San Bernardo: Algunas palabras a los Cruzados

“Si de ningún modo fuera permitido a un cristiano hacer la guerra, ¿por qué pues el Precursor del Salvador declaró en el Evangelio que los soldados deben estar contentos con sus pagas (Luc. 3:22), y no prohibió toda suerte de guerra? Y si, como es cierto, este es un empleo lícito para todos aquellos que son destinados por Dios a él, y que no están empeñados en otra profesión más perfecta, ¿quiénes, os ruego, le pueden ejercer con más ventaja que nuestros valerosos Caballeros, que por la fuerza de su brazo, y de su coraje conservan generosamente la ciudad de Sion, como el baluarte más fuerte de todo el cristianismo, a fin de que, habiendo echado de él a los enemigos de la Ley de Dios, las naciones fieles que guardan la verdad, puedan con toda seguridad entrar allí?

Que dispersen, pues, y que disipen con seguridad a los infieles que buscan la guerra, y que aquellos que nos conturban continuamente sean exterminados; y arrojados de la ciudad del Salvador todos los impíos que cometen la iniquidad; que anhelan robar los inestimables tesoros del pueblo cristiano, de que la ciudad de Jerusalén es el sagrado depósito, a profanar las cosas santas y a poseer el santuario de Dios como si fuera heredad suya.

Que las dos espadas de los fieles sean vibradas contra las cervices de los enemigos, a fin de destruir toda altura, que quiere elevarse contra la ciencia de Dios, que es la fe de los cristianos, de temor de que los gentiles no digan un día: ¿Dónde está el Dios de estas naciones?…

¿No es cierto, Señor, que yo aborrecía a todos aquellos que os aborrecían, y que yo me consumía de cólera contra vuestros enemigos? (Salm. 143:21) Los soldados de Cristo se echan como leones sobre sus contrarios, mirando las tropas enemigas como unos rebaños de ovejas, y aunque en muy corto número no temen en manera alguna la multitud de sus soldados ni su crueldad, enteramente bárbara. Igualmente, ellos están instruidos en no presumir nada de sus propias fuerzas, sino en esperarlo todo del poder del Dios de los Ejércitos. La victoria de la guerra no viene del gran número de soldados, sino que toda la fortaleza viene del favor del Cielo. Esto mismo es lo que ellos han experimentado frecuentemente, hasta haber visto muchas veces a un millar de hombres puestos en huida casi por uno sólo, y diez mil por dos solamente…

Este es el nuevo género de milicia, y no conocido en los siglos pasados; en el cual se dan a un mismo tiempo dos combates con un valor invencible: contra la carne y la sangre; y contra los espíritus de malicia que están esparcidos en el aire. Y, a la verdad, yo hallo que no es maravilloso ni raro resistir generosamente a un enemigo corporal con las solas fuerzas del cuerpo. Tampoco es cosa muy extraordinaria, aunque sea loable, hacer guerra a los vicios o a los demonios con la virtud del espíritu, pues se ve esto en los monjes, que están continuamente en este ejercicio. Mas, ¿quién no será sorprendido de pasmo por una cosa tan admirable y tan poco usada como es ver el uno y el otro hombre poderosamente armado de estas dos espadas, y notablemente revestido del ceñidor militar? Ciertamente este soldado es intrépido, y está seguro por todas partes, cuyo espíritu se halla armado del casquete de la fe, igualmente que su cuerpo de la coraza de hierro. Pues estando fortalecido con estas dos suertes de armas, no teme ni a los demonios ni a los hombres.

El peligro o la victoria del cristiano se debe considerar, no por el suceso del combate, sino por el afecto del corazón. Si la causa de aquel que pelea es justa, su éxito no puede ser malo, así como el fin no puede ser bueno si es defectuoso su motivo, y no es recta su intención.

Valerosos caballeros, marchad con seguridad, echad fuera con un coraje intrépido a los enemigos de la cruz de Jesucristo, y estad ciertos de que ni la muerte ni la vida podrán separaros de la caridad de Dios que está en Jesucristo, rumiando con frecuencia dentro de vosotros en todos los peligros estas palabras del Apóstol: ‘Sea que vivamos o sea que muramos, nosotros somos para Dios!'” (Rom. 14:8).

(Extractos del “Libro de la excelencia de la nueva milicia”, dirigido a los Caballeros del Templo de Jerusalén. San Bernardo de Claraval).

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