San Antonio María Claret enseña sobre las Virtudes Cardinales

“Hijo mío, las cuatro figuras de esta lámina representan a las cuatro virtudes cardinales: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza. Se llaman cardinales porque son el fundamento y apoyo de las demás virtudes morales, y están arrimadas a esas columnas para manifestar que en ellas se apoya y estriba todo el edificio de las virtudes. 

La Prudencia, representada en la figura nº 1, es virtud cardinal porque dirige a la razón, para determinar con acierto en lo tocante a los actos particulares de todas las virtudes. De aquí es que muestra o dice lo que se debe hacer u omitir en cualquier negocio o acción particular para obrar con rectitud. Lleva en la mano izquierda un espejo, para darnos a entender que así como la persona se sirve de él para mirarse, para limpiarse de las manchas que la afean y adornarse con los atavíos que en sí echa de menos; del mismo modo la Prudencia es como un espejo que con toda fidelidad muestra a cada uno los defectos de que debe enmendarse, y lo que en sí ha de perfeccionar. En la derecha lleva una culebra, para darnos a entender que así como este reptil al verse perseguido abandona todo el cuerpo a fin de salvar la cabeza, así la Prudencia enseña al cristiano que, con tal de salvar la fe, abandone todas las cosas, hasta la vida; y por esto Jesucristo nos dijo: “Sed prudentes como serpientes”. La serpiente o culebra cada año muda su piel y se renueva; un buen cristiano debe imitarla, procurando dejar cada año sus defectos y renovando las promesas hechas en el Bautismo. La culebra como más astuto y prudente animal, animada por el magnífico espíritu, acudió a Eva para engañar a Adán y hacerle pecar en el paraíso terrenal; así el buen cristiano, si quiere alcanzar la gracia del nuevo Adán, Jesús, debe acudir a la nueva Eva, María. Tres son las partes de la Prudencia, dice Santo Tomás: la primera es hallar los medios para la perfecta consecución de la obra, y se llama ‘consejo’; la segunda es apreciar rectamente la aptitud de los medios hallados con respecto o según las actuales circunstancias de la obra, y se llama ‘juicio’; la tercera es un mandato de la razón, que aplica la voluntad a la ejecución de la obra del modo que ha juzgado que debía hacerse, y se llama ‘precepto’

La Justicia es también virtud cardinal, porque ordena la voluntad a dar a cada uno lo que le compete de derecho; y es base de todas las virtudes que miran al prójimo. Es de dos maneras: la una se llama ‘conmutativa’, y la otra ‘distributiva’. La conmutativa es la que procura entre las personas la igualdad de las cosas con la debida proporción; y es la que debe observarse en los contratos, como son las permutas, compras, ventas, alquileres y otros semejantes. Por esta razón, si reparas, la figura nº 2 lleva unas balanzas en la mano, para significar que se debe dar a cada uno lo que es suyo o le pertenece, sin hacer tuerto a nadie. La distributiva es la que reparte los premios o castigos según el mérito o demérito de cada persona. En cuanto reparte premios, como son honores, empleos, pensiones, según el mérito de cada uno, se llama ‘remunerativa’; y en cuanto señala los castigos debidos a los culpados, como son cárcel, destierro, muerte, se llama ‘justicia vindicativa’; y esta es la razón porque la figura nº 2 que es de la Justicia, además de las balanzas que lleva en la izquierda, para denotar que pesa y mira bien lo que a cada uno pertenece, tiene en la derecha una espada, para dar a entender que así como da premio debido al mérito de cada uno, también al culpado le da el castigo merecido, después de averiguada la culpa o crimen. 

Hijo mío, en este valle de lágrimas nunca falta quien retraiga a la razón de obrar bien, y la impida ir por el camino recto: ¡fatal consecuencia del desorden original! Y para más claridad han reducido los teólogos a dos clases estos impedimentos: en la primera se colocan las cosas que espantan, y en la segunda las que deleitando pervierten. De aquí es que la razón necesita de dos virtudes fundamentales que la hagan firme y constante contra las cosas arduas y difíciles, y que la refrenen para no dejarse arrastrar del atractivo de las agradables. La Fortaleza sirve para lo primero, y para lo segundo la Templanza. La primera da vigor a la voluntad para luchar contra lo áspero y dificultoso que ocurre a cada paso en la práctica de las virtudes, y la segunda preserva y libra de los deleites de los sentidos, que con demasiada frecuencia se oponen a la honestidad de las virtudes. 

Por esta razón verás que la figura nº 3, que lo es de la Fortaleza, lleva en las manos una columna, para darnos a entender que así como la columna sostiene, sin ceder, todo el peso que se carga sobre ella; así la persona dotada de esta virtud no retrocede a la vista de los terribles males que la amenazan, y los sufre con ánimo varonil, sin dejarse vencer de los vicios, y superando el temor, que es una pasión poderosa para vencer nuestro corazón. Con los auxilios de la gracia del Señor y apoyados en esta virtud de la Fortaleza, han vencido los santos mártires las amenazas y temores con que trataban de aterrorizarlos los tiranos, y valerosos y constantes han dado la vida por Jesucristo. 

la otra virtud cardinal que, como te dije, preserva la razón de los deleites de los sentidos o del atractivo de las cosas agradables, se llama Templanza, la cual consiste en un hábito que nos inclina a moderar la concupiscencia, principalmente acerca de los deleites nacidos de la comida, bebida y de las cosas impuras, y secundariamente de los otros sentidos. Por esta razón verás que la figura nº 4, que lo es de la Templanza, tiene un jarro en las manos, para darnos a entender que así como cuando un jarro está lleno, no admite más licor, por bueno o exquisito que sea el que quiera echársele, así la persona dotada de esta virtud modera sus apetitos y no se excede en la comida, ni en la bebida, ni en otra cosa alguna de las que puede usar lícitamente, sin dejarse jamás arrastrar del deleite desordenado; y sin embargo de que hay deleites mas o menos vehementes, dominando por consiguiente más o menos a la persona, corresponde siempre a la virtud de la Templanza tener a raya a unos y otros, y sujetarlos siempre a la recta razón y a la ley de Dios. 

Viste, pues, hijo mío, cuán útiles y cuán necesarias son las virtudes cardinales; así que, procura adquirirlas con avidez, y adquiridas guardarlas, porque ellas te conservarán la salud corporal y espiritual, dándote por resultado una vida feliz en este mundo, y aún más en el otro. Al contrario, los vicios a ellas opuestos te harían desgraciado en esta vida, y por último un eterno infierno sería el premio de tus locos desvaríos”. 

(“Catecismo de la doctrina cristiana”. San Antonio María Claret. Ed. VII. Pág. 403. 1851).

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