San Enrique II, Emperador

San Enrique, de sobrenombre el Piadoso, fue hijo de Enrique Duque de Baviera, y de Gisella, hija de Conrado Rey de Borgoña, y nació en el año 972. Descendía de Enrique el Cazador, y hermano de Othon el Grande. Por consiguiente era deudo muy próximo de los tres primeros Emperadores llamados Othone. San Wolfgango, Obispo de Ratisbona, que era el prelado más eminente de Alemania por su doctrina y piedad, recibió bajo su tutela e instrucciones a nuestro príncipe, y con sus lecciones excelentes y su ejemplo hizo desde su misma infancia progresos admirables en doctrina y en la práctica de las virtudes cristianas.

La muerte de su amado maestro y director espiritual, acaecida en el año 994, fue para él una aflicción terrible. Al año siguiente de ésta sucedió a su padre en el Ducado de Baviera, y en el de 1002 por muerte de su primo Othon III, fue también electo Emperador. En el mismo año fue coronado Rey de Alemania en Mentz por el Arzobispo de aquella ciudad.

Siempre tuvo a la vista los grandes riesgos a que se exponían los que se hallaban en el poder, y que todas las cosas humanas eran como un edificio de arena, que cualquier intemperie amenaza a su ruina, o su desfiguración como mínimo. Estudiaba en la vasta extensión, y en la importancia de las obligaciones que acompañaban inseparablemente a su dignidad, y con la continua práctica de las humillaciones, oración y meditación piadosa, mantenía en su corazón el espíritu necesario de humildad y santo temor, y se disponía a llevar con una templanza ejemplar el brillo de las prosperidades,y de los honores anexos a su dignidad. Hizo sus mayores esfuerzos por promover en todas las cosas el honor de Dios, la exaltación de la Iglesia, y la paz y fidelidad de sus pueblos.

Poco después de su elevación al trono entregó el Ducado de Baviera a su cuñado Enrique el Mayor.Procuró que se juntase un Concilio nacional de los Obispos de todos sus dominios, que fue en efecto convocado en Dortmund en Westfalia en el año 1005, para arreglar muchos puntos de disciplina, y esforzar la observancia del os Cánones. A su celo fue debida la convocación de otros muchos Sínodos provinciales para el mismo intento en varias partes del Reino. Estuvo presente en el de Frankfurt, celebrado en el año 1006, y en otro de Bamberg en el 1011.

La protección de que era deudor a sus vasallos le llevó algunas veces a la guerra, y en todas salió vencedor. Con su prudencia, valor y piedad sosegó una rebelión doméstica que se levantó a principios de su reinado, y sin dar un sólo golpe compelió a los descontentos a rendir las armas a sus pies, después de lo cual les aceptó de nuevo. Dos años después desvaneció en Italia otra, en que Ardovino, caballero lombardo, se había hecho coronar Rey de Milán. Éste después de derrotado reconoció la obediencia y obtuvo su perdón. Cuando volvió a rebelarse marchó contra él el mismo Emperador a Italia, le venció en batalla, y le privó de sus territorios, pero no queriendo quitarle la vida Ardovino se arrepintió y se hizo monje.

Después de esta segunda victoria Enrique entró triunfante en Roma, en donde en el año 1014 fue coronado Emperador con gran solemnidad por el Papa Benedicto VIII. En esta ocasión dio las mayores pruebas de su devoción a la Santa Sede, confirmándole las donaciones hechas por varios Emperadores anteriores, especialmente de la Soberanía de Roma y del Exarcado de Rávena. Y después de una corta estadía en Roma, se despidió del Papa, y a su regreso a Alemania celebró los días de Pascua en Pavia. Poco después visitó el Monasterio de Cluny, al que donó el globo Imperial de oro que el Papa le había regalado, y una Corona del mismo metal engastado en piedras preciosas.

Cumplió varias devociones en otros Monasterios que estaban en el camino, dejando en todos algún rico monumento de su devoción, y de su generosidad. Pero la oblación más valiosa que hizo a Dios fue el fervor y la pureza del afecto con que renovaba la consagración de su alma a Él en todo lugar, y por todas partes, especialmente a los pies delos Altares. Caminando por Lieja y Triers llegó a Bamberg, en cuya ciudad había erigido últimamente una rica Silla Episcopal, y edificado una suntuosa catedral en honor de San Pedro, para cuya consagración había hecho un viaje especial a Alemania en el año 1019 el papa Juan XVIII.

El Emperador obtuvo de este Pontífice en una solemne embajada la confirmación de ésta y de otras muchas fundaciones piadosas Porque había erigido y dotado otras iglesias además de los dos monasterios de Bamberg, y hecho iguales fundaciones en muchas otras partes, extendiendo de este modo sus piadosas intenciones en honor de Dios, y en alivio de los pobres hasta el último momento de su vida.

Bruno, Obispo de Ausburgo, hermano del Emperador, Enrique Duque de Baviera, y otros parientes del santo se quejaban de que emplease todo su patrimonio en estas fundaciones religiosas, y aún llegaron al extremo de tomar el Duque de baviera, y otros príncipes las armas contra él en el año 1010. Pero el piadoso y valiente Emperador los derrotó en campaña, y después perdonó a todos los rebeldes, y les restituyó la Baviera y otros territorios de los que se había apoderado.

Los habitantes idólatras de Polonia y Esclavonia habían atacado la diócesis de Meersburgo, y destruido aquella iglesia y otras. San Enrique marchó contra estas naciones bárbaras, y habiendo puesto su ejército bajo la protección de los mártires San Lorenzo, San Jorge y San Adriano, quienes fueron vistos peleando en la batalla, derrotó enteramente a los infieles. Había hecho voto de restablecer la Silla de Meersburgo, en caso de que ganase la victoria, y también había mandado a comulgar a todas sus tropas el día antes de aquella batalla que se dio cerca de la misma ciudad.

Apoderándose de los bárbaros un gran pánico desde el principio de la acción, se rindieron después a discreción. Los príncipes de Bohemia se rebelaron, pero fueron reducidos con mucha facilidad. El victorioso Emperador reparó con gran magnificencia, y restituyó las Sillas Episcopales de Hildesheim, Magdeburgo, Estrasburgo, Mismia y Meersburgo, e hizo a toda Polonia, Bohemia y Moravia tributarias del Imperio. Procuró que fuesen predicadores a instruir en la fe a los bohemios y polacos, y promovió muchas de las empresas de San esteban, Rey de Hungría, y tuvo gran parte en su celo apostólico por la conversión de su pueblo.

La protección de la cristiandad, y especialmente la de la Santa Sede, obligó a San Enrique a llevar sus armas a los confines de Italia, donde venció y derrotó a los sarracenos, con sus aliados los griegos, y los echó de Italia, dejando un gobernador en las provincias que había conquistado, y permitiendo a los Normandos gozar en paz de los territorios que habían quitado a los infieles, aunque con la condición de no volver sus armas contra Nápoles ni Benevento.

Volvió por Monte Casino y fue recibido en Roma con el mayor agasajo y honor. Pero mientras estuvo en aquella ciudad contrajo una afección en una pierna por la cual quedó cojo, y se mantuvo así hasta su muerte. Pasó por Cluny, y en el ducado de Luxemburgo se vio con Roberto, Rey de Francia, hijo y sucesor de Hugo Capeto. Se había convenido, por evitar etiquetas sobre la preferencia, que se viesen ambos príncipes en sus barcos sobre las aguas del Meusa, que era en aquel tiempo término divisorio de sus respectivos dominios. Pero impaciente Enrique por abrazar y arraigar una amistad con un Rey tan grande y virtuoso, le hizo una visita a Roberto en la su tienda, y después le recibió también en la propia.

En el año 1006 había habidos guerras entre estos dos príncipes, en que el Emperador había derrotado al francés, pero deseoso siempre de gobernar sus dominios en paz, había dado oídos a negociaciones pacíficas. En esta conferencia, que la tuvieron en el año 1023, sólo trataron de los negocios más importantes de la Iglesia y del Estado, y de los medios más conducentes para el adelantamiento de la piedad, religión y bien público de todos los vasallos. Después de las muestras más cordiales de una sincera amistad, se despidieron ambos Reyes, y San Enrique prosiguió su viaje a Verdún y mentz. Hizo algunas visitas aus dominios por promover la piedad, enriquecer las iglesias, aliviar a los pobres, reformar abusos y precaver injustas opresiones. No quería más heredero en la tierra que el mismo cristo en sus miembros, y no iba a ningún lugar donde no dejase esparcido el suave olor de su piedad y la grandeza de su generosidad.

Es increíble la atención que prestaba aún a los temas de menor importancia, en medio de la multitud de ciudadanos que acompañaba siempre al gobierno de un estado. Nada escapaba a su vigilancia. Y al mismo tiempo que era sumamente celoso y vigilante de cada una de las obligaciones que debía al público, no olvidó jamás el cuidado de su propia alma, ni la regulación y cuidado de sus acciones interiores.

Sabía muy bien que la vanagloria y la soberbia son los vicios más peligrosos, los más difíciles de descubrir y los últimos que se vencen en la conquista espiritual del alma. Sabía también que la humildad es el cimiento de toda virtud verdadera, y que en ella consisten todos los progresos en nuestro camino en la perfección cristiana. Por tanto, mientras más elevado se consideraba en honores mundanos, más estudiaba en humillarse, de modo que se dice que no hubo jamás humildad mayor en monarca. Amaba y privilegiaba a aquellos que le hacían presentes sus yerros y faltas, las que siempre estaba dispuesto a confesar y corregir. Por malos informes abrigó durante algún tiempo en su pecho cierta oposición a San Herberto, Arzobispo de Colonia, pero descubriendo la inocencia y santidad de aquel prelado se echó a sus pies, y no quiso levantarse sin la absolución y el perdón. Desterraba de su presencia a todo lisonjero, llamándoles pestes de las Cortes. Con la continua mortificación tenía siempre sujetas sus pasiones, y no veía menos peligroso al amor al mundo, especialmente entre honores y abundancias.

La oración fue al parecer la principal delicia y consuelo de su alma, especialmente en el oficio público de la Iglesia. Asistiendo un día a este ejercicio santo en Estrasburgo deseó con tan vivos deseos permanecer allí siempre para no cesar de cantar las divinas alabanzas entre los canónigos devotos de aquella iglesia, que fundó en ella una nueva Canongia, para que el que la poseyese cantase en su nombre aquel oficio, ya que le era imposible su asistencia personal. Con este mismo espíritu de devoción se ha establecido también que los Reyes de Francia sean Canónigos de Estrasburgo, León y otros lugares, como lo habían sido en primer lugar los Emperadores, y en el último los Duques de Borgoña.

El Santo Sacramento del Altar, y el Sacrificio de la Misa fueron objetos de la más tierna devoción de Enrique. La Madre de Dios era honrada en él como su principal patrona, y entre otros ejercicios con que se encomendaba a su intercesión tenía la costumbre de ir en cualquier población al anochecer a un sitio o iglesia que estuviese dedicada a Dios bajo su nombre a rezar y velar, como lo hacía en Roma en Santa María la Mayor.

Tenía una devoción muy singular a los santos Ángeles, y a todos los Bienaventurados. Y aunque vivía en el mundo desprendido perfectamente de él en sus afectos y en su corazón, deseó con la mayor eficacia renunciar enteramente de sus pompas antes de su muerte, y pensó en señalar para lugar de retiro la Abadía de San Vannes en Verdum. Pero le apartó de este pensamiento y de su ejecución Ricardo, santo Abad de aquella casa.

Se había casado con Santa Cunegunda, pero vivía con ella en perpetua castidad, a la que se habían obligado ambos por voto. Sucedió que acusaron falsamente a la Emperatriz de incontinencia, y San Enrique no dejó de moverse a tan atroz calumnia. Se rectificó ella con juramento, y con la prueba de fuego, paseando con los pies desnudos sobre unas parrillas de hierro ardiendo, sin la menor lesión. Condenó su marido severamente su fácil credulidad, y le dio la satisfacción más grande que quiso exigir. En su última enfermedad la encomendó a los parientes de ella, y a sus amigos, declarando que la dejaba virgen intacta.

Decayó su salud algunos años antes de su muerte,que le sobrevivo en el castillo de Grona cerca de Halberstadt en el año 1024, el 14 de julio, a sus 52 años de edad. Habiendo reinado 22 desde su elección, y 10 años y 5 meses desde su coronación en Roma. Su cuerpo fue enterrado en la Catedral de bamberg con la pompa más magnífica, y las lágrimas no fingidas de sus vasallos.

El gran número de milagros que Dios se dignó obrar por él declaró su gloria en los Cielos, mereció su canonización hecha por el Papa Eugenio III en el año 1152, y que se guardase su festividad al día siguiente al de su muerte.

(De su vida publicada por Surio y Andilly, y de los historiadores Sigeberto, Glabero, Dithmaro, Lambergo de Aschaffenburgo, León Urbevetano en sus dos Crónicas de los Papas y Emperadores, y los Anales de Baviera por Aventino).

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