San Juan Nepomuceno

San Juan Nepomuceno tomó este segundo nombre de Nepomuk, lugar de Bohemia, donde nació en la década de 1340. Fue estimado por sus padres como un don del Cielo, ya porque le consiguieron del Señor por intercesión de la Virgen Santísima cuando se hallaban en una edad muy adelantada, ya porque habiendo caído en una enfermedad muy peligrosa, mientras era aún muy niño, fue milagrosamente preservado de la muerte que tenía ya cercana, por medio de un voto que hicieron de consagrarle a Dios y al culto especial de la Reina del Cielo, si salía libre de aquella enfermedad. Y por esta causa fue el santo devotísimo en toda su vida de Nuestra Señora.

Habiendo hecho los primeros estudios de humanidades en una ciudad cercana a Nepomuk, pasó a la ciudad de Praga, capital del reino de Bohemia, para estudiar en la universidad, que allí poco antes había fundado el emperador Carlos IV, las ciencias mayores de teología y sagrados cánones, y con el vivo ingenio y raro talento de que Dios le había dotado, a incesante aplicación, salió en ambas muy docto. Pero lo más particular fue que en medio de los muchos peligros a que suele estar expuesta la juventud en las universidades, a las que concurre mucho número de estudiantes, se conservó Juan puro e inocente, creciendo cada día en el santo temor de Dios, que es la base y fundamento de la sabiduría de un cristiano.

Acordándose del voto que sus padres habían hecho de consagrarle al Señor, quiso en todo caso cumplirlo, y a este fin solicitó y consiguió ser admitido en el clero de la iglesia de Praga; y en este estado condujo una vida tan virtuosa, que mereció ser promovido a las sagradas órdenes, y finalmente al sacerdocio. Este sublime carácter sirvió al santo de estímulo y de incentivo, para dedicarse con mucho fervor a promover la gloria de Dios y la salvación de las almas con los ejercicios propios de este estado, singularmente con la práctica de predicar la palabra de Dios, para la cual le había concedido el Cielo un don y una gracia particular. Como en el ejercicio de este sagrado ministerio no tenía San Juan Nepomuceno otra mira que la de ayudar a sus prójimos, y cooperar con todas sus fuerzas a la conversión de los pecadores y a la santificación de las almas redimidas con la sangre de Jesucristo, que es el fin único de la predicación evangélica, y valiéndose de palabras sencillas adaptadas a la capacidad del pueblo, proponía al pueblo las verdades más esenciales de nuestra religión, las explicaba con claridad, y exhortaba a sus oyentes con gran eficacia y suavidad de espíritu a abrazarlas y practicarlas, insistiendo ordinariamente en la necesidad de hacer penitencia para conseguir la salvación eterna.

Pronto se extendió por todas partes la fama de este verdadero predicador del Santo Evangelio. Corrían a oírle innumerables personas, y aún hasta el mismo Wenceslao, que había sucedido en el imperio a su padre Carlos IV, era uno de sus continuos oyentes. Aunque el santo podía hacer uso de un buen puesto en la iglesia metropolitana de Praga, y fue nombrado después por el rey Wenceslao como su primer capellán o limosnero, jamás quiso dejar el ministerio de la predicación, viendo que por una particular bendición de Dios sus sermones producían mucho fruto en beneficio de las almas.

Habiéndole nombrado el emperador para los principales obispados de Bohemia que fueron quedando disponibles, nunca quiso admitir ninguno de ellos, ni tampoco aceptar una de las ricas y honoríficas abadías que le cedía Wenceslao. Así de grande era su desinterés y su humildad. Pero aunque logró nuestro santo librarse del gravísimo peso del obispado, no pudo eximirse del cargo de confesor y director espiritual de la emperatriz doña Juana. Porque fueron tan fuertes y eficaces las insistencias que esta buena princesa le hizo para que le aceptase, por último hubo de dar su consentimiento, y este cargo, como ahora veremos, le ocasionó muchos trabajos, y finalmente el martirio.

Porque el emperador Wenceslao, siguiendo sus depravadas inclinaciones, se abandonó a la lujuria y a la crueldad, y llegó aún al frenesí de querer poseer conocer por celos los secretos de su corazón, que descubría a su confesor cuando recibía el sacramento de la penitencia. A este efecto hizo llamar a San Juan Nepomuceno, y ya con lisonjas, ya con promesas, ya también con amenazas, deseaba saber lo que había oído de boca de la emperatriz en la confesión. Se horrorizó el santo al oír una demanda tan sacrílega, y con una libertad y espíritu apostólico representó al engañado príncipe el enorme exceso a que su furiosa pasión lo transportaba, y la indispensable obligación que tenía de sacrificar mil vidas antes que hablar de semejantes materias oídas en confesión, y de quebrantar el sagrado sigilo que por ley divina y humana debía conservar inviolable.

Wenceslao quedó un tanto atónito con esta fuerte representación del santo, y no sabiendo qué replicar, disimuló por entonces el resentimiento que había concebido. Pero no pasó mucho tiempo, que volviéndosele a excitar el mismo deseo, buscó la forma que pensó que era la más oportuna para ejecutar sus designios, y volvió a amenazarle con mayor fuerza que la primera vez, para que le manifestase los secretos que en la confesión le descubría la emperatriz. Y hallando al santo siempre más firme y constante en desechar sus sacrílegas demandas, llamó a algunos soldados de su guardia, que tenía siempre preparados para ejecutar sus órdenes, y les entregó al santo para que en las piezas interiores del palacio lo atormentasen y apaleasen con el más fiero furor.

Ellos, despojados de toda piedad, ejecutaron con todo rigor la orden del emperador, y el siervo de Dios sufrió con tan grande paciencia aquel tormento, que jamás abrió la boca para quejarse, invocando solamente algunas veces entre sus terribles dolores los dulcísimos nombres de jesús y de María. Por fin, después de que los ministros de la crueldad estuvieron cansados de maltratarle, le dejaron ir libre, cubierto de contusiones y heridas. El santo ofreció a Jesucristo crucificado los dolores que había padecido, y le dio las gracias de haberse dignado hacerle participante del cáliz amargo de su pasión, por un motivo tan santo como era conservar ilesa la fidelidad de su sagrado ministerio.

Se hizo curar las llagas con todo el secreto posible, y jamás manifestó a persona alguna el maltrato y los ultrajes que había recibido de parte del bárbaro emperador. Y cuando estuvo curado continuó predicando al pueblo la palabra de Dios en la iglesia metropolitana de Praga, lo que hacía entonces aún con mayor fervor de espíritu que antes, pues llevaba ya sobre su cuerpo a semejanza del apóstol San Pablo, las llagas de jesucristo y las gloriosas señales de su apostólico ministerio.

Solía predicar todos los domingos del año, y en una de esas ocasiones, que fue la tercera después de la Pascua, habló con bastante claridad de su cercana muerte, de la cual se puede creer que había recibido una particular revelación de Dios Nuestro Señor. En efecto, este fue el último sermón, porque fue algunos días después a visitar una imagen de la Virgen Santísima, que con gran devoción y concurso del pueblo se veneraba en la ciudad de Boleslabia, tal vez para implorar su poderosa intercesión en el inminente peligro en que se hallaba. Al anochecer volvió a Praga, y fue visto por el emperador Wenceslao, que estaba en el balcón de su palacio, e inmediatamente lo hizo llamar, mandándole que fuese al instante a verlo. Obedeció prontamente el santo sacerdote, y cuando compareció delante suyo, le volvió a intimar con toda resolución a que le manifestase lo que sabía por confesión de la conciencia de la emperatriz, amenazándole con que en caso de persistir en su negativa, lo haría echar al momento al río, y morir ahogado en el agua.

El santo dio la respuesta acostumbrada, reprendiendo al sacrílego príncipe su inicua demanda, por lo que el enfurecido emperador mandó que atado de pies y manos fuese echado el río Moldava, que pasa por la mitad de Praga, y así se ejecutó en el secreto de la oscuridad de la noche. Se intentaba de esta forma mantener oculto el delito, pero el Señor quiso hacer patente a todos la gloria de su siervo, porque por muchas noches se vieron algunas antorchas encendidas, que prodigiosamente fluían por el río, y que después quedaban paradas en cierto lugar. Por esto, comprendiendo que esta maravilla contenía algún misterio, buscaron lo que había allí, y hallaron el cadáver de nuestro glorioso mártir, al cual los canónigos de la metropolitana, animados con este celestial prodigio, sepultaron con la mayor pompa en su iglesia catedral, sin temer en absoluto la ira del emperador.

Quiso Dios que se realizaran muchos milagros a través de su invencible mártir, de los cuales aprobó la Santa Sede los siguientes, para su beatificación y canonización:

El primero fue el de la incorrupción de su lengua, pues habiendo estado sepultada debajo de tierra junto con el cuerpo por trescientos años, cuando se reconoció jurídicamente fue hallada incorrupta y como si estuviera viva. El segundo sucedió en la misma sagrada lengua, porque habiendo sido presentada al cabo de seis años del reconocimiento ya referido a los jueces delegados de la silla apostólica, de repente con un nuevo prodigio cambió el color que tenía, algo oscuro, por un tono encendido y vivo.

El tercero le sucedió a una mujer llamada Ana Teresa, la cual seis meses hacía que tenía el brazo izquierdo gravemente inmobilizado, seco y muy encogido, que invocando al glorioso San Juan Nepomuceno instantáneamente quedó perfectamente curada.El cuarto lo obró el santo con una niña de seis años y seis meses de edad, llamada Rosalía Hodark. Esta niña cayó casualmente en un río llamado Watava, llevándola la corriente hasta el canal de un molino, donde el ímpetu del agua la estrelló en la primera rueda del mismo, y habiendo pasado debajo de ella y de la segunda, permaneció allí por espacio de media hora. Estuvo la niña una hora sumergida en el agua. Las personas que la vieron caer en ella invocaron en su socorro al glorioso San Juan, la sacaron después de debajo de la segunda rueda del molino y la niña no dio señal alguna de vida. Pero invocando siempre el patrocinio de nuestro santo la llevaron a una casa cercana, donde devolvió el agua que había tragado, y recobrando los sentidos, se halló libre de toda lesión y enteramente sana.

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