San Juan Capistrano

San Juan nació en Capistrano, cerca de la ciudad de Aquila en el Abruzo, provincia del reino de Nápoles. Su padre fue un caballero angevino, que se había casado en Italia cuando fue en la comitiva del Duque de Anjou, coronado por Rey de Nápoles en Aviñón. 

Estudió gramática y letras en su país, correspondiendo los progresos que hizo en ellas en poco tiempo a los que después había de hacer en las facultades mayores. Le enviaron a Perusia para que estudiase en aquella ciudad el derecho canónico y civil. Destacó en ella por sus costumbres cristianas, por su brillante ingenio y por su celebrada elocuencia, que le dieron una judicatura, cuyo empleo desempeñó con tanta integridad y con tan singular prudencia, que enamorado de sus raros talentos uno de los ciudadanos más importantes, le dio por mujer a una de sus hijas. 

En todo le mostraba el mundo un semblante risueño. Brillaba el joven magistrado no menos por su propio mérito, que con el favor y por el lugar que ocupaba en la más floreciente fortuna, cuando la Divina Providencia, que no le había dotado de tan bellos dones para que aumentase el número de los esclavos del mundo, mezcló aquellos primeros gustos con una necesaria amargura. Se detuvo el curso de aquellas engañosas prosperidades, y en un momento se disiparon todas las esperanzas de aquella aparente dicha. 

Habiéndose declarado los perusinos contra Ladislao, Rey de Nápoles, tuvieron que sufrir una guerra, cuyos sucesos fueron ventajosos a los mismos ciudadanos. Sospecharon que Juan favorecía el partido de Ladislao, y que tenía un arreglo con el ejército de aquel Príncipe. No fue necesario más para que desconfiasen de él. Lo arrestaron, y en vano intentó justificarse, probando que sólo había trabajado en acomodar las partes. 

Lo metieron en una cárcel, donde esperó inútilmente por mucho tiempo que Ladislao lo reclamase, empeñándose en solicitarle la libertad que había perdido por servirle. El olvido del Príncipe abrió los ojos a nuestro santo, para que hiciese serias reflexiones sobre lo poco que se puede confiar en la amistad de los grandes, como también en la inconstancia y la nada de los bienes de este mundo. 

Al mismo tiempo murió su mujer. Y terminado este lazo, resolvió trabajar en algo más sólido y duradero. Se apoderaron entonces de su corazón las máximas y los afectos más sagrados de la religión. Se avergonzó de que su ambición hubiese errado el objeto. Le pareció el mundo lo que es, y sintiendo cierto oculto pero piadoso despecho por haberle servido por tan largo tiempo en perjuicio de su salvación, determinó abrazar el estado religioso, consagrarse enteramente a Dios, y no reconocer jamás a otro dueño. 

Vendió todos sus bienes, compró su libertad pagando su rescate, y pasó de la prisión al convento. Había escogido la Orden de San Francisco. Después de satisfechas sus deudas, y repartido entre los pobres el caudal que le sobró, se dirigió al convento del Monte, de la estrecha observancia. Fue recibido en él, pero temiendo el guardián que su resolución fuese efecto de cierta forma de venganza mas que de legítima vocación, se la quiso probar ejercitándole en los actos más penosos que se puedan imaginar. 

Lo primero que le mandó fue que anduviese por todas las calles de Perusia montado en un asno y con un traje ridículo, cubierta la cabeza con una mitra de cartón en que estaban escritos algunos pecados. Era una prueba verdaderamente dura para un hombre de treinta años, que se había presentado siempre en aquella ciudad con tanto esplendor, y que se había granjeado en ella el concepto universal de hombre juicioso, prudente y de gran capacidad. Pero la superó aquella grandeza de corazón y aquella generosidad con Dios, que fueron su carácter en todas las ocasiones. 

Como no había dejado el mundo a medias, gozoso de que se le ofreciese aquella ocasión de sofocar el resto de su espíritu, ahogó hasta los mas mínimos movimientos con tan gloriosa como señalada victoria. Después de ella nada le costaron las demás humillaciones del noviciado, devorándolas todas su devoción y su fervor. Había comenzado tarde, y quiso Dios adelantarle en el camino de la perfección, proporcionándole acciones verdaderamente heroicas. 

Midió la profundidad de los cimientos por la elevación del edificio, y le ejercitó el Señor en humillaciones correspondientes a los altos designios a que le tenía destinado Su Divina Providencia. Dos veces fue expelido del convento como inútil y como absolutamente incapaz de servir a la religión. No le acobardó esta vergonzosa expulsión. Se quedó en la portería del convento, contentándose con que le diesen las sobras de los pobres. A vista de tan heroica perseverancia se le volvió a admitir, pero con tan duras condiciones que nunca se creería que tuviese valor para aceptarlas. 

Añadía él mismo muchas penitencias voluntarias a las rigurosas que le imponían, hasta que su paciencia y su humildad cansaron la dureza con que se le trataba, y dejó avergonzada la excesiva severidad de los que pretendían apurar su invencible sufrimiento. Fue, en fin, admitido a la profesión, disponiéndose para ella con extraordinario fervor, en fuerza dle cual pasó tres días enteros en oración sin tomar otro alimento. 

Desde que profesó fue toda su vida un continuado ayuno. Comía una sola vez al día, y por espacio de treinta y seis años no probó carne. Su cama era el suelo de su celda, y su sueño no pasaba de tres horas. Eran también fuertes sus constantes disciplinas con que maceraba su cuerpo. Los siete primeros años anduvo siempre con los pies descalzos, sin sandalias. El hábito lleno de remiendos acreditaba su extremada pobreza, que amó continuamente, según el primitivo espíritu de la Orden. 

Por todas estas virtudes se puede conocer fácilmente cuánta era su devoción. Muerto a sí mismo, sólo vivía en Cristo, y en Cristo crucificado. Abrasado su corazón en el amor de Dios, nunca le perdía de vista. Era su vida una oración contínua, sin que le interrumpiesen las ocupaciones de la caridad. Nunca se le veía de rodillas delante de un crucifijo o en presencia del Santísimo Sacramento sin que pareciese arrebatado en éxtasis, manifestando las lágrimas que derramaban sus ojos el amoroso fuego en que se derretía su corazón. Al abrasado amor que profesaba a Jesucristo correspondía su tierna devoción a la Santísima Virgen. Decía que la Divina Providencia le había dado el nombre de Juan para darle a entender que debía aspirar a ser el amado del Hijo, y el hijo de la Madre. 

Después que profesó fue ordenado sacerdote, y el sacerdocio fue para él un abundante manantial de gracias extraordinarias con que Dios le favoreció. Habiendo reconocido los superiores su eminente talento de púlpito, le emplearon en el ministerio de la predicación. Predicó en las ciudades principales con fruto nunca oído; por lo común interrumpían sus sermones los suspiros, los sollozos y las lágrimas de todo el auditorio, siguiendo después grandes y ruidosas conversiones.

Por este tiempo nuestro santo forjó una estrecha amistad con San Bernardino de Siena, unidos con el mismo espíritu aquellos dos grandes corazones, a quienes llamaban los Apóstoles de Italia. San Bernardino había emprendido la reforma de su Orden; empeño que le produjo muchas persecuciones, y nuestro santo tomó el de ser su apologista, no contentándose con el de profesarse gran imitador de sus virtudes. 

Hizo expresamente un viaje a Roma para defenderle en presencia del Papa y de los Cardenales contra las calumnias y contra los errores de los que impugnaban la devoción del santo nombre de Jesús. En tal ocasión se dio a conocer en aquella corte, donde se levantó con una reputación y con un concepto que perjudicó mucho a sus intentos de pasar la vida en el retiro y en la oscuridad. 

Se había levantado hacia el fin del siglo XIII en la comarca de Ancona una perniciosa secta de monjes vagabundos, casi todos apóstatas, con el nombre de Fraticelos, cuyas estragadas costumbres y perniciosos errores tenían escandalizada a toda la Iglesia. Y habiéndolos condenado el Papa Bonifacio VIII, mandó a los inquisidores que procediesen contra ellos como herejes. 

Juan XXII renovó contra esta secta todas las censuras de sus predecesores; mas ni por él ni por muchos sucesores suyos se pudo acabar con esta secta fanática, y en tiempos de nuestro santo se reproducía todavía en Italia. Fue nombrado San Juan Capistrano inquisidor contra estos frailecillos. Fue tan eficaz su celo, que logró libertar a Italia de aquel error. 

Prendado el Papa Eugenio IV de las abundantes bendiciones que derramaba el Cielo en todo lo que ponía la mano nuestro santo, le hizo su Nuncio en Sicilia, y le envió al Concilio de Florencia para que trabajase en la reunión de los griegos con los latinos. Lo despachó a los Duques de Bolonia y de Milán para apartarlos de los enemigos de la Santa Sede y del partido del antipapa Félix V, cuyos protectores se habían declarado aquellos Príncipes. Desempeñó San Juan todas estas misiones para gran satisfacción del Pontífice, y con aquella felicidad que acompaña normalmente las empresas de los santos. 

Pero mientras trabajaba tan gloriosamente en el bien universal de toda la Iglesia, no se empleaba con menos fruto en el particular de toda la Orden de San Francisco. A su celo se debió en gran parte la renovación del espíritu primitivo por las prudentes Constituciones que se hicieron en un Capítulo general a que asistió, y por el cuidado con que procuró que floreciese la observancia regular. Sobre todo ayudó mucho a San Bernardino de Siena para el suceso de la reforma, y fue nombrado para introducirla o para restablecerla en los conventos que su Orden poseía en Oriente. Se extendieron mucho más allá los frutos de su celo y de sus trabajos, habiendo sido también asociado a San Lorenzo Justiniano para visitar las casas de los Jesuatos, que tenían necesidad de alguna reforma. 

Conociendo Nicolás V, sucesor del Papa Eugenio, el raro mérito y la poderosa virtud de nuestro santo, le hizo comisario apostólico en Alemania, Bohemia, Polonia y Hungría, experimentándose en todas partes el mismo celo, el mismo fruto, y los mismos felices sucesos. Acompañaban a sus apostólicas fatigas todo género de bendiciones. Se despoblaban las ciudades para salir a recibirle, y de ninguna salía sin que todo cambiase de semblante. Seglares, comunidades religiosas y clero, todos participaban de sus benignas influencias. Convirtió a un sinnúmero de herejes, particularmente de husitas. Confundió a Rochisana, cabeza de esta secta, y reconcilió con la Iglesia a un prodigioso número de cismáticos. Anunciaban su arribo a los pueblos sermones y las visitas de los hospitales, siendo el fruto las milagrosas conversiones que hacía en todas partes. 

Estuvo por costarle la vida esta larga y peligrosa expedición, no solo por los inmensos trabajos que padeció, sino también por el veneno que en dos ocasiones le dieron los herejes, del que el Cielo le libró con particular protección. Se dilató también su celo en beneficio de los judíos, cuya terquedad no pudo resistir a la caridad de una apóstol tan poderoso en obras como en palabras. En fin, si los tucos, aquellos enemigos del nombre cristiano, cerraron obstinadamente los ojos a las luces de la fe, que en todas partes esparcía nuestro santo, se vieron por lo menos precisados a rendirse ante la eficacia de sus oraciones. 

Mahomet II, terror de Europa y azote de Dios para castigar las culpas de los cristianos, amenazaba a toda la cristiandad por la superior fuerza de sus armas. Acababa de aniquilar el imperio de los griegos, habiéndose apoderado de Constantinopla en el año 1453. Era ya dueño de doce reinos, y había tomado más de doscientas ciudades, cuando en el año 1456 vino a poner sitio a Belgrado con un poderoso ejército, que orgulloso y fiero con sus continuadas victorias, nada menos se prometía que la conquista de todo el imperio cristiano, y enarbolar el estandarte otomano en el mismo Capitolio de Roma. 

A un poder tan formidable se creyó no podía oponerse resistencia más vigorosa que la virtud de San Juan Capistrano, y así el Papa le nombró predicador y caudillo de la Cruzada. El primer fruto de sus sermones fue como un seguro presagio de la futura victoria. Unió todas las tropas de Ladislao, Rey de Hungría, de Hugnado, vaivoda de Transilvania, y de Jorge, déspota de Rusia. Mahomet, superior en tropas y en orgullo, temía poco a todos aquellos Príncipes coligados. Pero no conocía aún la poderosa virtud de San Juan Capistrano, a quien el Cielo había puesto al frente del ejército cristiano. 

Llegaron a las manos los dos ejércitos, y empuñando Juan en las suyas el Crucifijo, fue corriendo con él todas las líneas, y animando a los soldados con la memoria de que iban a combatir por Jesucristo, el gran Dios de los ejércitos. La presencia de nuestro santo inspiró tanta confianza y tanto ardor a los cristianos, que desde el primer ataque fue derrotado el ejército otomano, herido el mismo Mahomet, y todas sus tropas hechas pedazos. 

Fue completa la victoria, al fin, como milagrosa, y no solo todos los Príncipes, sino toda la cristiandad reconoció haberse debido al celo, a las oraciones y a la virtud de nuestro santo, que habiendo desempeñado todas las obligaciones de un hombre apostólico, de un siervo verdaderamente fiel, terminadas gloriosamente las funciones de su ministerio, fue muy pronto a triunfar en el Cielo, y a recibir en él las eternas recompensas debidas a sus trabajos. Porque habiéndose retirado al convento de Vilak, cerca de Sirmich, en Hungría, murió con la muerte de los justos, tres meses después de la batalla, en el año 1456, a los setenta y uno de edad, colmado de virtudes y de merecimientos. 

Habiéndose librado su santo cuerpo de la barbaridad de los turcos, no se libró de la impiedad de los luteranos. Lo desenterraron y lo arrojaron al Danubio. Pero dichosamente lo volvieron a encontrar los católicos, los cuales lo llevaron a Elloc, cerca de Viena en Austria, donde se ha conservado y venerado por siglos. El Señor hizo glorioso su sepulcro con tantos milagros que se han compuesto libros enteros de ellos. Lo beatificó el Papa León X, y fue solemnemente canonizado por el Papa Alejandro VIII en el año 1690.

About the author /


Boanerges | Resistencia Católica. Para instruir en la sana doctrina y contradecir a quienes la niegan. "Non nobis, non nobis, Domine Sed nomini tuo da gloriam" | www.elboa.org

Related Articles

Suscríbase a la Resistencia

Suscríbase a la Resistencia

Únase a nuestro apostolado y reciba gratis en su correo todas nuestras actualizaciones, libros y novedades. Rezaremos por todos nuestros suscriptores, familias y actividades.

Galerías Visuales

    BOANERGES | Resistencia Católica

    Para defender la sana doctrina y combatir a quienes la contradicen | Salve, Roma! In te aeterna stat historia, Inclyta, fulgent gloria Monumenta tot et arae. Non praevalebunt horrendae portae infernae, Sed vis amoris veritatisque aeternae.

    Sitio Certificado y Verificado

    elboa.org Webutation
    A %d blogueros les gusta esto: