San Apolonio

(Senador, Apologista y Mártir)

Marco Aurelio había perseguido desde el principio a los cristianos, porque era un pagano de los más acérrimos; pero su hijo Cómmodo, que le sucedió en el Imperio en el año 180, pasado algún tiempo, y aunque fue un hombre vicioso, se mostró favorable a ellos, debido al afecto que tenía por Marcia, dama a la que había honrado con el título de Emperatriz, y que era admiradora y seguidora de la fé.

Mientras duró esta paz aumentó considerablemente el número de los cristianos, y muchas personas de la primera nobleza se unieron a la bandera de la Cruz, entre las que se contó Apolonio, Senador Romano. En general era tenido por uno de los ministros más sabios y elocuentes del senado, y el amor que profesaba a las letras y la filosofía le habían granjeado el concepto universal de ser uno de los más vivos y cultivados ingenios de su tiempo.

Las frecuentes conversaciones que tuvo con San Eleuterio y San Luciano en aquel intervalo de tranquilidad le hicieron abrir los ojos, añadiéndose el particular estudio con que se dedicó a instruirse en nuestra religión, y a la lectura de los libros sagrados. Lloró amargamente el largo tiempo que había vivido sepultado en las tinieblas de la idolatría, tuvo horror de su ceguera, y rindiéndose finalmente a los apretados impulsos de la gracia, abrió los ojos a las luces de la fe y se sujetó a la ley de Jesucristo, recibiendo el santo bautismo. En poco tiempo nuestro senador recién converso fue prodigio de virtud, modelo de perfección, y uno de los primeros apologistas del cristianismo.

No pudiendo sufrir el demonio – dice Eusebio – la paz que gozaba la Iglesia, ni el gran número de personas ilustres que el ejemplo y el celo de Apolonio sacaban cada día de la ceguedad y el error, empleó para vengarse toda su fuerza y artificios. Incitó a esclavo, llamado Severo, a acusarle de ser cristiano ante Perennis, Prefecto del Pretorio.

El esclavo fue condenado inmediatamente por el mismo Juez, a que le quebrasen las piernas y le quitasen la vida, en consecuencia de un edicto de Marco Aurelio, quien sin revolcar las leyes anteriores contra los convencidos del cristianismo, ordenó que sus acusadores fuesen condenados a muerte. Ajusticiado el esclavo con la sentencia pronunciada en su contra, el mismo Juez envió una orden a San Apolonio intimándole a que renunciase de su religión si apreciaba su vida y su fortuna.

El Santo despreció valerosamente una “libertad” tan ignominiosa, por lo que Perennis remitió su causa al Senado Romano, mandándole comparecer ante este cuerpo para dar razón de su fe. Sobre esto y para este fin compuso el Santo un discurso excelente en defensa de la religión cristiana, y lo dijo en pleno Senado. Y lo pronunció con tanta elocuencia, y con tanta eficacia, que los ánimos más enconados quedaron como cortados y mudos. Fue sin duda un gran día para la gloria de la religión, y ya iban a rendirse todos a la fuerza de la verdad, que aquel héroe cristiano acababa de hacer triunfar en medio del Senado de Roma, cuando el prefecto del pretorio, advirtiendo la impresión que había hecho en los ánimos el discurso de nuestro Santo, y temiendo que los aplausos y aclamaciones con que le celebraban tuviesen consecuencias contrarias a las leyes del imperio, dijo que según ellas no podía ser absuelto ningún cristiano, una vez que fuese judicialmente acusado, si persistía en la fe de Jesucristo; y que así le exhortaba a que mirase por su honra y por su vida, renunciando a la fe, para cuya deliberación solamente le concedía algunas horas de tiempo.

No ignoraba San Apolonio la ley que el emperador Marco Aurelio había dejado en su vigor, aun cuando promulgó la otra, que parecía contraria, de que fuesen condenados a muerte todos los denunciadores de los cristianos. Y así respondió al prefecto, que se admiraba mucho de que tuviese aliento para exhortarle a que mudase su religión, cuando por el discurso que acababa de oír podía conocer el concepto que formaba de la religión cristiana; que no le amenazase con el martirio, porque le hacía saber que ese era el objeto de sus ansias por mucho tiempo, no pudiendo lograr ni mayor honra ni mayor dicha que derramar su sangre por la religión, cuya apología acababa de pronunciar. Y que así a él como al Senado, los exhortaba a que buscasen su salvación, y dejando las impiedades y las extravagancias de los gentiles, abrazasen la religión cristiana.

San Jerónimo, que conoció el discurso en profundidad, no sabía si admirar más su elocuencia o la profunda doctrina tanto sagrada como profana de este autor ilustre, el cual permaneciendo firme en rehusar el cumplimiento de la condición propuesta, fue condenado por un decreto del Senado a ser decapitado en el año 186, el sexto del gobierno de Cómmodo.

Es prerrogativa de la religión cristiana inspirar en los hombres una resolución tal, y formar en ellos un heroísmo tan grande que les haga regocijarse en sacrificar sus vidas a la verdad. Y no es un esfuerzo ni una mera fuerza de la naturaleza, sino un poder nada equívoco del Todopoderoso, cuya fuerza se muestra de esta suerte perfecta en la debilidad. todo cristiano debe ser un apologista de su religión con la santidad y rectitud de sus costumbres. Es un efecto universal del mal ejemplo, el que ningún libertino ni infiel pueda resistirlo. Pero con el escándalo y con el desarreglo en nuestras costumbres peleamos contra Cristo, y ponemos una afrenta en nuestra santa religión.

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