidad que tenía en más excelente grado que todas las demás criaturas; por lo cual Jesucristo se condolía y se compadecía de ella, porque tanto en el cuerpo como en el alma la veía sumamente afligida y triste. El dolor de la Madre era extremado, y el Hijo sufría en Sí mismo este dolor.

Tuvo igualmente Jesucristo dolor de compasión por sus Apóstoles y Discípulos. Tanto estos como las mujeres que lo habían seguido, padecían suma aflicción; y al modo que sumamente los amaba, de la misma manera fue el pesar que tuvo por sus Discípulos dispersos y atribulados.

Además de los mencionados dolores, padeció Jesucristo otro dolor múltiple. Este Dios-Hombre fue traspasado y crucificado con cuatro géneros de espadas y flechas. El primero fue la perversa crueldad de los corazones obstinados. Aquellos corazones estaban siempre ferozmente endurecidos contra Jesucristo, cavilando y proyectando con perseverante empeño y afán la manera con que más cruel y más ignominiosamente pudiesen exterminar de la tierra al que había venido para salvarlos; y juntamente con Él su nombre y a todos cuantos lo seguían.

El segundo género de dolor fue la malicia e injusticia de aquella inflamada cólera y de aquellos odios que continuamente le tenían los que lo crucificaron: cuantos fueron los pensamientos de estos contra el Señor, las perversas intenciones y las inicuas voluntades, otros tantos fueron los cuchillos y flechas que traspasaron el alma de Jesucristo.

El tercer género fue la malicia y perfidia de las lenguas que hablaban contra Él: cuantas fueron las acusaciones, las maledicencias, los inicuos proyectos, las burlas, las mofas, las malas palabras, las blasfemias, las maldiciones, los falsos juicios y los falsos testimonios, otros tantos dolores padeció que afligían su alma.

El cuarto género fue el cruelísimo acto de la pasión concluido en Él ferozmente, lo cual aparece muy manifiesto a quien la considere toda. Todos los tirones de los cabellos y de la barba, todos los golpes en la cabeza, todos los empujones, todas las ligaduras, todas las bofetadas, todas las escupidas, todos los golpes y azotes fueron otras tantas pasiones, especialmente por parte de los clavos, porque los que emplearon eran muy gruesos, escabrosos y cuadrados, con los que perforando cruelísimamente sus manos y pies, fueron, así las manos como los pies, lacerados, afligidos y clavados en la cruz con bárbaro tormento, mayor de cuanto pueda decirse, resultando el dolor de aquella forma de clavos.

Y aunque las manos y los pies no hubiesen estado clavados en el madero, siempre la pasión habría sido atrocísima; pero no contentos todavía, le tiraban de manos y pies, le extendían todo el cuerpo, dislocaban los huesos y tendones, y lo comprimieron fuertemente para dejarlo fijo en el durísimo leño. No satisfechos aún, levantaron en alto la Cruz, y lo expusieron desnudo al frío, al viento, al aire y a la vista de la muchedumbre. El peso y la gravedad de todo el cuerpo pendía de las manos y se apoyaba en los pies, a fin de que la dureza de los clavos fuese mejor sentida y la sangre corriese sin interrupción de las heridas, y muriendo Jesús de esta manera, se llevase a cabo toda la malicia de ellos.

Jesucristo, el Hombre-Dios, a fin de manifestarnos algo de dolor tan excesivo, y mostrarnos que no por sí sino por nosotros lo sobrellevaba, igualmente que para que nos condoliésemos de Él siempre y aprendiéramos a compadecerlo más de corazón, hallándose sumergido en tan grande agonía, exclamó: Deus meus, Deus meus, ut quied dereliquisti me? No podía ser abandonado por Dios siendo Él mismo Dios, pero manifestó que era hombre cuando se declaró abandonado en sus tormentos. Entonces, con aquel elevado clamor mostró el agudísimo e inefable dolor que por nosotros estaba sufriendo.

Asimismo Dios Padre comprendía perfectamente el dolor de Jesucristo; luego únicamente por nosotros clamó el Salvador, diciendo que por nosotros y no por Sí sufría aquel sumo dolor; y de esta manera invitarnos y movernos a que continuamente nos condolamos y compadezcamos de Él. Ni crea nadie que Jesucristo sufrió nada más que cuando estaba pendiente de la cruz; porque desde el punto en que se formó y se organizó su cuerpo, se infundió en Él el alma, y al mismo tiempo se unió el verbo, por cuya admirabilísima unión aquella alma fue llena de suma e inefable sabiduría, y desde aquel punto se representó a Sí mismo todas las cosas presentes y futuras.

Por consiguiente, desde el momento en que fue formado y concebido, vio el indecible y agudísimo dolor que le aguardaba, de modo que doliéndose de él continuamente por disposición de la divina sabiduría, toleró semejante dolor desde la infusión del alma en el cuerpo hasta su separación de él.

Y este dolor fue vehemente y agudo a causa de ser su alma nobilísima; porque cuanto más santa, más dulce y más noble era aquella alma, tanto más era afligida con agudo e intenso dolor. Aquella alma extremadamente nobilísima fue atormentada con suma angustia por todas estas injurias y aflicciones, y todos aquellos dolores que procedían de la suma e inefable disposición de Dios, atormentaron de tal modo el alma de Jesucristo, que todo dolor resultó por sí mismo en el cuerpo del mismo Señor y lo afligió vehementísimamente.

Aquel dolor fue también más intenso a causa de la nobleza y delicadeza de su virginal cuerpo, más noble que ningún otro nacido de mujer, y por consiguiente más sensible y más atormentado por el referido dolor. Fue además agudísimo el sufrimiento de Jesucristo en razón de la persona, porque era verdadero Dios, por lo cual toda injuria y aflicción que se le ocasionaba contenía una ofensa infinita; pues no se obraba solamente contra el hombre sino contra el verdadero Dios, por lo que tenía infinita razón de dolerse e inefablemente se dolía de todo vituperio y aflicción que se le causaba.

Y mientras el mismo Salvador del mundo, el Hombre-Dios Jesucristo, padecía todos esos dolores, no amenazaba ni maldecía, ni se defendía ni se vengaba, ni cuando era acusaso se excusaba; ni cuando le escupían en la cara ocultaba el rostro; ni cuando le extendían en la cruz manos y brazos los retiraba; ni se escondía cuando lo buscaban para darle muerte, sino del todo y de todas maneras se entregó a la voluntad de ellos, a fin de llevar a cabo la obra de la Redención por medio de la iniquidad de los mismos, sin la voluntad de estos y a pesar de su ingratitud.

Por la inversa, lo que es inefable de pensar en el mismo pésimo acto de la pasión que ejecutaban contra Él del todo inocente, daba ejemplo de paciencia, les enseñaba la verdad, e intensamente con sollozos, llanto y clamor rogaba por ellos al Padre. A trueque del mismo enormísimo pecado de ellos, que justamente hubiera ocasionado la ruina de todo el mundo y de la naturaleza humana, les proporcionaba Jesús mayores beneficios; porque con el mismo dolor y pasión que le hacían sufrir, satisfacía por todos nuestros dolores; y entonces nos redimió y abrió las puertas del Paraíso a los que lo crucificaron y a todos los hombres, reconciliándolos con su Padre; y nos colmó de gracia haciéndonos hijos de Dios perfectamente reconciliados con Él por medio de aquella misma obra por la cual eran dignos de ser condenados todo el mundo y toda criatura, porque la criatura acababa de cometer tan grande injuria contra su Criador. ¡Oh piedad! ¡oh inmensa misericordia! ¡oh benignidad que no se pudo imaginar! Porque donde superabundó infinita iniquidad, allí también superabundó la gracia, pero tal y tan grande, que verdaderamente no tiene fin”.

“Jesucristo, libro de vida”. Santa Ángela de Foligno. Edit. 1866.

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