San Luís Gonzaga

En el castillo de Castiglione, en Lombardía, aquel 20 de abril de 1568, era un gran día de fiesta. ¿Quién podría contar a los nobles invitados que se desparramaban por las inmensas salas y a través del jardín? Los más bellos tapices pendían de los muros suntuosos; las orquestas tocaban en veinte sitios distintos; las fuentes del parque lanzaban sus chorros de agua altísimos, como para rivalizar en esbeltez con los cipreces centenarios. Todo se había entregado a la alegría, a la felicidad.

¿Por qué? El motivo era el bautismo de un niño, el hijo del marqués y de Donna Marta, el pequeño Luís, bebé diminuto que balbuceaba en su cuna de encajes. El día de mañana heredaría una gran fortuna. Sería, como sus antepasados, príncipes del Santo Imperio, duque de Mantuam, grande de España. Llevaría uno de los nombres más ilustres de toda Italia, un gran nombre en verdad, el de los Gonzaga, una familia bien nacida. Desde que dos siglos antes el emperador había concedido a su abuelo, por su bravura, título principesco y una espléndida dotación, no hubo generación de los Gonzaga que no se distinguiera de una manera ilustre en la guerra, al servicio de los reyes o en la Iglesia. Todas las famiklias, no solamente principescas, sino también r4eales de Europa se hallaban emparentadas con los señores de Mantua, y por eso en el bautismo de Luís se veía tanta gente del gran mundo, reyes, duques, cardenales, embajadores luciendo magníficos uniformes resplandecientes, entre los que se veían los de Su Majestad Felipe II rey de Nápoles y España, porque Donna Marta había sido dama de honor de la reina Elisabeth de Francia y su amiga.

Esta alegría era todavía mayor, porque nadie ignoraba que pudo muy bien haber sido sustituida por un gran duelo. Cuando, a primeros de marzo, nació el pequeño Luís, los médicos habían temido por él y por la vida de su madre. Y Donna Marta, en aquel extremo peligro, había hecho dos promesas: “¡Oh Santa Madre, que desde lo alto de los cielos veláis por nosotros, vuestros hijos, os juro, si mi pequeño y yo escapamos del peligro, ir en peregrinación a la basílica de Loreto, en donde puede verse vuestra SantaCasa, traída del cielo por los ángeles! ¡Y mi hijo os será consagrado por toda la vida de una manera especial!”.

Así, cuando se hablaba entre los invitados del futuro del recién nacido sobre si sería al igual que su padre, que sus tíos, que el fundador de la familia de quien llevaba el nombre, un gran soldado, un valiente capitán – ¿iría quizá a luchar en Alemanis, o en francia y hasta contra los turcos? -, la madre, en el fondo de su alma deseaba que él no fuera menos que un santo.

Hay que señalar que, desde su más tierna infancia, Luís – Luigi, como se dice en italiano – parecía estar destinado a distinguirse como un cristiano excepcional, al mismo tiempo que parecía estar especialmente protegido por Dios. Apenas sabía caminar que ya se dirigía a la imagen de la Virgen, ante la que Donna Marta colocaba siempre las más frescas flores haciendo quemar constantemente doce cirios, y allí inmóvil, extrañamente juicioso, se quedaba mirando… Apenas sabía hablar y ya recitaba las oraciones, siendo sus palabras más familiares Jesús y María. Desde que tuvo uso de razón se le vieron multiplicar los actos de piedad, con una aplicación tan extraordinaria para su edad, que su padre, algo inquieto, temía que su hijo mayor, en lugar de incorporarse a la cabeza de sus Estados, se hiciera monje. Algunas veces acudía a interrumpirle en sus oraciones y ordenavba a algún escudero que lo montase a caballo para que diera un buen paseo a través del campo y cambiara las ideas.

Luís, aunque fuera tan niño, tenía ya su intención bien definida: “Lo que Dios quiere, lo hace. ¡Lo único preciso es tener confianza!”. Reconozcamos que esta confianza estaba bien depositada y que el Todopoderoso le respondía. Porque repetidas vees se demostró que Dios le protegía, teniendo sobre él puestas sus miras sin ninguna duda. Así, por ejemplo, cuando tenía cinco años, en tanto contemplaba a un soldado que arreglaba el mosquetón, la carga de pólvora estalló de repente en pleno rostro del niño; creyeron que se habría desfigurado, quemado, quedado ciego; pero él se limitó a limpiarse tranquilamente la cara, en la que no quedaba el menor rastro. En otra ocasión, con sus camaradas, se divertía manipulando un pequeño cañón que le habían dado como juguete; uno de los muchachos se apresuró demasiado a prender fuego a la mecha, y la pieza reculó alcanzando a Luís en el pecho y derribándole, pero cuando corrieron a él creyéndole muerto se levantó riendo.

Confianza, confianza en Dios; hacer lo que manda Cristo y someterse en todo a Él, tales eran sus principios, que no dejaba de repetir con una dulce obstinacion. Esta confianza la expresó un día enuna respuesta tan bonita que no puede dejarse perder. Jugaba en el patio con otros muchachos a ese juego que se llama “la pelota del cazador”. Monseñor el limosnero, que era el encargado de su educación religiosa, acercándose a él le dijo:

– Luís, escuchadme: suponed que en este preciso momento vienen a deciros que el fin del mundo va a producirse y que vais a aparecer ante Dios, que seréis juzgado por el Juez Supremo y que de su decisión dependerá vuestra eternidad. ¿Qué haríais?

Era una pregunta muy grave para hacérsela a un niño que estaba a punto de devolver diestramente una pelota a sus compañeros de juego. Pero Luís de Gonzaga no se mostró en absoluto desconcertado. Sencillo y tranquilo, como de ordinario, le respondió:

– Pues continuaría jugando a la pelota del cazador.

Maravillosa respuesta… ¿Qué otra cosa mejor habría podido hacer? Sabía que desde su nacimiento había amado siempre a Dios, le había servido en la medida de sus fuerzas. En el Padre Todopoderoso había puesto todas sus esperanzas. ¿Por qué debería temer aparecer ante su Faz? Y el limosnero se maravilló, admirando la lección de sobrenatural confianza que, una vez más, le había dado el niño.

Cuanto mayor iba siendo, más se manifestaban con esplendor sus cualidades religiosas y espirituales. A los ocho años, padeciendo una grave enfermedad que le hacía sufrir mucho, se sentía tan débil que ni siquiera podía sostener su libro de oraciones; así, pidió a su madre o a algunas de las personas que le cuidaban que las leyeran en voz alta, para que al menos las pudiera oir. Tenía diez años cuando se entregavba a profundas penitencias, permaneciendo durante horas al pie de un crucifijo, sea de rodillas, sea con la faz prosternada en tierra. A veces su madre no podía impedirle, cuando había cometido alguna pequeña falta, que él mismo se pegara con un latiguillo de cuerda que se había confeccionado. El voto que Donna Marta había pronunciando el nacer él, lo repetía en lo profundo de su corazón: consagraría a Dios toda su vida, siendo sacerdote.

Por entonces, ya la fama del niño se había extendido. No sólo a los dominios de su padre, sino mucho más lejos, se contaban anécdotas sobre el pequeño santo de los Gonzaga. Hasta tal punto que uno de los más célebres obispos del tiempo, el arzobispo de Milán, Carlos Borromeo, que el Papa había nombrado cardenal ya a los veintitrés años, y que durante su larga vida había sido uno de los guías de la cristiandad, quiso verle. Los dos futuros santos, el anciano y el muchacho, se entrevistaron largo rato y nos e sabe lo que se dijeron. El arzobispo contó únicamente que Luís le había pedido como un favor extraordinario hacer su Primera Comunión sin esperar la edad, y que él se lo había concedido. Y como el marqués, padre de Luís, mostrase su mal humor de ver a su hijo mayor interesarse tan poco en las cosas de su rango, comportándose mas bien como un pequeño monje, el cardenal le advirtió: “Más que entregado a las armas, Luís hará ilustre el nombre de los Gonzaga de otro modo, pues Dios lo ha escogido para el ejército de sus santos”.

Por entonces, la Iglesia católica se halla en pleno período de expansión. Después de la dura crísis que había atravesado por Lutero y Calvino, y los otros “protestantes” que se habían separado de Roma – lo que había resultado tan doloroso a todos los corazones fieles – la Iglesia bajo la dirección de sus Papas había tomado medidas muy prudentes para reorganizarse y defenderse. Un gran Concilio, es decir, una reunion de los más sabios sacerdotes del tiempo, tuvo lugar en Trento, la cual no había durado mebos de dieciocho años, y que sirvió enormemente para hacer comprender mejor la doctrina católica. Todo parecía glorificar la Santa Madre Iglesia: en Roma se acababa la basílica de San Pedro, alzando hacia el cielo por encima del sepulcro del Apñóstol su prodigiosa cúpula; la admirable música del prodigioso Palestrina regalaba los oídos y exaltaba las almas; unos años antes la flota de todos los países europeos, unidos en una suprema cruzada, había destruido la flota de los turcos infieles, liberando de un solo golpe a quince mil cristianos cautivos. ¿No era, pues, exultante para u corazón de niño el entregarse a sí mismo también a la gloria de la Iglesia, de servir por su parte también a su esplendor?

Entonces, hacía aproximadamente un siglo, el 15 de agosto de 1534, que en una vieja y humilde iglesia, sobre la colina de Montmartre, que domina París, se produjo un hecho en apariencia sencillo, pero que tuvo consecuencias muy importantes. Algunos católicos, inquietos de los progresos del protestantismo, se habían reunido en torno de un sacerdote y habían hecho voto de consagrar sus vidas a la salvación de las almas. Qu8ien les había inducido a tomar tal resolución era un antiguo oficial del rey de España, Ignacio de Loyola. Herido gravemente en el transcurso de una batalla, tuvo ocasión durante los largos meses de sufrimientos de meditar sobre las cuestiones religiosas. Un importante libro salió de sus meditaciones: Los ejercicios espirituales. Lo que Ignacio de Loyola había resumido de sus reflexiones es esto: las antiguas órdenes religiosas, sea contemplativas como los benedictinos, sea entregadas a la predicación como los domínicos, no le parecían ya muy apropiadas para la lucha contra la herejía Era preciso encontrar algo nuevo, una Compañía de hombres totalmente entregados a la Iglesia, dependientes únicamente del Papa, decididos a reformar entre los cristianos lo que debiera ser corregido, y que, por medio del ejemplo de sus vidas, por las enseñanzas y por medio de sus escritos y de sus predicaciones, trabajarían para dar a concocer la verdadera doctrina católica.

Esta idea de Ignacio de Loyola la había aprobado el anciano Papa Paulo III, y en 1540 le había autorizado la creación de la Compañía de Jesús. Sus miembros, los jesuitas, a las órdenes de su general, obedecían como verdaderos soldados a las órdenes de la Santa Iglesia – como soldados, pues no en vano Ignacio había sido oficial -. La disciplina entre ellos era rigurosa, los estudios largos y difíciles; para que nadie pudiese vanagloriarse de sus éxitos se les cambiaba continuamente de residencia, obligándoles a vivir en todos los medios, enseñando a pobres y ricos, así como en las provincias más alejadas. El éxito había coronado estos esfuerzos y en el momento en que Luís de Gonzaga tenía alrededor de dieciséis años la Compañía de Jesús era ya próspera y muy influyente. El rigor y la disciplina no asustaban a este pequeño que a los diez años se aplicaba ya los cilicios. Era, pues, como jesuita que él soñaba servir a Dios.

Un día, en que durante la misa pedía a la Virgen que la indicara lo que debía hacer, ya que él sabía que su padre se opondría seriamente a esta resolución, una voz interior le dijo: “Jesuita, tú debes ser jesuita…”. Y el 25 de noviembre de aquel año de 1585 entró en la compañía. Tenía entonces diecisiete años.

¿Soñaba consagrar su vida a la enseñanza cristiana como tantos excelentes Padres que desde entonces formara la selección de los reinos europeos? ¿O bien ser confesor de un príncipe para aconsejarle y guiarle en el camino del Señor? ¿O escribir libros como el gran san Ignacio, o como San Pedro Canisio, cuyo catecismo había ayudado tanto en la lucha contra las doctrinas protestantes? Quizá también las bellas aventuras de San Francisco Javier, el misionero jesuita, el evangelizador de las Indias y del Japón, encendieron en él juveniles ardores. Pero Dios tenía para él otras intenciones…

Inmediatamente, en esta Compañía de Jesús en donde eran tan corrientes la austeridad y el fervor, Luís se hizo notar por su excepcional austeridad y piedad. No se le veía por los pasillos más que con la cabeza baja y rezando. En todo momento de recreo desaparecía y ya podía suponerse dónde se encontraba: en la capilla, meditando. Aunque fuera de aspecto débil y pobre salud, sus ayunos eran terribles y continuaba castigándose, con los cilicios, por nuevas faltas, aún cuando sus confesores no tuvieran nada que reprocharle. De todo el dinero que le pertenecía y que su madre le transmitía, no guardaba nada para sí, entregándolo todo a los pobres. Ningún muchacho de su edad había sido nunca tan dulce, sencillo, humilde, generoso en su caridad.

Antiguamente decían que aquellos que mueren jóvenes están bendecidos por Dios, y puede que sea cierto si se ira lo que uchos hombres hacen de su vida, la suma de los pecados y crímenes que acumulan durante largos años. Luís de Gonzaga no sería ni profesor ni escritor ni misionero. Dios, en quien había puesto toda su confianza, había decidido de otro modo.

Durante su estancia en Nápoles, cayó enfermo y, aunque sanó, quedó muy debilitado. En aquel tiempo se desencadenó una epidemia de peste, lo que no era cosa rara en aquel gran puerto del Mediterráneo, al que llegaban tantos barcos de Oriente, con tantas ratas a bordo afectadas del terrible mal. En seguida Luís decidió que iría a cuidar a los enfermos. Se trató por todos los medios de convencerle de que su pobre salud hacía todavía más peligrosa la tentativa. No se consiguió nada. La caridad de Cristo le llamaba. Obedeció. Algunos días más tarde él mismo estaba afectado…

Tardó largos días en morir, en una sublime calma. ¿Cómo iba a temer presentarse ante Aquél en quien siempre había puesto toda su confianza? ¿No era aquélla la ocasión de hacer un llamamiento a su bondad y misericordia? ¿No era la ocasión de seguir jugando a la “pelota del cazador”? Sus sufrimientos aumentaban; él no se lamentaba. pedía que le leyeran las más bellas páginas de los santos que amaba, San Agustín, San Bernardo, San Ignacio. Era tan admirable, que el representante general, que vino a verle, exclamó al marcharse: “¡Luís es un santo! ¡Podría canonizársele en vida!”.

En sus últimos momentos, un Padre jesuita que se hallaba cerca de su lecho, para permitirle contemplar mejor el crucifijo le alzó la cabeza, y al hacerlo le cayó al enfermo el bonete de lana que le habían puesto. El Padre quiso ponérselo de nuevo diciéndole:

– Hermano Luís, el aire de la noche puede haceros daño.

Y el pequeño santo moribundo le respondió con una voz débil como un susurro:

– Jesús tenía la cabeza descubierta cuando murió por nosotros en la cruz.

Estas fueron sus últimas palabras. Algunos instantes más tarde, Luís de Gonzaga entraba, glorioso, en el cielo en el que tenía su esperanza.

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