San Marcos, Evangelista

San Marcos fue de sangre judía. El estilo de su Evangelio abundante de hebraísmos manifiesta que lo fue de nacimiento. Sus actas dicen que fue de Cyrenaica, y Beda añade por ellas mismas, que de la raza de Aarón. Papías citado por Eusebio, San Agustín (Hist. L.3. c.39), Teodoreto (L.I, de cons. Evang. C.I) y Beda aseguran que fue convertido por los Apóstoles de Cristo después de la Resurrección de Nuestro Salvador. San Ireneo le llama discípulo e intérprete de San Pedro, y según Orígenes y San Jerónimo es aquel mismo Marcos a quien Pedro llama hijo suyo (I Pet. v.13).

Por razón de este oficio de Interprete de San Pedro, entendieron algunos que San Marcos había sido el autor del estilo de sus Epístolas; otros que sólo había sido empleado en traducir al griego y el latín lo que el Apóstol había escrito en su propia lengua, según había requerido la ocasión. San Jerónimo con algunos otros le tiene por el mismo que aquel Juan que tenía por sobrenombre Marcos, hijo de una hermana de San Bernabé; pero generalmente se asegura haber sido distintas personas, y que el último estaba con San Pablo en Oriente, al mismo tiempo que el Evangelista estaba en Roma o en Alejandría.

Según Papías y Clemente el Alejandrino escribió Marcos su Evangelio a petición de los Romanos, quienes según estos refieren deseaban tener por escrito lo que les había enseñado San Pedro oralmente. Marcos, a quien habían hecho aquella súplica, se aplicó a ir recogiendo todo lo que en sus conversaciones había oído San Pedro; en suposición de que se afirma que él jamás había oído a nuestro Salvador en carne. Se regocijó San Pedro de los deseos de los fieles, y habiendo revisado la obra, la aprobó y autorizó para que fuese leída en las juntas religiosas de los fieles. De aquí sin duda procedió según leemos en Tertuliano (Tertul. cont. Marcion, L.4 c.5), el que algunos atribuyesen este Evangelio a San Pedro mismo.

Juzgan muchos en la comparación y cotejo de los dos Evangelios que San Marcos compendió solamente el de San Mateo, porque refiere las mismas cosas, y a veces con las palabras mismas. Pero añade Marcos algunas circunstancias particulares, y muda el orden de la narración, en que conviene con los de San Lucas y San Juan. Dos historias cuenta en él que no figuran en el de San Mateo, a saber, la del óbolo de la viuda (Marc. 12), y la de la aparición de Jesucrisot a los dos discípulos que iban a Emaús.

San Juan Crisóstomo (Hom. 58 y 85. in. Matth) admira la humildad de San Pedro (y se puede añadir la de su discípulo Marcos) al observar que este Evangelista no hace mención de las altas recomendaciones que cristo dio al Apóstol en haberle hecho aquella explícita y clara confesión de que era Hijo de Dios; ni hace memoria de su andar milagrosamente a pie sobre las aguas; y con todo eso describe extensamente la historia de la negación de su maestro con todas sus circunstancias. Escribió pues su Evangelio en Italia, y según todas las señas en el año de Cristo de 49.

San Pedro envió a sus discípulos desde Roma a que fundasen otras iglesias, y hay quienes creen que san Marcos fundó la de Aquileya. Es seguro que fue enviado por San Pedro a Egipto, y nombrado por él Obispo de Alejandría (que después de Roma se contaba por la primera ciudad del mundo) como aseguran Eusebio, San Epifanio, San Jerónimo y otros. El Papa Gelasio en su Concilio Romano, Paladio, y los griegos generalmente añaden que acabó el curso de su vida con el martirio en Alejandría.

San Pedro dejó Roma y volvió al Oriente en el noveno año de Claudio, y cuarenta y nueve de Jesucristo. Por este tiempo fue cuando SanMarcos fue la primera vez a Egipto según la autoridad de los griegos. La cronología oriental publicada por Abraham Eckellense pone su arribo a Alejandría en el séptimo año de Nerón y sesenta de Cristo, cuya cuenta conviene con la relación que se encuentra en las actas antiguas de martirio, publicadas por los Bolandistas, de las que se valió Beda, y de las que hizo uso la Crónica Oriental, y que parece haberse conservado en Egipto en los siglos IV y V.

En ellas se nos dice que San Marcos desembarcó en Cyrena en Pentapolis, parte de Libia, que atrajo a muchos a la fe con innumerablews milagros que allí obró, y que demolió varios templos de ídolos. También llevó a otras Provineicas de Libia, a la Tebaida, y a otras partes de Egipto la luz del Evangelio. Este país fue el más supersticioso de todo el mundo conocido; pero la bendición de Dios, prometida por los Profetas, cayó a raudales e toda la zona durante el ministerio de este Apóstol. Doce años empleó en predicar a aquellas gentes antes de entrar en Alejandría, donde fue por especial llamamiento de Dios y donde muy en breve se vio formada una iglesia numerosa, y se cree, según Fleury (Lib.2, c.16) que la mayor parte se componía de judíos conversos, y esta misma es la opinión de San Jerónimo, y de Eusebio.

Los prodigiosos progresos de la fe en Alejandría alarmaron a los gentiles contra este galileo. Por esta causa dejó el Apóstol esta ciudad, habiendo consagrado obispo en ella a San Aniano, en el año octavo de Nerón, de cristo el sesenta y dos, y se volvió al Pentapolis, donde predicó dos años más. Y hecho esto visitó su iglesia de Alejandría, que encontró tan aumentada en fe y en gracia como en número de fieles que profesaban a Cristo. Animó el Apóstol a los creyentes y se volvió a retirar; la Crónica Oriental dice que a Roma.

A su vuelta a Alejandría los gentiles lo llamaban Mágico, por sus milagros, y resolvieron finalmente quitarle la vida. Dios no obstante lo ocultó algún tiempo del furor de aquellos. Pero en la festividad pagana del ídolo Serapis, algunos que estaban destinados a descubrir al santo dondequiera que estuviese, le encontraron ofreciendo a Dios la oración de la Oblación, o de la Misa. Llenos de regocijo al verle en sus manos, lo atraparon, le ataron los pies con unas cuerdas y lo arrastraron por las calles diciendo a gritos que era necesario llevar a Bucoles al Buey, entendiendo por Bucoles un sitio próximo al mar, lleno de rocas y precipicios, donde al parecer pastaban aquellos ganados.

Esto sucedió un domingo 24 de abril del año 68 de Nuestro señor, y el catorce de Nerón, casi tres años después de la muerte de San Pedro y San Pablo. Todo aquel día Marcos fue arrastrado por calles y plazas, regando las piedras con su sangre, y dejando el suelo lleno de pedazos de su carne, sin dejar de rezar y dar gracias a Dios todo este tiempo por los tormentos que padecía.

Por la noche fue metido en una oscura prisión, en que le confortó Dios con dos visiones, de las que beda hizo también mención en su Martirologio. Al día sigueinte volvieron a sacarlo arrastrando como el anterior, hasta que expiró dichosamente. Los cristianos recogieron los pedazos de su macerado cuerpo y le enterraron en Bucoles, donde desde entonces empezaron a juntarse los fieles a sus oraciones. Su cuerpo fue honoríficamente guardado en una iglesia que en el mismo sitio fue edificada en el año 310. A fines del siglo cuarto hizo una peregrinación a aquel sitio desde Galacia el santo Presbítero Filóromo para visitar su tumba, según nos cuenta Paladio. Su cuerpo aún se veneraba en Alejandría en tiempo de los mahometanos en el siglo octavo, en una tumba de mármol (Boland. p.352).

Se dice que fue llevado a Venecia porque robaron su cuerpo en el año 815. Bernardo, monje francés que viajó a Oriente en el año 870, escribe que el cuerop de San Marcos no estaba entonces en Alejandría, porque los venecianos lo habían llevado a sus islas (Mabillon, Act. Bened. p.502). También se asegura estar depositado en una rica capilla en san Marcos, en un sitio oculto del Doge, o Dux, para que no pudieran robarlo, debajo de una de muchas grandes columnas que hay en ella. Y ha sido honrado además de esto como Patrono principal de la República con extraordinaria devoción.

Se canta en este día la Letanía de los Santos para pedir a Dios se digne apartar de nosotros el azote y el castigo que nuestros pecados merecen. El origen de esta costumbre se atribuye generalmente a San Gregorio Magno, quien con unas preces o letanía en una procesión que formó de toda la ciudad de Roma, dividida en siete Comunidades, obtuvo de Dios la extinción de una calamitosa peste que la asolaba y afligía (S. Greg. Turon. L.10).

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