San Ramón Nonato

Nació San Ramón en Cataluña en el año 1204, en Villa de Portell, en el obispado de Solsona. Su familia era de las más distinguidas, tanto en nobleza como por sus alianzas con las ilustres casas de Fox y Cardona. Salió a la luz del mundo después de muerta su madre, haciéndole una incisión, y le sacaron vivo y sano contra toda esperanza de los más hábiles médicos, motivo por el cual se le dio el nombre de Nonato, o de No nacido. A este nacimiento tan especial se añadió el singular favor de Dios, que le dotó de una bella personalidad y una marcada inclinación hacia la virtud.

Luego de que llegó a tener uso de razón, viéndose sin madre en la tierra, resolvió seguir siempre a la del Cielo. Dedicó a la Santísima Virgen todas las ternuras de hijo, y la tomó desde entonces por su dulcísima madre. En medio de su niñez nada le entretenía ni en nada encontraba gusto sino en la oración. Toda su diversión eran sus devociones, sobre todo aquellas que se dirigían a la soberana Reina de los Cielos. Cuando se encontraba con alguna imagen suya, le rendía especial culto; tanto, que observada de todos su extraordinaria ternura con la Madre de Dios, le llamaban generalmente el hijo de María.

Se puso mucho cuidado en criarlo bien, pero su virtud natural ahorraba a los preceptores mucho trabajo en la educación. Dotado de excelente ingenio y de no menor aplicación, hacía rápidos progresos en los estudios; pero su padre no quiso que prosiguiese en ellos, recelando en vista de su devoción que se inclinase a abrazar el estado eclesiástico o religioso; y por sacarle ese pensamiento lo envió a una de sus propiedades, encargándole el gobierno y administración de aquella hacienda, a pesar de lo joven que era. Obedeció Ramón, y sin comprender lo que se proponía su padre, se acomodó con aquella vida, y se sirvió de la misma para poner en ejecución el plan que ya se había formado de dedicarse a Dios en vida retirada y penitente.

Enamorado de aquella soledad, él mismo quiso ser el pastor de sus rebaños; y mientras las ovejas pacían en el monte, apacentaba él su alma con la contemplación de las cosas celestiales, ocupando todos el día en ejercicios devotos. Su mayor pena era no poder tributar a la Santísima Virgen las devociones acostumbradas en alguna iglesia dedicada a esta señora, como lo hacía cuando estaba en casa de su padre. Pero el Señor proveyó a esta necesidad. Acostumbraba el piadoso pastor conducir su ganado al pie de una montaña, donde encontró una ermita abandonada, y junto a ella una capilla donde todavía se conservaba una bella imagen del a Santísima Virgen. No se puede explicar el gozo de nuestro santo cuando se halló con aquel dulce objeto de sus anhelos. A partir de entonces pasaba mucho tiempo allí. En aquel retiro Dios le comunicó un extraordinario amor y gusto a la soledad; y añadiendo a la oración muchas penitencias, cada día se iba haciendo más grato a los ojos del Señor.

Ante la virtud de San Ramón, el demonio no quiso dejarlo tranquilo. Se le apareció en la figura de otro pastor, y trabando conversación con él, procuró disgustarlo de la soledad. Me admiro – le dijo – de que un niño de tu nacimiento, de tu distinción y de tu ingenio se ocupe en un oficio tan humilde, dedicado de guardar ovejas y entregado a una vida rústica, grosera e indecente. Le representó después los gustos y las conveniencias que podía gozar en el mundo; y deslizándose poco a poco el espíritu inmundo en otras materias, le comenzó a hablar de cosas que alertaron su pureza e inocencia. Asustado, levantó los ojos al Cielo, implorando la protección de la Santísima Virgen, y ante el solo nombre de María desapareció el demonio, dando un espantoso grito, acompañado de una espesa humareda que llenó el ambiente de un hedor intolerable.

Reconociendo el santo la malignidad del tentador, corrió a la capilla, se postró a los pies de la Santísima Virgen, y le suplicó le protegiese contra los artificios de tan temible enemigo. Fue oída su oración, y colmado abundantemente de consuelos celestiales, se consagró de nuevo por toda la vida al servicio de tan amorosa Madre.

Viendo el demonio que le había salido tan mal su maligno intento, y que estaban descubiertos sus enredos, se valió de la envidia de otros pastores para molestar al joven santo, y para interrumpirle sus ejercicios devotos. Fueron a decir a su padre que Ramón, ocupado únicamente de sus devociones, no cuidaba del ganado, dejándole morir de hambre, y que él mismo se podía informar por sus propios ojos de esta perniciosa negligencia.

Dando el padre crédito a lo que le decían, pasó un día secretamente a la hacienda, y vio que un pastorcillo de extraordinaria belleza estaba cuidando a sus ovejas. Como no encontró en su compañía a su hijo, se encaminó a la capilla, donde le encontró en oración; y le preguntó quién era aquel jovencito que había encargado que cuidase al ganado. Ignorando el santo niño el milagro que hacía por él la Divina Providencia, se arrojó a los pies de su padre, y deshaciéndose en lágrimas le pidió perdón por aquel descuido. Comprendió entonces el padre que todo era obra de Dios. Se enterneció, y no queriendo impedirle sus piadosos ejercicios, le abrazó amorosamente y se retiró.

A este favor del Cielo siguió otra gracia mayor. Se le apareció la Santísima Virgen, y le declaró que el joven que había visto su padre era un ángel a quien Ella misma había encargado que cuidase del ganado mientras él cumplía con sus devociones. Pero añadió que todavía quería hacerle otra gracia más singular, y era que dejase la soledad y entrase en una Orden fundada con el nombre de Nuestra Señora de la Merced, donde era su voluntad que viviese toda la vida.

Indeciblemente consolado Ramón al recibir una orden tan positiva de la misma Madre de Dios, y tan conforme a su inclinación, se valió del Conde de Cardona, su pariente, para alcanzar el consentimiento de su padre; y obtenido este, el mismo conde le envió a Barcelona para que tomase el hábito de Nuestra Señora de la Merced. Se supo por su nombre y por su virtud que era un regalo que el Cielo presentaba a la nueva familia, y entró en el noviciado, recibiendo el santo hábito de mano de san Pedro Nolasco.

Pronto la virtud del reciente novicio hizo muchas ventajas. Su fervor, su desapego de todas las cosas, su devoción, su obediencia, su excesiva mortificación y su profunda humildad eran superiores a toda admiración. En fin, hizo tan extraordinarios progresos en la perfección de su estado, que dos o tres años después de su profesión se le juzgó digno de confiarle uno de los más importantes ministerios de su sagrado Instituto. Éste fue enviarle a las costas de Berbería para tratar con los infieles sobre el rescate de los cautivos cristianos, con el título y facultades de redentor.

Nadie desempeñó tan caritativo trabajo ni con mayor valor, ni con mayor prudencia, ni con mayor santidad que él. Llegado a Argel, encontró tantos cristianos cautivos que consumido todo el dinero que llevaba para rescatar a cuantos pudo, viendo que no alcanzaba para todos, consiguió la libertad de muchos y se quedó él mismo como esclavo en su lugar. Sacrificó su propia libertad para sacar a muchos infelices del peligro en que se hallaban de apostatar de la fe.

Este milagro de caridad, que hasta entonces apenas tenía ejemplar, le puso muy pronto en ocasión de padecer una especie de martirio. Los musulmanes a quienes se encomendó su custodia le trataron con tal barbarie que se temió mucho por su vida. Informado de esto el cadí o corregidor de Argel, temiendo que si perdía la vida se perdería también la gran suma que estaba prometida por su rescate, expidió una orden mandando que no se le hiciese otro maltrato que el correspondiente a las cargas ordinarias de la cautividad, so pena de que si muriese en ella por la violencia del excesivo rigor, los transgresores pagarían la suma que estaba estipulada por su libertad.

Afligió mucho al santo este alivio, como quien ansiosamente anhelaba el martirio. Pero ya que sus pecados – como él decía – le estaban estorbando la dicha de perder la vida por la libertad de aquellos pobres esclavos rescatados con la preciosísima sangre de Nuestro Señor Jesucristo, quiso aprovechar bien la que le daban para andar libremente por la ciudad. Día y noche visitaba los fosos y los calabozos donde eran conducidos los nuevos cautivos que llevaban a Argel. Los consolaba en su desgracia, los fortalecía en la fe, y suavizaba sus trabajos con la esperanza de la redención. No contento con animar y esforzar a los cristianos, se extendía su caridad hasta los mismos infieles. Dios le concedió la gracia de convertir a algunos, que fueron bautizados por su mano; pero tardó poco en recibir la recompensa de su celo. Informado el gobernador, y furiosamente irritado por aquellas conversiones, le condenó a ser empalado. Y se hubiera ejecutado esta cruel sentencia a no haber mediado las poderosas intercesiones de los interesados en su rescate, que por no perderle pudieron conseguir se cambiase la pena por otra de golpes.

Pero ni este insufrible tormento fue bastante para que dejase de continuar sus instrucciones a todos los que las querían oír. Le denunciaron de nuevo ante el gobernador, que le mandó azotar por todas las calles públicas de la ciudad. Y conducido después a la plaza mayor, el verdugo le perforó los dos labios con un hierro caliente; le pasó una cadena por ellos, y con un candado le cerró la boca, entregando la llave al gobernador, que la tenía siempre en su poder, y no la daba sino en aquellas horas en que era preciso que tomase algún alimento. Además de eso le mandó encerrar en un oscuro calabozo, donde estuvo ocho meses hasta que llegó su rescate.

Como su alma sentía tanto consuelo en padecer por el nombre y por la fe de Jesucristo, pidió con insistencia a los superiores que le permitiesen pasar el resto de sus días en aquel país, que consideraba el único para proporcionarle la suspirada corona del martirio. Pero tuvo que obedecer. Queriendo el papa Gregorio IX honrarle con la sagrada púrpura, creó cardenal de título de San Eustaquio al glorioso confesor de Cristo. Produjo tan poca impresión aquella eminente dignidad en el santo, que no cambió ni el traje, ni la pobreza, ni el método de su vida penitente. Se retiró a su convento de Barcelona sin que el Conde de Cardona, su pariente, le pudiese jamás convencer de que admitiese los honores propios de un Cardenal.

Era siempre igualmente encendida su caridad con todos los necesitados; y habiendo encontrado a un pobre traspasado de frío, y desnuda la cabeza, movido de compasión le abrazó tiernamente, y no teniendo qué darle, le cubrió con su sombrero, retirándose al convento muy mortificado por no haber tenido otra cosa con que socorrerle. La noche siguiente, estando en oración, se le apareció la Santísima Virgen, y le puso en la cabeza una corona de flores; pero aunque fue tan singular este favor, el santo no pudo menos de mostrar que de mejor gana preferiría a las flores una corona de espinas. Agradó tanto al Señor esta preferencia, que le pareció a Ramón que el mismo Jesucristo le ponía en la cabeza una corona en todo semejante a la suya, y que apretándosela fuertemente, sentía un vivísimo dolor.

Deseando el Papa Gregorio tener cerca de sí a un varón tan santo, le llamó a Roma. Obedeció Ramón, se puso en camino; pero llegando a Cardona, pocas leguas distante de Barcelona, le asaltó una fuerte fiebre, que muy pronto hizo perder a todos las esperanzas de su vida. No llegaba el sacerdote que le había de administrar el santo Viático, y deseando Ramón con vivísimas ansias recibirle, tuvo el consuelo de que se lo administrasen los santos ángeles, como aseguran los muchos testigos que hubo de esta maravilla.

Rico en virtudes, consumido de trabajos y de penitencias, y colmado de merecimientos, murió con la muerte de los justos el día 31 de agosto del año 1240, a los 36 años. Luego de que expiró se suscitó una gran disputa sobre el lugar donde se le había de dar sepultura. Los de Cardona protestaron con toda resolución que nunca conseguirían desprenderse de aquel presente con que el Cielo los había regalado. El clero de Barcelona pretendía que el entierro de un cardenal por derecho le tocaba a él; y su Orden alegaba los muchos títulos que la asistían para la posesión de aquel tesoro hallado en terreno propio. En fin, después de muchos debates convinieron todos en que la decisión de aquel pleito se debía someter a la Divina Providencia. Se guardó el santo cuerpo en una caja, y ésta se puso sobre una mula ciega, dejándola caminar sin guía ni conductor a donde ella quisiese, y que se le daría sepultura en el lugar donde la mula se parase.

Así se hizo, caminó la mula por mucho tiempo, seguida de innumerable gentío, y atravesando montes y campos, se quedó inmóvil en la ermita o capilla de San Nicolás, donde el santo había recibido tantos favores del Cielo por intercesión de la Santísima Virgen. Movido de este prodigio San Pedro Nolasco, general de la Orden de la Merced, pidió la capilla y una porción de terreno en aquel desierto para fundar en él un magnífico convento de su Orden; y en su iglesia reposan las reliquias del santo, honrándola Dios con muchos nuevos milagros.

About the author /


Boanerges | Resistencia Católica. Para instruir en la sana doctrina y contradecir a quienes la niegan. "Non nobis, non nobis, Domine Sed nomini tuo da gloriam" | www.elboa.org

Related Articles

Suscríbase a la Resistencia

Suscríbase a la Resistencia

Únase a nuestro apostolado y reciba gratis en su correo todas nuestras actualizaciones, libros y novedades. Rezaremos por todos nuestros suscriptores, familias y actividades.

Galerías Visuales

    BOANERGES | Resistencia Católica

    Para defender la sana doctrina y combatir a quienes la contradicen | Salve, Roma! In te aeterna stat historia, Inclyta, fulgent gloria Monumenta tot et arae. Non praevalebunt horrendae portae infernae, Sed vis amoris veritatisque aeternae.

    Sitio Certificado y Verificado

    elboa.org Webutation
    A %d blogueros les gusta esto: