San Juan de Mata, Fundador

San Juan nació en Faucon de padres nobles y piadosos, en los confines de Provenza, el 14 de junio del año 1169. Fue bautizado con este nombre en honor de San Juan Bautista. Desde su infancia su madre lo dedicó a Dios, por un voto que hizo, y su padre Eufemio lo envió a Aix para que se educara. Y así lo hizo, aunque su principal atención estaba dedicada a aumentar la virtud. Daba a los pobres la mayor parte del dinero que sus padres le enviaban para sus gastos, y visitaba los hospitales todos los viernes, asistiendo a los pobres enfermos, limpiándoles y dándoles cuantos socorros y consuelos estaban a su mano. 

Habiendo vuelto a su casa pidió a sus padres licencia para proseguir los ejercicios de piedad que había iniciado, y se retiró a una pequeña ermita cercana, pensando en vivir distante del mundo, y unido con Dios a través de la mortificación y la oración. Pero vio continuamente interrumpida su soledad con las frecuentes visitas de sus amigos, por lo que pidió a su padre permiso para ir a París a estudiar teología sagrada. 

Siguió de tan excelente forma estos estudios, que al final se recibió con grandes aplausos, lo cual no agradaría a su modestia. Poco después fue ordenado sacerdote, y dijo su primera Misa en la capilla del Obispo de París, a la que asistieron el Obispo mismo, Mauricio de Sully, los Abades de San Víctor y de Santa Genoveva, y el Rector de aquella Universidad, quienes admiraron en él las gracias celestiales que se mostraban en su extraordinaria devoción, tanto en ese momento como en su ordenación. 

El mismo día en que dijo la primera Misa tomó la decisión, por particular decisión divina, de dedicarse a la ocupación de rescatar a los cautivos cristianos, que gemían bajo la esclavitud de los infieles, considerando que este era uno de los actos de caridad más elevados tanto con respecto a sus almas como a sus cuerpos. Pero antes de entrar en una obra tan importante creyó necesario pasar algún tiempo en retiro, oración y mortificación. Habiendo oído hablar de un santo Anacoreta llamado Félix de Valois, que vivía en una gran montaña en la Diócesis de Meaux, fue en su busca y le suplicó le admitiese en aquella soledad, y le instruyese en la práctica de la perfección. 

Muy pronto Félix se dio cuenta de que su huésped tenía práctica en esto, por lo que no quiso tratarlo como discípulo, sino como compañero. Son increíbles los progresos que hicieron en aquella soledad en los caminos de la virtud aquellos dos justos varones, con sus perpetuas oraciones, contemplaciones, ayunos y vigilias.

Estando un día sentados a la orilla de una fuente le contó Juan a San Félix el designio que había concebido el día en que dijo la primera Misa, de socorrer a los cristianos que gemían bajo el yugo de la esclavitud mahometana, y habló con tal energía del asunto que su compañero quedó convencido de que el proyecto era inspirado por Dios, y le ofreció su ayuda para ponerlo en ejecución. 

Se tomaron algún tiempo más para recomendar su obra a Dios con oraciones y ayunos, y hecho esto salieron para Roma en el rigor de un crudo invierno, a fines del año 1197, para obtener para ello la bendición pontificia. En ese momento Inocencio III se hallaba en la Silla de San Pedro, e informado como estaba de antemano de la santidad de estos hombres, y de su designio caritativo, los acogió como a dos ángeles bajados del Cielo. Los alojó en el mismo Palacio, y les dio muchas audiencias privadas. 

Después de varias deliberaciones ordenó el Papa un ayuno y rogativas particulares para llegar a conocer lo que era voluntad del Cielo, después de haber reunido en el Palacio de San Juan de Letrán a los Cardenales y Obispos para saber su dictamen y recibir sus consejos. Convencido finalmente de que estos dos santos venían inspirados por el espíritu divino, y de las grandes ventajas que daría a la Iglesia una vocación semejante, consintió que fuese erigido una nueva Orden religiosa, y declaró a San Juan su primer Ministro General. 

A los Obispos de París, y al Abad de San Víctor, se les ordenó componer sus reglas, que aprobó el Papa por una Bula dada en el año 1198. Éste ordenó que aquellos religiosos llevasen hábito blanco con una cruz roja y azul en el pecho, y que tomasen el nombre de la Santísima Trinidad. Confirmó esta Orden algún tiempo después, añadiéndole nuevos privilegios por una segunda Bula otorgada en Roma en el año 1209.

Obtenida pues la bendición del Papa, y ciertos indultos y privilegios, volvieron los dos Fundadores a Francia, y se presentaron al Rey Felipe Augusto, quien vio el establecimiento de la Orden en sus reinos y los favoreció generosamente. Gauchero III, señor de Chatillon, les dio tierras en las que edificar un convento. Este mismo, habiendo aumentado el número de los religiosos, y ayudado por el Rey, les concedió Cerfroid, lugar en que San Juan y San Félix habían concertado el primer plan de su instituto. Otros muchos conventos fundaron ambos santos en francia, y enviaron a varios de sus religiosos a que acompañasen a la guerra santa a los Condes de Flandes y de Blois.

El Papa Inocencio III escribió recomendando a Mamolin, Rey de Marruecos, a estos religiosos. Y San Juan envió dos a este país en el año 1201, que redimieron a 186 cristianos cautivos en su primer viaje. Al año siguiente fue el mismo santo a Túnez, donde compró la libertad de 110 más. Volvió a Provenza, donde recibió muchas limosnas, que llevó a España, en cuyas provincias redimió a muchos cristianos del poder de los moros. A su retorno recogió también muchas limosnas entre los cristianos, movidos de una empresa tan caritativa, y su ejemplo produjo una segunda Orden de la Merced, establecida por San Pedro Nolasco en el año 1235. 

San Juan hizo un segundo viaje a Túnez en el 1210, en que padeció mucho entre los infieles, enfurecidos contra su celo y con su éxito al exhortar a los pobres esclavos a la paciencia y a la constancia en la fe que profesaban. A su vuelta con 120 esclavos redimidos, arrojaron los bárbaros de su bajel el timón y echaron todas las velas, para que de esta suerte pereciesen en el mar. Lleno el santo de confianza en Dios, le pidió que fuese en aquella situación su piloto, y levantando colgadas como velas las capas de todos sus compañeros, y con un crucifijo en sus manos, arrodillado sobre la escotilla, y cantando salmos, arribaron después de un próspero viaje a Ostia, en Italia, donde desembarcaron.

En ese tiempo San Félix ya había propagado mucho la Orden en francia, y erigido para ella un convento en la misma ciudad de París, en un sitio que había sido antes Capilla de San Maturino, de donde salió el nombre de Maturinos que se daba a estos religiosos en Francia. Estableció la adoración perpetua de la Santísima Trinidad, para restituir a las tres Divinas Personas la gloria y el culto que las herejías pretendían quitarles. Y en España rescató también a un gran número de cristianos esclavizados por el Islam.

Los dos últimos años de su vida los que empleó en exhortar a todos a penitencia, con mucha energía y mayor fruto. Visitaba a los encarcelados, socorría a los pobres en sus necesidades y predicaba la palabra de Dios. Mientras tanto, su propia mortificación era máxima. Por muchos años apenas comió más que pan y agua. Su ayuno era continuo, y su oración prácticamente perpetua. 

Como sus padres le habían dedicado a la Santísima Virgen desde su nacimiento, la miró siempre como a su querida Madre, y quiso que su Orden estuviese bajo la especial protección de esta Señora. 

Finalmente, extenuado a fuerza de trabajos y penitencias, colmado de merecimientos, dotado del don de profecía y de milagros, consumido en las purísimas llamas de la caridad cristiana, y rodeado de sus amados hijos en la Fe, que se deshacían en lágrimas, entregó su inocente alma en manos del creador el 21 de diciembre de 1213, a los 61 años de edad. Fue enterrado en su iglesia de Santo Tomás durante un tiempo, donde permaneció su monumento, pero más tarde su cuerpo fue trasladado a España. El Papa Inocencio XI, mediante su Breve del 30 de julio de 1679, fijó su festividad el 8 de febrero. 

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