San Elesbaan, Rey de Etiopía

Los etíopes Axumitas, cuyos dominios se extendían desde la Costa Occidental del Mar Rojo muy adentro del continente, eran en el siglo VI una nación floreciente y poderosa. San Elesbaan, Rey suyo, en el reinado de Justino el Mayor, no tenía otro designio en todas sus ideas y acciones que procurar por todos los medios posibles la felicidad de sus pueblos, y la honra y gloria de Dios. 

La dulzura y prudencia de su gobierno fue una prueba sensible de cuán dichosa bendición es la que goza un pueblo con un Príncipe libre de las pasiones desordenadas, y de los propios intereses, cuyas monstruosas miras son las que pueden convertir un gobierno en tiránico.

Este buen Rey, no obstante su dulzura, se vio obligado a emprender la guerra. Pero los motivos de ella fueron la justicia y la religión; y la exaltación de ambas fue fruto de la victoria. Los árabes Homeritas habitaban la parte superior de la Costa Orientan el el seno del Mar Rojo, en Arabia. Esta nación estaba llena de judíos, y Dunaam, quien también lo era y que había usurpado aquella dignidad soberana, perseguía cruelmente a los cristianos.

San Gregencio, que era árabe de nacimiento y Arzobispo de Taphar, metropoli de este país, fue desterrado por él en el año 520. San Aretas, Gobernador de la ciudad de Neogran, fue decapitado con cuatro compañeros por su constancia en la fe. Su mujer y sus hijas también padecieron la muerte por la misma gloriosa causa, y son honrados como mártires el día 24 de octubre en los calendarios Romano, y otros Orientales, Occidentales y Moscovitas.

El Emperador Justino el Mayor, cuya protección habían implorado los cristianos perseguidos, empeñó a Elesbaan a pasar sus fuerzas a la Arabia, y arrojar del trono al usurpador. El celoso Príncipe le cumplió tan justos deseos, y habiendo derrotado al tirano con la ayuda divina, usó de su victoria con la mayor moderación y clemencia, restableció la religión, restituyó del destierro a San Gregencio, y reparó la viña que había destruido Dunaam. Reedificó la iglesia de Taphar, y quiso él mismo preciarse de su arquitecto poniendo con su mano la primera piedra al edificio. Colocó en el trono a Abraamio, piadoso cristiano que gobernaba con los consejos de San Gregencio.

Este famoso Prelado tuvo una gran conferencia con los judíos, y escribió un libro contra ellos y contra sus vicios, que se halla en griego en la Biblioteca Imperial de Viena. San Gregencio murió el 19 de diciembre del año 552.

Baillet nos dice que San Elesbaan renunció a su corona a poco de haber vuelto a sus dominios, pero Nonno, en su Legacía (Ap. Phot. Cod. 3) testifica en el año 527, varios después de la guerra, que a la sazón residía Elesbaan en Axuma, ciudad grande y capital de Etiopía. Al fin este buen Rey, dejando sus dominios a un hijo que fue heredero de su celo y piedad no menos que de su reino, envió su real diadema a Jerusalén, se visitó de sayal y se retiró secretamente de noche de su palacio y de la ciudad a un santo monasterio situado en una montaña desierta, donde tomó el hábito monástico y se encerró en una celda todo el resto de su vida.

No sacó consigo de palacio más que una manta o estera en la que echarse, y una copa para beber. Su alimento era únicamente pan, con que tomaba a veces algunas hierbas, y jamás bebía más que agua. No quería distinción alguna entre los demás hermanos, y era el primero en todas las obligaciones y actos religiosos de la Comunidad. Nunca tuvieron entrada con él los seculares, y toda su ocupación eran ejercicios de penitencia, y contemplación en las cosas celestiales; y conversar con Dios en la oración hasta que tuvo la dicha de que Dios le llamase para sí con una muerte feliz.

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