San Isidoro de Sevilla

San Isidoro ha sido muy honrado en España, como el Doctor más ilustre de su Iglesia, en el que Dios le elevó – en palabras de San Braulio – “para detener el torrente del barbarismo y ferocidad que seguían por todas partes a las Armas de los Godos” (Praenot. Lib. Isidor.), que se habían establecido en esa tierra alrededor del año 412.

El octavo Concilio Toledano, celebrado cuarenta años después de su muerte, le llama “el Doctor excelente, el difunto ornamento de la Iglesia Católica, el hombre más sabio, dado para ilustrar los últimos siglos, que debe siempre mentarse con reverencia”.

La ciudad de Cartagena fue el lugar de su nacimiento, que sus padres Severiano y Teodora, personas de primera jerarquía en el Reino, edificaron con el ejemplo de su extraordinaria piedad. También se ha honrado entre los santos a sus dos hermanos, Leandro y Fulgencio, obispos, y a su hermana Florentina.

Habiéndose calificado San Isidoro desde niño para el servicio de la Iglesia con un grado nada común de virtud y de doctrina, ayudó a su hermano Leandro, Arzobispo de Sevilla, en la conversión de los visigodos de la herejía arriana. El santo tuvo la dicha de ver acabada esta gran obra por su infatigable celo, y trabajo continuo.

Muerto San Leandro en el año 600, le sucedió en la Silla de Sevilla. Restituyó y estableció la disciplina en las iglesias de España en varios Concilios, de todos los que era el alma. La pureza de la doctrina de estos, y la severidad de los Canones en ellos establecidos, dispuestos por lo común por él mismo, son unos monumentos incontestables de su celo y de su doctrina.

En el Concilio de Sevilla del año 619, en que presidió él mismo, convenció en una disputa pública a Gregorio (Obispo de los Acephalos) del error que éste enseñaba, y refutó Isidoro con tanta claridad y evidencia la harejía Eutiquiana, que en aquel mismo momento Gregorio abrazó la fe católica.

En el año 610 convinieron todos los Obispos de España juntos en el Concilio celebrado en Toledo, en nombrar al Obispo de esta ciudad Primado de todas las iglesias de esta nación, según había sido siempre reconocido; cuyo Decreto confirmó el Rey Gundemaro por una expresa Ley en aquel mismo año; y San Isidoro suscribió a la misma constitución.

Hallamos también a San Isidoro presidiendo el cuarto Concilio Toledano, celebrado en el año 633 (el más famoso de todos los Sínodos de España), a pesar de que estaba presente el Arzobispo de aquella ciudad. Pero no se concedió este privilegio a Isidoro por su Silla, sino en consideración a su mérito extraordinario.

Compuso el Santo muchas obras buenas, en las cuales se tratan las diversas ciencias, y una extensiva instrucción general en historia, literatura, arte, derecho, gramática, filosofía, matemáticas, leyes y ciencias naturales. Fue un escritor prolífico y un infatigable recopilador. Entre sus obras se encuentra una monumental enciclopedia de 20 tomos, las Etimologías, y también biografías de santos bíblicos, textos teológicos y eclesiásticos, la regla monacal de su hermana e incluso un diccionario de sinónimos.

En la parte moral su estilo es expresivo y usa el lenguaje de un corazón que rebosa sentimientos de piedad y de fe. Y aunque la elegancia y pulcritud de su estilo no eran prendas consideradas en aquel entonces, las palabras de este padre eran claras y agradables. Era también muy versado el santo en los idiomas latino, griego y hebreo.

San Ildefonso nos cuenta que este santo gobernó su iglesia cerca de cuarenta años. Siendo de casi ochenta años de edad, aunque las numerosas fatigas habían quebrantado su salud, jamás interrumpió sus ejercicios y trabajos ordinarios. Durante los últimos seis meses de su vida aumentó sus limosnas con tanta profusión, que los pobres de todo el país llegaban como tropas a su casa día y noche.

Conociendo que ya se acercaba su fin, suplicó a dos obispos que fuesen a verlo. Se fue con ellos a la iglesia, donde uno le cubrió con un sayo de silicio, y otro le puso en la cabeza la ceniza. Y así vestido con el hábito de penitencia levantó sus manos al Cielo, rezó con gran fervor y pidió en voz alta el perdón de sus pecados. Después recibió el cuerpo y Sangre de Nuestro Señor de manos de estos obispos, se encomendó a las oraciones de todos los que estaban presentes, perdonó las deudas a todos sus deudores, exhortó al pueblo a tener caridad, y mandó que todo el dinero que tenía fuese distribuido entre los pobres.

Hecho esto volvió a su propia casa y partió pacíficamente de esta vida al cuarto día, que fue el 4 de abril del año 636, como testifica expresamente Edempto, su discípulo, que se hallaba presente a la hora de su muerte. Su cuerpo fue enterrado en su Catedral entre los de su hermano Leandro y su hermana Florentina. Fernando, Rey de Castilla y León, recobró de los musulmanes sus reliquias, y las colocó en la iglesia de San Juan Bautista en León.

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