San Mayeul (o Mayolo), Abad de Cluny

Fue natural de Borgoña, Francia, de una ciudad llamada Matisco. Era hijo de padres ilustres y generosos, los que le enseñaron todas las buenas costumbres y letras. Llegó a merecer que el obispo de dicha ciudad, a petición de toda la clerecía y los ciudadanos, le hiciese arcediano de la Iglesia, dignidad que si rehusó humilde, ejercitó docta y santamente.

Iba con mucha frecuencia al monasterio de Cluny, donde enamorado de la santa vida monástica, vino a tomar el hábito del gran padre San Benito, siendo recibido por todos aquellos monjes con tanto gozo como el que él sentía por vivir con ellos y conocer sus valiosos medios de virtud y letras. Sobre todo quien más lo celebró, por desearlo más, fue el abad Adamaro, tercer abad de Cluny y sucesor de San Odón, segundo abad del mismo monasterio; porque sabía muy bien el religioso que no podía dejar mejor sucesor en su dignidad que a Mayeul, y no se engañaba.

Tantas muestras dio Mayeul en el noviciado de su gran humildad y conocida santidad, que al año siguiente de su aprobación fue electo abad y sucesor de Adamaro, por voto de todos los monjes y del mismo adamaro que lo nombró. Él humildemente se negaba a recibir tal dignidad, pero viendo después que se lo ordenaba Adamaro, tuvo que aceptar, más por obedecer que por ser obedecido, obligándole también una visión que tuvo una noche de esta forma:

Estando en oración a la media noche, se quedó dormido y se le apareció un varón religioso, de hermoso rostro, y le dijo: “Está seguro, hermano, y no te turbes en recibir el gobierno de este monasterio; porque para que cumplidamente hagas tu oficio, no te faltará el favor divino”, y diciendo esto le dio un libro y le dijo que se guiase por lo que estaba escrito en él.

Mucho se consoló nuestro santo con esta visión, pensando que era San Benito quien le había hablado, y entonces llamando a todos los monjes aceptó el oficio de abad, y fue el cuarto del monasterio de Cluny.

Rigió el rebaño amado y encomendado a Dios santísimamente, enseñando a todos a pelear con el antiguo enemigo de la naturaleza humana. Les encomendaba la paz, la virginidad y el aprendizaje de la Sagrada Escritura. Su hablar era gracioso y persuasivo, tanto que muchos seglares, sólo de oirle, aborrecían el mundo y se hacían religiosos.

Su abstinencia era grande, su penitencia frecuente, su oración fervorosa, y sus lágrimas tan copiosas, que de ordinario dejaba bañada en ellas la tierra donde se hincaba de rodillas. Conforme era su vida, así eran sus milagros continuos, dando vista a los ciegos, oído a los sordos, voz a los mudos, curando leprosos y todo tipo de enfermedades. Su caridad con los pobres era grande. Les daba de limosna cuanto tenía, y hubo ocasión en que llegando un pobre a pedir limosna, y no hallándose otra cosa que darle, se quitó parte de sus propias ropas para dárselas. Dios lo premió por esta santa obra, pues cuando fue a su casa encontró ropas nuevas y mucho mejores que las suyas, que le había enviado el Obispo.

En otra ocasión, pasando por los Alpes, dio grandísimas muestras de su ardiente caridad, pues saliendo una escuadra de turcos, atraparon a muchos de los que iban en su compañía, y tirando una flecha a un joven suyo que no se quería dejar prender, puso la mano el santo al verla venir, y la recibió en ella. La herida resultante se mantuvo visible mientras vivió, en memoria de su acto heroico.

Pudo huir también, como lo hicieron algunos en la ocasión, y no quiso, sino que se dejó atrapar por aquellos bárbaros, para dar libertad a los demás cautivos, como lo hizo, porque habiéndole puesto con grilletes y cadenas en una oscura mazmorra, la noche siguiente se le apareció un venerable anciano vestido de pontifical, y entendió que había de ser libre de su prisión y cautiverio por el apóstol San Pedro. Y puesto después en oración rogó a la Santísima Virgen María, sin pecado concebida, de quien era muy devoto, que no permitise que saliera él del poder de los bárbaros si quedaban los demás cautivos.

Le oyó la soberana Reina de los Ángeles, y a la mañana se encontró sin grilletes ni cadenas. Fueron los turcos, y admirados del prodigio lo veneraron como a un santo y le dieron libertad. Pero él no quiso irse solo sin llevar consigo a los demás, por quienes se había dejado prender. Y al fin, concertado el rescate de todos, escribió a los monjes de su monasterio para que enviasen cierta cantidad de dinero para rescatar a aquellos fieles que estaban con él. Vinieron los más importantes del monasterio con el dinero, y no aceptó la voluntad hasta que todos los demás la tuvieron también.

Por ese tiempo falleció el Santo Padre, y el emperador Otón II, que ocnocía bien las muchas virtudes de Mayeul, trató que él fuese Papa, pues sólo con que dijese que sí lo sería. Pero el santo se excusó con humildad. Al fin se retiró a su monasterio, donde ejercitado en santas obras y virtudes, supo que llegaba al fin de sus días, y entendido también por los monjes, le preguntaron llorando a quién dejaría encomendado su rebaño. Y él respondió: “A Jesús, sumo pastor, que tendréis siempre en vustro amparo”.

Comenzó después a decir salmos, y preguntándole los monjes si le dolía algo dijo que no tenía molestia alguna, sino que por el contrario veía todas las cosas sosegadas, y los bienes del Señor en la tierra de los que viven. Así, sin dolor, con clara vista, oído y sana memoria, en el año 993, el 11 de mayo, diciendo salmos y persignándose, entregó su bienaventurada alma a Dios, y fue sepultado en la iglesia de san Pedro y San Pablo, donde después hizo innumerables milagros.

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