San León Magno, Gloria de la Cristiandad

Desconocemos la fecha del nacimiento de nuestro santo, pero a la fecha de su muerte (10 de noviembre de 461) le conocemos por ser, junto a San Gregorio, uno de los Papas más importantes de los primeros tiempos de la Iglesia.

Consideremos las circunstancias: Roma estaba cayendo en una espiral de autodestrucción como la que sufrimos en el mundo moderno. Y si por el frente occidental teníamos la putrefacción del Imperio, desde oriente nos azotaban las herejías y discusiones dogmáticas sin fin. San León, con mano firme, enfrentó ambos frentes con sabiduría y valor ejemplar; comprendía con claridad que el destino de la humanidad pesa en los hombros del Papado.

San León descendía de una de las familias más nobles de Toscana, si bien nació en Roma. Hijo del aristócrata Quintianus, sabemos que brilló como diácono bajo el reinado del Papa Celestino I (422-432) y su fama se extendió más allá de Roma. De hecho, fue por sugerencia de León que en la Galia, Casiano escribió su obra “De Incarnatione Domini contra Nestorium” (Migne, PL, L, 9 ss.), que principiaba con una carta de dedicatoria al futuro Papa.

Luego, bajo Sixto III (422-440), el emperador Valentiniano III envió a San León a la Galia para poner paz en la disputa entre Aecio, el principal comandante militar, y Albino, el primer magistrado de la zona. En esta encomienda se aprecia la estima y confianza que san León despertaba en la Corte Imperial, que depositaba en él la confianza en su inteligencia y sabiduría. Aún se encontraba en la Galia cuando el Papa Sixto III murió (19 de agosto de 440) y a San León le nombraron Papa. Regresó a Roma y el 29 de septiembre fue consagrado. Gobernó santamente el destino de los hombres por veintiún años.

El orden y el caos

El nuevo monarca de la Iglesia se encontró con el oriente dividido por herejías que desangraban las iglesias locales. Occidente, en tanto, fue azotado por la invasión del cruelísimo Atila, rey de los hunos, de quienes se decía que donde pisaban sus caballos no volvía a crecer vida.

Estos salvajes de la región de Escita, actual Moscovia, habían cruzado el Palus Maeotis el 276 e hicieron las primeras incursiones en las costas del Mar Caspio hasta alcanzar el Monte Taurus en el Este. Desde entonces habían pasado casi doscientos años. Atila, el rey más poderoso – y bárbaro – entre esas gentes, había marchado en el 433 hacia el este y bajo la obediencia a Teodosio el joven capturó enormes botines en Asia para regresar hacia Panonia, donde ya era el dominador de un vasto territorio.

Reunió sus fuerzas y se encaminó hacia Occidente. Sus tropas cruzaron Germania, donde se le unieron más bárbaros alentados por la codicia de los botines de guerra de los países más ricos de Europa, que obtendrían en su avance destructor. Le siguieron quinientos mil hombres, si bien Jornandes calcula en sus estudios que fueron setecientos mil guerreros. Marcharon hacia Galia donde dejaron en ruinas Tongres, Triers y Metz. Dos santos lograron salvar sus ciudades: San Lupo salvó Troyes de la destrucción y San Nicasio preservó Reims.

Atila cayó sobre Orleans cuando Aetius – el general romano – le alcanzó y expulsó de la ciudad, persiguiéndole hasta las llanuras de Mauriac o Challons. Sus tropas cubrieron el espacio de ciento sesenta kilómetros de largo y cien de ancho formando – en la que sería conocida desde el siglo VI como Champagne – un territorio compacto.

Atila se detuvo. Los romanos, comandados por Aetius, junto a los visigodos y burgundios, les persiguieron hasta allí. Enfrentados los bandos, la tierra parecía cubierta por armas. La batalla fue una de las más sangrientas de la historia. Atila, enfurecido por la derrota, se recuperó en un año de las pérdidas y se lanzó con odio hacia Italia por Panonia (533) y destrozaron Aquileia. Su paso por las tierras italianas dejaron un rastro de sangre y aniquilación. Algunos de los lugareños, huyendo de las tropas bárbaras, se sumergieron en las aguas poco profundas del Mar Adriático para alcanzar unos islotes y dieron nacimiento a la actual Venecia, mencionada cincuenta años después por Casiodoro.

Atila saqueó Milán, arrasó Pavía y continuó su marcha alentado por el débil gobierno de Valentiniano III, que se encerró – aterrorizado – en Rávena junto a los romanos que temblaban con él, esperando ver saltar las puertas de la ciudad por los bárbaros. Atila, sediento de sangre, aumentaba su crueldad a su paso, con el recuerdo de las ruinas que dejaba atrás.

Atila y San León

Sólo dos cabezas gobernaban en ese momento: Atila, por parte de la barbarie, y el anciano San León, por Occidente. Valentiniano, cobarde y débil, estaba descartado para tomar decisiones.

La ciudad de Roma, la misma que perseguía a los cristianos con leyes inhumanas y les mataba en crueles espectáculos, acudió a San León para rogarle que interviniese. ¡Un hombre viejo, físicamente débil y armado sólo con su fe, debía hacer frente al hombre que de sólo nombrarlo helaba la sangre de los europeos! Avieno, cónsul romano, y Trygetius, quien fuera prefecto de la ciudad, le acompañarían.

Atila se encontraba en Ambuleium, cerca de Rávena, saboreando el terror del Esperador escondido en la ciudad que tenía frente a él. Acampaba allí, donde la vía romana pasaba el río Menzo.

Ocurre entonces un suceso impresionante: Atila, al ver a San León, le recibe con grandes atenciones, brindándole honores y escuchando su petición. Atendió las sugerencias y cerró las negociaciones con un tratado de paz con el imperio a cambio de un tributo anual. Baronio, escritor del siglo VIII recoge el testimonio en el que, viendo Atila frente a sí al Papa León, apareciéronse junto al Pontífice los santos apóstoles Pedro y Pablo. Otros refieren a las palabras de San León para Atila en las que, amonestándole, le advirtió que si regresaba sobre roma y no se marchaba, vería llover sangre. El feroz Atila, sumiso ante la santidad del Santo Padre, ordenó a sus guerreros no molestar a los habitantes y se retiró, cruzando los Alpes y pasó el Danubio en Panonia. De camino fue presa de derrames que le hicieron llorar y vomitar sangre hasta morir.

Los vicios y codicia de los hijos y príncipes hunos les dividieron hasta destruir el imperio forjado por la espada de Atila (cfr. Jornand. Rer. Gótico. C. 12. 49. Prosp. De Chron. Ad an. 452.). El legado del “azote de Dios”, aquel que sembró el terror, la barbarie y muerte en Europa, se deshizo ante la santa gloria del Papa San León cuando la corrupción y decadencia romana le tenían indefensa y rendida ante el poder de los enemigos.

Valentiniano, cobarde y perverso, se consumió en celos y recelo por la gloria y arrogancia del general Aecio, asesinado pronto para borrarle del escenario. En 455 los amigos del general asesinaron al Emperador y su esposa, Eudoxia, fue obligada a casarse con el tirano Máximo. No pudiendo soportar la afrenta, invitó al bárbaro Genserico – rey vándalo arriano africano – a vengar a su marido y matar al usurpador. Pero Máximo huye y es asesinado por los seguidores de Valentiniano el 12 de junio de 455, en el vigésimo año de su reinado.

Apenas tres días después llega hasta las puertas de Roma el vándalo Genserico con sus tropas y las puertas de la ciudad se abren ante él. Como pastor de su rebaño, San León le recibe, digno e imponente pese a su avanzada edad. El cruel bárbaro se intimida y cambia sus planes: no saqueará y quemará Roma, pero tomará un botín de los romanos. Como siempre, la Iglesia resplandece por el bienestar y seguridad que otorga a los hombres. El bárbaro respetó la ciudad pero se llevó tesoros y cautivos. San León envió sacerdotes y donativos para aliviar a los prisioneros en África. Roma fue restaurada y los templos reconstruidos gracias en parte a lo que se alcanzó a ocultar y por lo que Genserico perdonó en su saqueo, sobre todo las iglesias de San Pedro y San Pablo. La dulzura, humildad y caridad del Papa le hizo ser querido y reverenciado por los emperadores, príncipes y todas las gentes, incluso por los infieles y bárbaros.

Unidad en la Verdad

Como Papa el principal objetivo de San León era la unidad de la Iglesia, pero apenas elevado a la dignidad del papado tuvo que combatir las herejías que no sólo agredían a Oriente sino también a Occidente. San León había confirmado a Séptimus, obispo de Altinum, donde diáconos, clérigos y sacerdotes que apoyaban al hereje Pelagio fueron admitidos en la comunión con la Iglesia sin abjurar explícitamente de sus herejías. Para el Papa fue inadmisible y ordenó un sínodo provincial en Aquileia y se requirió a los herejes abjurar públicamente y confesar la santa fe íntegra y ortodoxa.

San León guerreó con más dureza aún en contra de los maniqueos que habían formado una secta secreta en Roma: pidió a los fieles que denunciasen ante los sacerdotes a los herejes y en 433, junto a senadores y presbíteros personalmente se examinaron las informaciones; el Papa dio sermones sobre los errores y peligros de esa herejía y muchos maniqueos se convirtieron. No contento, puso en guardia a los cristianos contra los maniqueos, reiteró las condenas y pidió nuevas informaciones sobre los seguidores de la herejía, sus conocidos y lugares de encuentro.

Admitió en comunión a los arrepentidos que abjurasen del error y confesasen la fe en forma. Quienes se aferraron al error fueron expulsados de Roma por los magistrados civiles según los decretos imperiales. El 30 de enero de 444 el Papa envió una carta a todos los obispos de Italia, a la que se anexaron los documentos que contenían sus actuaciones contra los maniqueos en Roma; les advirtió que debían estar en guardia y tomar medidas contra los seguidores de la secta.

El 19 de junio de 445, el emperador Valentiniano III emitió un edicto en la que estableció siete castigos para los maniqueos. En consecuencia, los maniqueos también fueron expulsados de las provincias, e incluso obispos orientales emularon el ejemplo del Papa en lo que respecta a esta secta.

En España la herejía de priscilianismo aún sobrevivía, y durante algún tiempo había estado atrayendo nuevos adherentes. Toribio, Obispo de Astorga, preocupado por la herejía en tierras cristianas, emprendió largos viajes recogiendo información acerca de la condición de las iglesias y la propagación del priscilianismo. Compiló los errores de la herejía, escribió una refutación de la misma, y envió estos documentos a los obispos africanos. También envió una copia al Papa, quién respondió con una carta larga refutando los errores de los priscilianos. San León, al mismo tiempo, ordenó que un consejo de obispos pertenecientes a las provincias vecinas realizase una investigación rigurosa para determinar si alguno de los obispos se contaminó con el veneno de esta herejía. Si alguno era hereje, debía ser excomulgado sin dudarlo. El Papa también envió una carta similar a los obispos de las provincias españolas, donde les notificó que convocaba un sínodo universal. Los dos sínodos tuvieron lugar en España para hacer frente a los puntos de la herejía.

Afecto y rigor

Como Pastor y Juez universal, el Papa San León se preocupó también de la disciplina eclesiástica: los continuos estragos de los bárbaros introdujeron el desorden en todas las condiciones de vida, y las reglas de moralidad estaban siendo gravemente violadas.

San León hizo uso de toda su energía para recuperar la disciplina tan estrictamente como debía ser para mantener los preceptos eclesiásticos: no dudó en reprender cuando era necesario. Para atender éstas y otras cuestiones, fueron enviados decretos a los diferentes obispos de la del Imperio: a los obispos de las provincias italianas y a los de Sicilia, que había tolerado las desviaciones de la liturgia romana en la administración del bautismo y en otros asuntos. Un decreto de disciplina muy importante fue enviado al Obispo de Narbona Rusticus.

Debido al dominio de los vándalos en el norte latino de África, la posición de la Iglesia se había vuelto extremadamente sombría. San León envió al sacerdote romano Potencio para informarse acerca de la condición exacta y que presentase un informe a Roma. Al recibirle, San León envió una carta de instrucciones detalladas para el episcopado de la provincia sobre las medidas a tomar en numerosas cuestiones eclesiásticas y disciplinarias. El 21 de julio de 445 el Papa envió una carta a Dióscoro de Alejandría, instándolo a la estricta observancia de los cánones y la disciplina de la Iglesia Romana: así manifestó el Santo Padre la primacía de la Iglesia Romana, como también en las más diversas y distintas maneras. Pero sobre todo lo hizo en su intervención en la confusión de las disputas cristológicas, que agitaban profundamente la cristiandad oriental. En esto San León resplandece por su virtud y sabiduría tanto como por su magnificencia en favor del poder del Papado. Desde su primera carta sobre este tema, escrito a Eutiques el 1 de junio de 448, a su última carta escrita al nuevo Patriarca ortodoxo de Alejandría, Timoteo Salafaciolo, el 18 de agosto de 460, no se puede dejar de admirar la manera clara, precisa y sistemática en la que San León, fortalecido por la primacía de la Santa Sede, participó en esta difícil disputa.

Eutiques apeló al Papa después de haber sido excomulgado por Flaviano, patriarca de Constantinopla, a causa de sus opiniones monofisitas. El Papa, después de investigar la cuestión en disputa, envió su sublime carta dogmática a Flaviano, donde de forma concisa establece y confirma la doctrina de la Encarnación y la unión de las naturalezas divina y humana en la única persona de Cristo. En 449 se celebró un concilio, designado por San León como el “Sínodo de los Ladrones”. Flaviano y otros poderosos prelados de Oriente apelaron al Papa. Este último envió cartas urgentes a Constantinopla – en particular para el emperador Teodosio II y la emperatriz Pulqueria – instándolos a convocar un Concilio general con el fin de restaurar la paz en la Iglesia. A los mismos efectos que utilizó su influencia con el emperador de Occidente, Valentiniano III, y su madre Galla Placidia, durante su visita a Roma en 450.

Este Concilio se celebró en Calcedonia en el año 451 bajo Marciano, el sucesor de Teodosio: se aceptó solemnemente la epístola dogmática de León a Flaviano como una expresión de la fe católica en relación con la persona de Cristo. El Papa confirmó los decretos del Consejo después de eliminar el canon que elevaba el Patriarcado de Constantinopla disminuyendo los derechos de los antiguos patriarcas orientales. El 21 de marzo de 453, San León emitió una circular confirmando la definición dogmática. A través de la mediación del obispo Julián de Cos – que era en ese momento el embajador papal en Constantinopla – el Papa trató de proteger aún más los intereses eclesiásticos en el Oriente; convenció al nuevo emperador de Constantinopla, León I, para eliminar el patriarca herético e ilegítimo Timoteo Ailurus, de la sede de Alejandría. Un nuevo y ortodoxo patriarca, Timoteo Salafaciolo, fue elegido para ocupar su lugar, y recibió las felicitaciones del Papa en la última carta que San León enviase al Oriente.

San León no fue menos celoso respecto a la elevación espiritual de las congregaciones romanas y sus sermones – de los cuales han sido conservados noventa y seis ejemplos magníficos – son notables por su profundidad, claridad de expresión y estilo elevado. Los primeros cinco fueron entregados en los aniversarios de su consagración, manifiestan su elevada concepción de la dignidad de su cargo, tanto como su profunda convicción del primado del Obispo de Roma, que demostró constantemente de manera franca y decisiva en el conjunto de su actividad como Pastor Supremo. De sus cartas, que son de gran importancia para la historia de la Iglesia, 143 han llegado hasta nosotros: también poseemos treinta que fueron enviadas a él. El llamado “Sacramentarium Leonianum” es una colección de oraciones y prefacios de la Misa, preparada en la segunda mitad del siglo VI.

San León murió el 10 de noviembre de 461 y fue enterrado en el atrio de San Pedro, en el Palacio Vaticano. En 688 el Papa Sergio – que combatió contra dos antipapas (Teodoro II y Pascual I) , convirtió a los frisones, extinguió el cisma de los obispos de Istria e introdujo el Agnus Dei en la Santa Misa – trasladó sus restos hasta una basílica consagrada a él, donde descansa su cuerpo en un altar erigido especialmente para ello. Descansan hoy en San Pedro bajo el altar especialmente dedicado a San León. En 1754 Benedicto XIV le exaltó a la dignidad de Doctor de la Iglesia: doctor ecclesiæ.

About the author /


Boanerges | Resistencia Católica. Para instruir en la sana doctrina y contradecir a quienes la niegan. "Non nobis, non nobis, Domine Sed nomini tuo da gloriam" | www.elboa.org

Related Articles

Suscríbase a la Resistencia

Suscríbase a la Resistencia

Únase a nuestro apostolado y reciba gratis en su correo todas nuestras actualizaciones, libros y novedades. Rezaremos por todos nuestros suscriptores, familias y actividades.

Galerías Visuales

    BOANERGES | Resistencia Católica

    Para defender la sana doctrina y combatir a quienes la contradicen | Salve, Roma! In te aeterna stat historia, Inclyta, fulgent gloria Monumenta tot et arae. Non praevalebunt horrendae portae infernae, Sed vis amoris veritatisque aeternae.

    Sitio Certificado y Verificado

    elboa.org Webutation
    A %d blogueros les gusta esto: