San Joaquín

San Joaquín fue de sangre real, como lo fue San José, de quien era familiar inmediato. Su familia descendía originalmente de Judea, pero reducida al estado de pobreza, por particular providencia del Señor, que no quiso fuesen los parientes del Salvador de otra condición que Él, estaba como oscurecida; y habiéndose domiciliado en Nazaret después de algún tiempo, era comunmente reputado de familia galilea. 

Parece que había nacido con el Santo la piedad. Aún no se había visto en el mundo hombre de vida más justa: la rectitud, la modestia y el amor a la Religión eran en él característicos, y mereció a todos el concepto de hombre extraordinariamente virtuoso. A impulso de este fondo de piedad y de fe, buscó cuidadosamente para esposa suya a la doncella más virtuosa y honrada de toda la nación. Siendo Santa Ana la que el Cielo le había destinado, previniéndola desde la cuna con aquellas abundantes gracias que la hicieron digna abuela del Salvador; y dando con su mano toda la dicha y toda la felicidad a San Joaquín, fue el más perfecto modelo de la elevada santidad en el estado del matrimonio. 

El de los dos santos esposos fue dichosísimo, no pudiendo ser mayor la conformidad de genios, de dictámenes y de inclinaciones. El único objeto de sus ansias era Dios; sus deseos, sus fervorosos suspiros eran por la venida del Mesías; y ocupado su corazón de este anhelo, pasaba en en oración y en retiro todo el tiempo que les permitían las indispensables atenciones de su estado.

Se reveló a Santa Brígida, como ella misma lo asegura, que san Joaquín y Santa Ana estaban tan inflamados en el fuego del divino amor, que ninguna cosa era capaz de mitigar sus ardores. Fueron, dice, dos astros brillantes, cuyo resplandor, aunque encubierto con la oscura nube de una condición humilde, deslumbraba a los mismos Ángeles; embelesaba, pro decirlo así, a todo el Cielo con aquella inocencia, con aquella pureza de vida tan exacta como poco común. 

Hacía muchos años que san Joaquín y Santa Ana vivían en la dulce paz, unión y ejercicio continuo de virtud, que tanto edificaban al pueblo, cuando quiso el Señor que saliese de aquella misteriosa vara del tronco de Jesé, de que habla el profeta Isaías (cap. 11), y que se dejase finalmente ver la Aurora tan deseada, que había de preceder al nacimiento del Sol. 

Es opinión común que ya Joaquín y ana iban declinando hacia la vejez, y todavía se hallaban sin sucesión; esterilidad que (reputada entonces por una especie de maldición del Cielo, y por la desgracia más afrentosa que podía caer sobre una familia, pues por ella perdía para siempre la esperanza de emparentar con el Mesías) tenía bastante humillados y desatendidos a los dos esposos. Y aún hay quien asegure que como en cierta ocasión quisiese San Joaquín acercarse al altar para presentar su ofrenda, uno de los sacerdotes le desvió de él con desprecio, como indigno de participar de los privilegios que gozaban los que no estaban como señalados de la mano de Dios. Mortificación que humilló mucho a nuestro santo. Y como la edad, y aún más que ella su género de vida, según dice Santa Brígida, los tenía desde hacía mucho tiempo sin esperanza de tener hijos, se contentaban cong emir secretamente en la presencia del Señor, y rendidos a Su voluntad, solamente le pedían lo que fuese de Su mayor gloria. 

Se cree que el Cielo consoló a los santos esposos con la revelación de que tendrían una hija, que sería bendita entre todas las de su sexo, y que Dios quería servirse de ella para la salvación de Israel. Ciertamente, tuvieron por fruto de sus oraciones a la Santísima Virgen, que librándolos con su nacimiento de la ignominia de la esterilidad, hizo a sus padres las dos personas más felices y respetables del mundo. 

“Fue David – dice San Epifanio en Laud. B.M.V. – rama de la raíz de Jesé, como lo fue la Virgen del tronco de David. Su padre San Joaquín y su madre Santa ana, cuidando únicamente de agradar a Dios con la pureza de su vida y con el ejercicio de todas las virtudes , produjeron el precioso fruto de la Santa Virgen María, que fue templo y Madre de Dios. ¡Qué sacrificio tan agradable ofrecían cada día a la Santísima Trinidad estas tres santas personas, Joaquín, Ana y la Virgen! El nombre de Joaquín significa ‘preparación del Señor’, como el de Ana significa ‘gracia’; y a qué la verdad, ninguna fue más señalada que la de dar a luz a la Madre del Salvador”. 

“¡Oh afortunados esposos Joaquín y ana! – exclama San Juan Damasceno en Nativ. B.M.V. orat. – ¡cuánto os debe el género humano por haberle dado a la que algún día le había de dar al Redentor del mundo! ¡Gózate, Joaquín dichoso, pues te ha nacido una hija que ha de ser Madre del prometido Mesías!”. 

¡Oh felicísimo par, Joaquín y Ana! Ningunas maravillas, por extraordinarias que fuesen, ningunas acciones por grandes que se celebrasen, ningunos prodigios de virtud que de vosotros se refiriesen, nos harían formar idea más superior de vuestros méritos, que la sola cualidad augusta de padres de la Madre del mismo Dios. No hay grandeza, no hay dignidad en la tierra que no sea inferior a este glorioso título. Por la excelencia del fruto se conoce la del árbol, y por la de la Santísima Virgen vuestra extraordinaria santidad. 

No se sabe con certeza el tiempo o la edad en que murió San Joaquín. Cedreno asegura que vivió hasta los ochenta años, pero lo que parece probable, puesto que no se hace mención de él en el Evangelio, es que debió morir antes de que la Virgen se desposase con San José. 

Andrés Cretense, Arzobispo de Jerusalén, en el elogio que hace de San Joaquín y Santa Ana, dice que luego de que nació la Santísima Virgen, la llevaron sus bienaventurados padres al templo, y en él la consagraron al servicio de Dios, como fruto de sus oraciones después de tan larga esterilidad; y que habiendo vivido después algunos años San Joaquín, terminó al fin su inocente vida con una muerte preciosa a los ojos del Señor. y como todo el consuelo y todo el tesoro que tenían era el de su querida hija, hallándose ésta dedicada a Dios en el templo, se cree que, para estar más cerca de Ella, fueron sus padres a residir a Jerusalén, en cuya ciudad rindió su dichoso espíritu san Joaquín entre los brazos de Santa Ana y de la Virgen. 

Era grande la devoción que le profesaban los cristianos del Oriente ya desde el siglo IV de la Iglesia. Y si en Occidente tardó algún tiempo más en extenderse, no cedió después a la Iglesia griega en la veneración de este gran Patriarca. Pues han sido pocos los pueblos de la cristiandad donde no se haya forjado la confianza de los fieles en San Joaquín, y donde los singulares favores que por su intercesión dispensa el Cielo, no acrediten lo mucho que importa acudir a él en todas las necesidades, y no dejar que pase día alguno sin rendirle algún obsequio. 

Los seglares deben profesarle particular devoción, y los religiosos deben venerarlo como a un perfecto dechado y protector particular de la vida interior y retirada. En Colonia se encuentra la cabeza de San Joaquín, y en Bolonia hay otras reliquias del santo, que se consideran legítimas por piadosa tradición.

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