San Canuto, Rey de Dinamarca

San Canuto, o Kanut, Rey de Dinamarca, cuarto de este nombre, fue hijo natural de Swein III, cuyo tío, Canuto también, había reinado en Inglaterra. No teniendo Swein hijos legítimos tomó a su cargo la educación de Canuto, que adornado de excelentes cualidades tanto de alma como de cuerpo, correspondió perfectamente bien al esmero de sus preceptores. 

Es difícil descifrar en qué aventajaba más entre el valor y la conducta o la pericia militar, pero su singular piedad eclipsaba sin duda todos sus demás atributos. Este guerrero limpió de piratas los mares y controló a varias provincias vecinas, que infestaban a Dinamarca con sus irrupciones. 

Esta corona fue electiva hasta el año 1660, y por tanto cuando murió Swein pusieron muchos los ojos en nuestro santo, cuyas eminentes virtudes le calificaban para el trono más que cualquier otro. Pero temiendo la mayor parte su espíritu marcial, prefirieron a su hermano mayor, Haraldo, séptimo de este nombre, quien por su estupidez y sus vicios fue llamado comúnmente el Ocioso. 

Se retiró Canuto a Suecia con el Rey Halstano, que le recibió con las mayores muestras de alegría y estimación. Pero jamás pudo éste persuadirle a que intentase una expedición a Dinamarca. Antes bien, el héroe cristiano empleó todo su poder y todos sus esfuerzos en servicio de su patria. Muerto Heraldo después de dos años de reinado, llamaron a Canuto para sucederle.

Dinamarca había recibido mucho antes la fe cristiana, algunos dicen que en el año 826. Pero faltaba un brazo celoso que instaurase aquella gran obra. Parece que la providencia destinaba a San Canuto para esta labor. Empezó él su reinado por una guerra contra los bárbaros, turbulentos enemigos del Estado, y plantó entonces la fe en las provincias conquistadas de Curlandia, Samogetia y Livonia.

En medio de la gloria de sus victorias se postraba humildemente a los pies de un crucifijo, dejando en ellos la diadema, y ofreciéndose él y su reino al Rey de Reyes. Habiendo establecido la paz y la libertad en sus reinos, y extendido justamente sus dominios, se casó con Eltha, o elix, hija de Roberto, Conde de Flandes, con quien tuvo un piadoso hijo, que fue San carlos, por sobrenombre el Bueno, Conde también después de la misma provincia. 

Su primer cuidado fue la reforma de los abusos domésticos, y para ello estableció severas pero necesarias leyes para una estrecha administración de la justicia, y reprimió la violencia y tiranía de los grandes. Veneraba a los hombres buenos, concedía grandes privilegios e inmunidades al clero, para conciliarles la estimación del pueblo, y nada omitió para convencerles de la obligación de pagarles los diezmos para su subsistencia.

Su caridad y ternura con sus vasallos le hacía estudiar todos los medios posibles de aliviar sus cargas, y de hacerles un pueblo feliz. Manifestó su magnificencia real en edificar y adornar iglesias, y dio la corona que llevaba, que era de excesivo valor, a la iglesia de Roschild en Zelandia, ciudad capital y lugar de su residencia, donde se enterraban los reyes de Dinamarca.

Castigaba su cuerpo con ayunos, disciplinas y silicios. La oración era su continuo ejercicio. Cuando Guillermo el Conquistador se hizo dueño de Inglaterra, envió Canuto sus socorros a los vencidos, pero no hallando estas tropas quién se les uniese fueron deshechas con la mayor facilidad en el año 1069. Algún tiempo después, convidado por los ingleses vencidos, levantó un ejército para invadir aquella isla, y arrojar de ella a los normandos. Pero por traición de su hermano Olao se vio obligado a tomar una ruta alta sobre las costas, y sus tropas desertaron. 

El piadoso Rey, que nunca olvidaba el servicio de Dios, y que juzgó esta ocasión la más propia para hacer que el pueblo pagase el diezmo a sus Pastores, les propuso pagar una pesada imposición en castigo de su deserción, o someterse a la Ley de las Décimas para los Pastores de la Iglesia. La aversión de aquellos a la última les hizo elegir la contribución, con gran mortificación del Rey, que con la esperanza de que cambiasen de resolución, hizo que fuese con todo rigor exigida. Pero los daneses habían sido convencidos por los enemigos de la Fe y del santo Rey, y se rebelaron. 

San Canuto se retiró en busca de seguridad a la isla de Fionta, y fue disuadido de la idea de juntar sus tropas leales por traición de un tal Blanco, que le engañó asegurando que los rebeldes habían ya vuelto a su deber. El Rey fue a la iglesia de San Albano Mártir a sus devociones y a dar a Dios las debidas gracias por tan feliz suceso, pero informados de esto los rebeldes por boca del mismo Blanco cercaron el templo. Cuando el Rey comprendió el peligro en que se hallaba confesó sus pecados al pie del altar, y recibió la santa comunión. 

Sus guardias defendían las puertas, y el mismo Blanco murió en esa contienda contra ellos. Los rebeldes arrojaban piedras por las ventanas, con las que derribaron las urnas de ciertas reliquias de San Albano y San Oswaldo que San Canuto había llevado allí de Inglaterra. Extendiendo el santo sus brazos sobre el altar encomendó su espíritu con el mayor fervor en manos del Señor, diciendo: 

“Yo os ofrezco, Dios mío, este poco de vida que me resta. Muero, Señor, por defender la causa de vuestra Iglesia. Dignáos de recibir con agrado mi pobre sacrificio, y haced que algún día se arrepienta mi pueblo de su pecado, para que Vos se lo perdonéis, así como yo les perdono de todo corazón la muerte que me van a dar”. 

Y dichas estas palabras en esa postura fue herido por un dardo arrojado por una ventana, que le hizo víctima de Jesucristo. Su hermano Benedicto y otros diecisiete murieron con él el día 10 de julio del año 1086. Su inicuo hermano Olao le sucedió en la Corona. Dios castigó a aquel pueblo en ocho años y tres meses de su reinado con un hambre mortal y otras calamidades, como una peste de la cual sólo se encontraba remedio en la invocación del santo Rey. De ese modo testificó el Señor la santidad de su mártir con muchas curaciones milagrosas que se dignó obrar sobre su sepulcro. Por esta razón fueron sacadas sus reliquias de la oscuridad de su tumba, y depositadas en un magnífico túmulo a fines del reinado de Olao. 

Su sucesor, Erico III, era un Príncipe muy religioso y restituyó la piedad y la religión con igual valor que dicha. Envió a Roma a sus embajadores con las pruebas de los milagros obrados y obtuvo del Papa una declaración que autorizaba la veneración de San Canuto como Protomártir de Dinamarca. En esa ocasión se hizo una solemnísima traslación de sus reliquias, que fueron colocadas en una valiosa urna. 

Los primeros predicadores de Dinamarca, Suecia y Noruega fueron sacerdotes ingleses. Los daneses abrazaron entonces celosamente la religión cristiana, pero los suecos aún permanecieron obstinados.

Finalmente, el Papa Clemente X, viendo los muchos milagros que obraba Dios cada día por la intercesión de Su siervo San Canuto, ordenó que se celebrase el oficio en honra de este santo mártir el día 19 de enero en toda la Iglesia universal.

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