San Medardo

San Medardo, uno de los Prelados más ilustres de la Iglesia de Francia en el siglo sexto, nació en Salency en Picardía en el año 457. Su padre Nectardo era un noble francés, que hacía gran papel en la corte del Rey; y su madre Protogia descendía de una antigua familia romana que se había establecido en la Galia. ésta llevó a su marido grandes Estados, y entre otros el de Salency, situado como a una legua de distancia de Noyon. Era una dama de extraordinaria piedad, la educación santa de su hijo en la virtud temprana fue fruto de la atención de aquella, y de su ejemplo, favorecida de la influencia y autoridad de su mismo marido, a quien ella había convertido a Cristo de la idolatría.

Inspiró a Medardo desde su tierna infancia la compasión más tierna a los pobres. En Salency un día dio a un ciego desnudo su capa, y cuando le preguntaron qué había hecho de ella, respondió que la vista de la necesidad y desnudez de un pobre ciego, que era también como él miembro de Cristo, le había conmovido tan fuertemente que no estuvo en su mano dejar de darle parte de sus vestidos. Cuando le encargaron de cuidar del ganado de las tierras de su padre, según la costumbre de aquel tiempo en francia, aún entre las familias ilustres como en los antiguos hebreos, se privó muchas veces de su misma comida para repartirla con los necesitados. Solía ayunar desde pequeño, en una edad en que rara vez se ve que un niño refrene sus apetitos. Estas virtudes iban sostenidas por un espíritu de retiro y oración nada común, y con una gran pureza e inocencia de costumbres.

Después de que tuvo edad suficiente, fue enviado por sus padres a empezar sus estudios, primero a Vermand, capital de la provincia en que vivían, y después a Tournay, donde se dice que tuvo su corte el Rey Childerico I. La pompa y el esplendor imperantes no tenían ningún atractivo para el santo, que sólo se concentraba en lo directamente relacionado con Dios. Sus padres se alegraron al ver sus buenas disposiciones hacia la virtud y le volvieron a llevar a la ciudad de Vermand, suplicando a su Obispo que se dignase a instruirle en las Sagradas Escrituras.

El discípulo dejó admirado al maestro tanto por sus rápidos progresos en la doctrina como, y mucho más, por el fervor de su piedad, su continuidad y constancia en la oración, sus lágrimas, con las que continuamente bañaba su rostro en sus devociones, su dispuesta y pronta obediencia, su extraordinaria humildad, y la austeridad de sus mortificaciones. Al mismo tiempo que era sumamente ingenioso para ocultarlas. Sin embargo, todos sus ejercicios le parecían pereza e imperfección, y se quejaba continuamente de que no le era concedido el don de penitencia.

Fue promovido a la dignidad del sacerdocio a los treinta y tres años de edad. Predicaba la palabra de dios al pueblo con una unción que ablandaba los corazones más endurecidos, pero lo que sobre todo parecía irresistible era la poderosa influencia de su ejemplo unida a la fuerza de los preceptos que en el púlpito enseñaba. Empleaba en oración y santa contemplación todo el tiempo que le dejaban desocupado sus funciones exteriores. Sus ayunos eran continuos y rigurosos; pero la perfecta mortificación de sus pasiones, y de su voluntad por la mansedumbre y humildad, parecía la virtud en que se hizo más admirable.

No ha habido hombre acaso tan perfectamente dueño de sí mismo, ni que haya poseído una suavidad y dulzura tan constante de temperamento. Jamás se le conoció ni fuera de sí por alegría, ni abandonado y abismado en tristeza por ninguna vicisitud humana. Era siempre paciente y silencioso en la adversidad, siempre suave y cortés en la prosperidad, y humilde, afable y benéfico a todos en todo tiempo.

Muerto en el año 530 Alomero, decimotercer Obispo de aquel país, San Medardo fue unánimemente electo para ocupar la Silla, y consagrado por San Remigio, que había bautizado al Rey Clodoveo en el año 496, y estaba ya sumamente mayor. La nueva dignidad no hizo abatir en nuestro santo sus austeridades, sino que antes bien añadió a ellas las penalidades del cargo que recibió. Y aunque ya tenía entonces setenta y dos años, se consideró no obstante obligado a doblar sus tareas y trabajos. Aunque era muy grande su diócesis no parecía bastante ancha para su celo, el cual no podía contenerse en límite alguno si veía alguna oportunidad de alcanzar más almas para dios.

Se regocijaba en las calumnias y las persecuciones, y triunfaba siempre de ellas con la mansedumbre y la paciencia. Tuvo la aflicción de ver atacada su diócesis por los Hunos y los Vándalos, pero esta calamidad fue para él una abundante cosecha, por las oportunidades que le ofreció de ejercitar su caridad. En aquel diluvio de miserias era el santo el refugio, el sustento y el consuelo de todos los desventurados. Reducida a una situación ruinosa la ciudad de Augusta a causa de las guerras y otros infortunios y quedando abierta a las irrupciones de los bárbaros, San Medardo resolvió trasladar su silla a Noyon, que era entonces una ciudad bien amurallada y fortalecida. Desde entonces la antigua capital que había sido tan floreciente en tiempo de los galos, cayó en la decadencia.

Muchas provincias envidiaban a Vermand la posesión de tan gran pastor, y deseaban mucho participar de sus gracias. El clero y el pueblo de Tournay, sostenido por el Rey Clotario I, hijo de Clodoveo el Grande, después de la muerte de San Eleuterio acaecida en el año 532, no querían a otro por Obispo suyo. Por condescender con estos deseos San Remigio, su Metropolitano, juzgándolo necesario para la propagación del Evangelio, y con la aprobación del Papa, le mandó gobernar ambas diócesis, que desde aquel tiempo quedaron unidas bajo un mismo Prelado por espacio de más de quinientos años.

Hasta entonces yacían sumergidas todavía en la idolatría muchas partes de la diócesis de Tournay. San Medardo las visió todas, y aunque fue amenazado muchas veces, y muchas atrapado por los paganos con intención de quitarle la vida, venció todos los obstáculos, y con sus tareas y milagros los rayos de la luz evangélica desterraron la idolatría de toda la vasta extensión de su diócesis.

Lo que hizo esta empresa más peligrosa fue la salvaje y fiera disposición de ánimo de los antiguos habitantes de Flandes, que eran los más bárbaros de todas las naciones francas y galas. Los griegos y los romanos civilizaron la parte occidental del mundo, enseñando a las naciones bárbaras a cultivar sus talentos con el uso de las artes útiles y políticas. Pero aún la parte más preciosa de esos tiempos felices en aquellos mismos imperios puede tenerse por bárbara en comparación de la cristiandad. El espíritu divino de suavidad, paciencia, humildad y caridad que ésta inspira, y la pureza y santidad de su moral, han refinado el entendimiento de los hombres, corregido su ignorancia y barbarie en las naciones más feroces, y difundido su temperamento virtuoso y santo por todos los países en que fue predicado el Evangelio.

San Medardo con increíbles fatigas, atrajo al pueblo más rudo y rústico del mundo apartándole de sus costumbres groseras y bárbaras. Les inspiró el manso espíritu del Evangelio, les hizo una nación civil y cristiana, fecunda en ejemplos eminentes de virtud. Habiendo completado nuestro santo su gran obra en Flandes, volvió a Noyon, donde Radegunda, Reina de Francia, recibió de sus manos el velo religioso en el año 544, con consentimiento de su marido Clotario.

Al poco tiempo cayó enfermo San Medardo, y a la noticia de su enfermedad fue a Noyon el mismo Rey Clotario, que le había venerado siempre como a un santo viviente, por hacerle una visita y recibir su bendición. Poco después de su partida descansó el santo de sus fatigas en una edad muy avanzada para el siglo sexto, alrededor del año 545. Todo el reino lamentó su muerte como la pérdida que era de Padre común y protector. Su cuerpo fue sepultado en su misma Catedral; pero el Rey Clotario, movido por los muchos milagros que se obraron en su tumba, deseó que se trasladasen sus preciosas reliquias a Soissons, donde tenía su principal residencia.

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