San Ireneo: La Iglesia y los herejes

“De igual manera que el sol, criatura de Dios, es uno solo e idéntico para todo el mundo, así la luz de la verdadera predicación resplandece e ilumina a todos los hombres que desean llegar al conocimiento de la verdad. Ni el más elocuente de los predicadores de la Iglesia enuncia más de lo dicho — nadie es superior al maestro —, ni el menos elocuente disminuye las enseñanzas tradicionales. La Tradición es única e idéntica, y nadie puede añadir ni quitarle cosa alguna. (…) Nosotros custodiamos fielmente esta doctrina recibida de la Iglesia, que como licor precioso contenido en un buen vaso, constantemente se rejuvenece por obra del Espíritu Santo, y hace también joven al vaso en que se encuentra. Esta doctrina es el don de Dios confiado a la Iglesia, es como el soplo de vida inspirado por Dios sobre el barro que había plasmado (Gen 2:7), y contiene el don de Cristo, es decir, el Espíritu Santo, garantía de incorrupción, soporte de nuestra fe y escala para subir a Dios.

En la Iglesia, en efecto, Dios estableció apóstoles, profetas y doctores (1 Cor 12:28) y realizó todos los demás efectos del Espíritu, de los que no participan aquéllos que con su equivocada doctrina y su pésima conducta, se privan por sí solos de la vida. Donde está la Iglesia, allí se encuentra el Espíritu de Dios, y donde se encuentra el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda gracia; y el Espíritu es la Verdad. Por esto, quienes no lo poseen no se alimentan de los pechos de la madre para conservar la vida, y no reciben nada de la fuente purísima que mana del Cuerpo de Cristo (Ap 22:1; Juan 7:37; Jer 2:13), y beben de la tierra el agua infecta del estiércol, y huyen de la Iglesia para no ser argüidos de su error, y rechazan el Espíritu para no ser instruidos.

Habiéndose convertido en extraños de la verdad, quedan condenados a revolcarse en el error, agitados por sus propios vaivenes, cambiando de pensamiento según los tiempos, sin tener nunca una opinión estable, ya que prefieren disputar acerca de las palabras en lugar de convertirse en discípulos de la verdad. No están fundados en la única piedra, que es Cristo, sino sobre arena, compuesta de numerosas piedrecillas. Por esto se fabrican muchos dioses y siempre tienen la excusa de buscar, pobres ciegos, sin llegar nunca a encontrar lo que buscan. Y la razón es que blasfeman del verdadero Dios, el único que puede dar la gracia de encontrar, porque piensan haber encontrado otro Dios. No resplandece para ellos la luz de Dios, pues le han injuriado y despreciado”…

(San Ireneo de Lyon, Contra las herejías, I, 10; III, 94).

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