San Edmundo, Rey y Mártir

Aunque desde el tiempo del rey Egberto, en el año 802, los reyes de los sajones occidentales fueron monarcas universales de toda Inglaterra, reinaron no obstante algunos Príncipes en algunas partes de ella después de su tiempo, aunque subordinados a él en cierta forma. Offa era el Rey de los anglos del este, y deseoso de acabar sus días en penitencia y devoción en Roma, renunció a su corona a favor de San Edmundo, que en ese entonces no tenía más que quince años, pero era un príncipe muy virtuoso, y descendiente de los antiguos reyes anglosajones de la isla. 

Fue pues colocado el santo en el trono de sus mayores, como lo expresan Lydgate, Ablon y otros, y coronado por Humberto, Obispo de Elman, en el día de Navidad del año 855, en Burum, Ciudad Real, sobre el Stour, llamada luego Buers, que Hearne cree sería Sudbury. 

Aunque muy joven, por su piedad, bondad y demás virtudes es modelo de los buenos Príncipes. Era enemigo declarado de todo lo lisonjero, y quería siempre ver con sus propios ojos, y oír con sus propios oídos, y no sólo a través de sus Consejeros, para no poder ser fácilmente engañado por los malos designios de otros. La paz y la felicidad de su pueblo eran todo su anhelo, y procuró dar una administración recta e imparcial de justicia, y una dirección religiosa a sus dominios. Era padre de sus vasallos, particularmente de los pobres, protector de viudas y huérfanos, y el apoyo de débiles y necesitados. La religión y la piedad fueron los distintivos principales de su carácter. 

Los monjes y los devotos acostumbraban en aquel tiempo aprender de memoria el salterio para rezarlo mientras estaban ocupados en sus labores. Para hacerlo así, Edmundo vivió un año entero retirado en su Real Torre de Hunstanton, que él mismo había erigido para su retiro campestre, cuyo lugar es actualmente el pueblo de Norfolk. El libro que el santo usó para esto se conservó en San Edmundsbury hasta la extinción de las Abadías. 

Quince años había reinado este santo Príncipe cuando los Danos infestaron sus dominios. La Crónica Danesa refiere que Regner Lodbrog, Rey de Dinamarca, fue hecho prisionero y muerto en Irlanda, cuando hizo en ella su irrupción. Le sucedió Haraldoklag, que había huído de su tiranía y se había acogido a Ludovico Pío en Germania. Pero después de haber recibido la fe cristiana recayó en la idolatría. Después de este reinaron Sywardo III y Erico I y II. El último fue convertido a la fe al final de sus días por San Anscario. 

En su tiempo atacaron Inglaterra los hijos de Regner Lodbrog después de haber subyugado Noruega. Los nombres de estos fueron Erico, Orebico, Godofredo, Hinguaro, Hubba, Ulfon y Biorno, los cuales con un poderoso ejército que levantaron en los reinos del Norte, principiaron sus aventuras y piraterías. Hinguaro y Hubba, dos de estos hermanos, los más bárbaros de cuantos piratas daneses se conocieron en aquellos tiempos, desembarcaron en Inglaterra, e invernaron en el este. Habiendo hecho por entonces una tregua con aquella nación, en verano se embarcaron para el norte, y tomando tierra en el puerto de Twida, entraron a fuego y sangre en Northumberland, y después en Mercia, dirigiendo su marcha por los Condados de Lincolna, Northampton y Cambridge. 

Llevados por el furor de la rabia y la crueldad, y de una aversión implacable al nombre cristiano, destruían por todas partes iglesias y monasterios, y arrebatados de un movimiento bárbaro de inhumanidad asesinaban a cuantos sacerdotes y religiosos encontraban. En el magnífico Monasterio de Coldingham, no temiendo sus monjas la muerte, sino los insultos que podían cometer contra su castidad, a instigación de Santa Ebba, Abadesa de aquella casa, se cortaron todas las narices y el labio superior, para presentarse a los bárbaros en una figura espantosa y terrible, cuyo horroroso espectáculo fuese la salvaguarda de su virtud. En efectos los infieles temblaron a su vista, perdonaron la violación de su castidad, pero las pasaron a todas por cuchillo.

En esta misma irrupción fueron echados por tierra y muertos los religiosos habitantes de los Monasterios de bardney, Croyland, Peterborough, Ely y Huntinghton. en la Catedral de Peterborough se muestra un monumento, llamado Monks-Stone, conducido allí desde un sitio donde no había edificio alguno, en el que hay efigies de un Abad y varios monjes. Estaba en un lugar en que habían sido enterrados ochenta monjes de esta misma casa, a quienes mataron Hinguaro y Hubba en el año 870. 

Sedientos de sangre aquellos bárbaros invadieron los dominios de San Edmundo, quemando Thetford, que fue la primera ciudad que hallaron, y devastando y talando cuanto por delante encontraban. Los pueblos confiándose en los tratados se creía seguro, y estaban descuidados. No obstante el buen Rey juntó las fuerzas que pudo, salió al encuentro de los atacantes, cerca de Thetford, y los derrotó. Pero viendo que en poco tiempo se reforzaban con nueva gente, contra cuyo número no podía sostener el de sus tropas, no queriendo sacrificar en vano las vidas de sus soldados, y temiendo también la pérdida de tantas almas infieles como perecerían en un combate sin fruto, despidió a sus gentes y se retiró hacia el castillo de Framlingham en Suffolk. 

Los bárbaros le habían envidado proposiciones que ni se conformaban con la religión ni con la justicia que el Rey debía a su pueblo. Las desechó el santo, resuelto antes a morir víctima de su fe que hacer alguna cosa contra su conciencia y religión. En su fuga fue sorprendido y cercado en Hoxon sobre el Waveney por los infieles que le siguieron. Se escondió y estuvo oculto algún tiempo, pero habiendo sido descubierto le cargaron de pesadas cadenas, y le condujeron a la tienda del General. 

Le volvieron a ofrecer capitulaciones igualmente perjudiciales a la religión y a su pueblo, que rehusó aceptar el santo rey, declarando ser más apreciable para él la religión que la vida, que nunca compraría a precio de ofender a Dios. Airado Hinguaro con esta respuesta, mandó enfurecido que le maltratasen con correas, después que le atasen a un árbol y le estuviesen azotando mucho tiempo. Con increíble paciencia y mansedumbre sobrellevó todo esto, sin cesar de repetir el nombre de Jesús. 

Los infieles, cada vez más exasperados, conforme estaba atado al árbol le hicieron blanco de sus tiros, y le cubrieron el cuerpo de flechas hasta ponerlo como un puercoespín, hasta que al fin Hinguaro, para completar su sangrienta crueldad, le mandó cortar la cabeza. Así acabó el santo su martirio el 20 de noviembre del año 870, el quince de su reinado y contando con sólo veintinueve. 

La cabeza del santo fue llevada por los infieles a un bosque y arrojada entre sus malezas. pero fue hallada milagrosamente por una columna de luz, y depositada con el cuerpo en Hoxon. Estas sagradas reliquias fueron poco después conducidas a Kingston, llamada desde entonces Edmundsbury, por ser aquel lugar la propia ciudad de San Edmundo y posesión de su patrimonio. Sobre el sitio en que fue enterrado fue erigida una iglesia que más tarde se mejoró en el año 1020. 

Admirablemente cuentan los historiadores británicos la piedad sin igual, la humildad, y la mansedumbre y demás virtudes de este santo Rey, que fue reverenciado por los sucesivos Reyes ingleses como Patrono especial del Reino, y como un perfecto modelo de cuantas virtudes debe tener un Príncipe. 

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