San Bernardo habla de San Pedro y San Pablo

“Hoy nos amaneció una solemnidad gloriosa, que consagraron con muerte clarísima unos Mártires insignes, adalides de Mártires, y Príncipes de los Apóstoles. Estos son san Pedro y San Pablo, aquellos dos grandes luminares que puso el señor en el cuerpo de su Iglesia como dos ojos que lo iluminan. Estos se me han dado para maestros y mediadores, a quienes con seguridad pueda encomendarme; ya porque me hicieron notorios los caminos de vida, y ya porque por su intercesión podré subir a aquel mediador que vino a pacificar por medio de su sangre las cosas que hay en los Cielos y en tierra (Colos. 1:20). Porque aquel que en ambas naturalezas es purísimo, aquel que no cometió pecado ni se halló dolo en su boca (1 Pet. 2:22): ¿cómo me atreveré a llegar a Él, yo que soy un pecador, que peco sin medida, porque he pecado sobre el número de las arenas del mar?

Por tanto Dios me dio a mí a estos hombres, que fuesen hombres pecadores, y pecadores grandísimos, que en sí mismos y de sí mismos supiesen cuánto era lo que debían compadecerse de los otros. Porque los reos de crímenes y pecados graves con facilidad perdonarán pecados grandes. Pecó y cometió Pedro un pecado grave, y tan grave que acaso no hay alguno más grande, y esto no obstante tan pronta como fácilmente consiguió el perdón, y lo consiguió de modo que nada perdió de su primado. Y también Pablo, que con tanta singularidad como sin comparación salteó e invadió las entrañas de la Iglesia que nacía, fue traído por la voz del Hijo de dios a la fe, y por muchos daoñs y males suyos, le llenó Dios de tantos bienes, que se hizo un vaso escogido para llevar Su nombre delante de las gentes y los Reyes y los hijos de Israel (Act. 9:15).

Estos son nuestros maestros, que aprendieron más plenamente que todos del maestro universal los caminos de la vida, y nos los enseñan hasta el día presente. ¿Qué es pues lo que nos enseñaron, o enseñan, estos Santos Apóstoles? No el arte de pescar o de hacer tiendas, o algún otro arte semejante, no a leer a Platón, no a indagar las sutilezas de Aristóteles, no a siempre estudiar, y no llegar nunca a la ciencia de la verdad: me enseñaron a vivir. ¿Piensas que es cosa corta saber vivir? Es cosa grande, y para decirlo mejor, es cosa máxima. No vive el que se infla con la soberbia, el que se ensucia con la lujuria, el que se inficiona con las demás pestes, porque esto no es vivir, sino confundir la vida y llegarse hasta las puertas de la muerte. Y buena vida reputo yo padecer males, y hacer bienes, y perseverar así hasta la muerte”.

(San Bernardo de Claraval. En los “Sermones para las principales fiestas de los santos”: Sermón 3. Fray Luís de Granada).

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