San Luís, Rey de Francia

La era de San Luis IX se definía por las 3 C’s: Cristiandad, Cruzadas y Catedrales. Como un eje surgido de su pecho, los ideales más nobles de la fe se encarnaron en él y en su pueblo. El sentido de sacralidad bañó todo con su luz dorada y los hombres buscaron expresar en sus construcciones verdaderas alabanzas en piedra hacia el Creador y Redentor; ansiaron extender los dulces frutos de la caridad sobre toda la tierra para liberar a las almas cautivas por el pecado elevando una cultura católica en todas sus expresiones y, por amor a la libertad de los fieles oprimidos por los musulmanes, levantaron sus espadas y dejaron todo haciendo de éstas su cruz y redención en las cruzadas.

De nuestro santo conocemos su vida gloriosa a través de las hagiografías, pero también por los testimonios de quienes le conocieron en vida. Uno de ellos, el senescal de Champagne, Jean de Joinville (1224-1317) fue quien mejor le conoció. Se le unió en la VII Cruzada (1244), haciéndose su confidente y consejero para graves decisiones. A él la reina Juana I de Navarra se le encomendó la biografía del monarca tras su muerte en Túnez (1270) durante la VIII cruzada. La “Histoire de Saint-Louis” se terminó de escribir en 1309. El trabajo de investigación de testigos y crónicas, tanto como el testimonio del noble Joinville influyeron en el proceso de canonización de 1297.

De sus crónicas conocemos al santo monarca en su vida cotidiana. ¡Cuánta diferencia apreciamos respecto a los actuales mandatarios! Cuenta Joinville en “Le Livre des saintes paroles et de bons faits de notre saint roi Louis”:

“En nombre de Dios todopoderoso yo, Juan, señor de Joinville, senescal de Champagne, hago escribir la vida de nuestro San Luis, y aquello que yo vi y oí por el espacio de los seis años que estuve en su compañía, en el viaje de ultramar y después que regresamos”.

Y antes de que os cuente sus grandes hechos y su caballería, os contaré lo que vi y oí de sus santas palabras y buenas enseñanzas, para que se encuentren aquí en un orden conveniente, a fin de edificar a quienes los oyesen.

Ese santo hombre amó a Dios con todo su corazón y actuó en conformidad con ese amor. Le pareció bien que, así como Dios murió por el amor que tenía a Su pueblo, así el rey colocó su cuerpo en aventura de muerte, que podría haber evitado su hubiese querido, como se verá a continuación.

El amor que tenía a su pueblo se manifestó en lo que él dice a su hijo primogénito durante la gran enfermedad que tuvo en Fontainebleau: “Buen hijo, le dice él, te pido que te hagas amar por el pueblo de tu reino, pues verdaderamente yo preferiría que un escocés viniese de Escocia y gobernase el pueblo del reino bien y lealmente, a que tú lo gobernases mal”

Amó tanto la verdad que no quiso rechazar, incluso a los sarracenos, lo que había prometido, como veréis más adelante”

Sobre su modo de gobierno, Joinville narra:

“Le ocurría muchas veces, después de Misa, irse a sentar al bosque de Vincennes, al pie de un roble, y nos hacía sentar en torno a él.

Todos los que tenían problemas venían a hablarle sin ser molestados por los guardias o cualquier otro.

Y él preguntaba: “¿Hay alguien aquí que tenga un adversario?”

Los enemistados disputaban: “Callaos, decía el rey; se resolverán vuestros casos unos después de otros”.

 Llamaba entonces a Monseñor Pierre de Fontaines y a Monseñor Geoffrey de Villete y decía a uno de ellos: “resolved este litigio”

 Percibiendo alguna alteración necesaria a las propuestas de los jueces, o del partido contrario, no dejaba de hacerlo por su propia boca.

 Yo le vi algunas veces en el verano ir al jardín de París para tener audiencia, vestido con una cota de piel de camello y una sobre cota sin mangas, un manto negro de seda en torno al cuello, muy bien peinado y cubierto simplemente con un sombrero de plumas de pavo real.

Hacía extender un tapete en el suelo y todo el pueblo acudía para presentarle pedidos, quedando de pie a su alrededor.

Y él resolvía los problemas de la manera que yo decía antes, cuando hablé del bosque de Vincennes”

En cuanto al cuidado de los pobres, comenta sobre su caridad:

“Fue tan sobrio en el paladar que jamás en mi vida le oí mandar que le sirviesen cualquier tipo de exquisiteces, como hacen mucho nobles, sino que comía pacientemente lo que sus cocineros le traían”

Fue moderado en sus palabras, pues jamás en mi vida le oí hablar mal de nadie, y nunca le oí maldecir o nombrar al diablo –cuyo nombre está tan esparcido por el reino, cosa que creo que no agrada nada a Dios.

Él diluía su vino en la proporción en que veía que el vino no le podría hacer mal.

Me preguntó un día, en la isla de Chipre, por qué yo no colocaba agua en mi vino, y yo le dije que los médicos me lo ordenaban, diciéndome que yo tenía una cabeza grande y un estómago frío, y que no me podía embriagar; y el rey me dice que ellos me engañaban, porque si yo no diluía el vino en mi juventud y quisiese hacerlo en mi vejez, la gota y los males del estómago tomarían cuenta de mí, y nunca tendría salud y que si yo bebiese el vino totalmente puro en mi vejez, yo me embriagaría todos los días, y que era una cosa muy vil para un hombre valiente el embriagarse”.

Su espíritu de santidad no es menor que su caridad. El senescal de Champagne nos cuenta:

[Pariendo a las Cruzadas] “Me preguntó su quería ser honrado en este siglo y tener el paraíso después de mi muerte. Le dije: Sí; y el continuó: “Guardaos entonces de hacer o decir cualquier cosa que no podáis declarar, si todo el mundo lo supiese, y no podáis decir: yo hice eso, o dije aquello”

 “El me llamó una vez y me dice: “no oso hablaros, por causa del espíritu sutil del que estás dotado, de cosa que se refiera a Dios; y por eso llamé a los hermanos que están aquí, pues quiero haceros una pregunta.

 La pregunta fue ésta: “Senescal, dice, ¿quién es Dios?”, y yo respondí: “es tan buena cosa como mejor no podría haber”

“Verdaderamente”, continuó el rey, “está bien respondido, porque esa respuesta que diste está escrita en este libro que tengo en mis manos. Ahora, os pregunto, ¿qué prefieres? ¿ser leproso o haber cometido un pecado mortal?”

Y yo, que nunca le mentí, respondí que preferiría haber cometido treinta pecados que ser leproso”

Y cuando los hermanos partieron, me llamó a solas, me hizo sentar a sus pies y me dice: “¿Cómo me dijiste aquello?”. Y yo le dije que aún lo decía, y él continuó:

“Hablas sin reflexión, como un tonto, porque no hay lepra tan vil como estar en pecado mortal, porque el alma que en él está, es semejante al demonio del infierno. Y por eso es que ninguna lepra puede ser tanto mal. Y es verdad que cuando el hombre muere, queda curado de la lepra del cuerpo; pero cuando el hombre cometió el pecado mortal muere, no sabe y no es seguro que haya tenido un arrepentimiento tal que Dios le haya perdonado, debe tener un gran temor de esa lepra que le dure tanto tiempo cuanto Dios estuviere en el paraíso. Así, os ruego –agregó él-, tanto cuanto yo pueda, que toméis a pecho, por el amor de Dios y de mí, el preferir que todo mal de lepra o de otra enfermedad llegue a vuestro cuerpo, antes que el pecado mortal llegue a vuestra alma”.

En su “Histoire Anecdotique de la France Paris”, Charles de Ricault d’Héricault, agrega:

“El rey amó tanto toda suerte de personas que creen en Dios y Le aman, que dio la dignidad de Condestable de Francia a monseñor Gilles Lebrun, que no era del reino de Francia, porque él tenía gran reputación de creer en Dios y de Amarlo. Yo creo verdaderamente que así fue.

La lealtad del rey se mostró bien en el caso de monseñor de Trie, que envió al santo rey cartas, en las cuales decían que el rey había dado a los herederos de la condesa de Boulogne, recientemente fallecida, el condado de Dammartin.

El sello de las cartas estaba roto; no quedaba sino la mirada de las piernas del rey en el sello, el escabel sobre el cual el rey apoyaba los pies, y lo mostró a todos nosotros que éramos su consejo, y nos pidió que le ayudásemos con nuestro parecer. Dijimos todos unánimemente que él no estaba en nada poner las cartas en ejecución; y entonces dice a Jean Sarrasin, su chambelán, que le entregase la carta que él le había encomendado.

Cuando recibió la carta: “Señores, nos dijo, es el sello de que yo me servía antes de que fuese a ultramar, y se ve claramente por este sello que la marca del sello quebrado es semejante al sello entero. Es por eso que yo no osaría, en sana conciencia, retener dicho condado”

Y entonces llamó a monseñor Renaud de Trie y le dice: “Yo os entrego el condado”

¡Qué distintos son los gobernantes católicos de la perversa corrupción moderna! ¡Cuánto consuelo y buen ejemplo se podría esperar si la ley de la caridad de los Evangelios y la doctrina de la Santa Iglesia se encarnase en la moral de quienes tienen por deber gobernarnos!

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