San Andrés Apóstol

San Andrés, hijo de Juan, nació en Bethsaida, pequeña ciudad de Galilea en la costa del mar de Tiberias. Era pescador como su hermano san Pedro, y con él se había establecido en Cafarnaum, donde Jesucristo había establecido su residencia ordinaria en el tiempo de su perdicación.

Fue discípulo de San Juan Bautista, de cuya boca habiendo oído cómo Jesús era el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, dando acogida a la voz interior del espíritu, siguió al Salvador acompañado de otro discípulo (San Juan, I:35-40.)

San Andrés nos dejó en su obediencia una muestra de la presteza y fidelidad con que debemos seguir el hilo de nuestra vocación, sin dar oídos a las pasiones y a las contradicciones del mundo que la pretenden estorbar. Volvió la cara Jesús, y viendo a estos dos que iban tras él les dijo: ¿Qué buscáis? Respondieron ellos: Maestro, ¿en dónde habitáis? No fue esta una curiosidad vana, sino el deseo de seguir a Cristo. Le seguían para hallarle, y morar con él, y ser de su escuela. Le llaman Maestro, porque de su boca deseaban aprender el camino de la salud.

Les dijo Jesucristo entonces: venid y vedlo. Esta es la invitación de la misericordia, la cual no cierra sus puertas a los humildes, antes bien los atrae a sí, y los hace dignos de mayores mercedes. Fueron ellos en compañía del Salvador, y vieron donde habitaba, y se quedaron en su casa aquel día. Jesús era pobre, y ejercitó la hospitalidad con Andrés y su compañero, no por interés, sino por caridad; no porque de ellos esperase recompensa alguna, sino para poner en ellos otros dones más altos. Desde este día se cuenta la vocación de San Andrés.

Luego que Andrés dejó la compañía del salvador, halló a su hermano Pedro, y le dijo: Ya hemos encontrado al Mesías, esto es al Christo. No escondió el tesoro de la verdad que le mostró el cielo; lo descubrió también a su hermano. La caridad no envidia el bien de nadie, de lo que ella tiene quiere que haya también para los demás.

No sabía entonces Andrés que Dios premiaba su celo por la verdad haciéndole Apóstol del Príncipe de los Apóstoles. Porque no sólo le dio a conocer al Mesías, sino que le llevó a él cuando miró a Pedro y le dijo: Tú eres Simón hijo de Juan, y serás llamado Cefas, que quiere decir Pedro (Juan I:42). Desde entonces quedaron estos hermanos en la escuela del salvador, acudiendo a escuchar su doctrina, sin abandonar el ejercicio de la pesca.

Se cree que con él y con la Santísima Virgen se encontraron en las Bodas de Caná, que se celebraron poco tiempo después, cuando Jesús aún no tenía más discípulos que ellos, Felipe y Nathanael.

Jesús, con motivo de celebrar la Pascua en Jerusalén, se detuvo algún tiempo en Judea, y bautizó en las riberas del Jordán (Juan III:22). Allá fueron Pedro y Andrés, y permanecieron algún tiempo en su compañía, y comenzaron a bautizar en su nombre, que fue la causa de los celos que tuvieron de ellos los discípulos del bautista.

Al volver el Salvador a Galilea, estando a la orilla del mar halló juntos a los dos hermanos, que iban a echar las redes, y les dijo: Seguidme a mí, y os haré pescadores de hombres (Mat. 4:18).

A estos pescadores pobres y sencillos llamaba nuestro Señor para depositar en ellos los tesoros de la fe, del ministerio y de la ciencia de la salud. No aguardaron estos varones a ser llamados una segunda vez. Al instante dejaron las redes y siguieron a Jesús. No los llamó el Señor del trabajo al descanso, sino que les cambia el oficio, mejorándolo al pasarlos de una ocupación baja, incierta y temporal, a otra celestial, provechosa y eterna en su fin.

Entonces vinieron Pedro y Andrés con el Salvador, y no le dejaron hasta su muerte. En el año siguiente escogió el Salvador a sus doce Apóstoles, a cuya cabeza nombran San Mateo y San Lucas a los dos hermanos.

En el milagro que hizo el Salvador alimentando a cinco mil hombres en el desierto, Andrés fue el que dijo: un muchacho hay aquí que tiene cinco panes de cebada y dos peces, mas esto, ¿qué es para tantos? (Juan VI:89).

Algunos días antes de la pasión de Jesucristo, como tenían el deseo de verle algunos gentiles que habían acudido a adorar a Dios en el templo el día de la festividad, le dijeron a Felipe, y éste a Andrés, y ambos a Jesús (Juan XII:20). Uniéndose sin envidia uno y el otro, buscaron atraer gente a Cristo, y darles a conocer su religión y las santas verdades que se enseñan en ella. Y así dijo entonces el Salvador que llegaba la hora en que su misión había de dar un testimonio clarísimo (Juan XII:23), y añadió la parábola del grano de trigo que se pudre y muere para dar mucho fruto (Juan XII:24).

Dos o tres días después de este suceso, como estuvieron con Jesús en el monte de los olivos, Andrés y Pedro, Santiago y Juan, y dijo el Salvador a uno de sus discípulos que el templo magnífico que tenían enfrente sería asolado hasta no quedar en él piedra sobre piedra, Andrés y los otros tres le preguntaron cuándo sucedería esto, y qué señal habría del tiempo en que se había de cumplir, a lo cual respondió el Salvador que no se dejasen engañar por nadie, porque muchos habían de venir en su nombre, diciendo que ellos eran el Mesías, confundiendo de esta manera a muchos (Marc. XIII:2 y sgtes.).

Esto es lo que consta en el Evangelio acerca de San Andrés. Algunos escritores sagrados aseguran que después de la venida del Espíritu Santo fue a predicar a algunas provincias del Asia. Habiendo predicado por algún tiempo en la provincia de Judea, recorrió todas las de Tracia. Eusebio, con el testimonio de Orígenes, dice que anunció el Evangelio en la Scitia, lo cual se entiende de la que pertenece a Europa, desde donde pasó tal vez al Ponto, provincia del Asia menor especialmente a la ciudad de Synope, que por tradición atribuia a San Andrés el establecimiento de su Iglesia.

Teodoreto, San Gregorio Nazianceno y San Jerónimo dicen que de aquí pasó a Grecia. Predicó en el Epiro, en el Peloponeso y en la Achaya. Estuvo en Albania. San Paulino da por cosa cierta que fue enviado a la ciudad de Argos, donde confundió la elocuencia y los razonamientos de los Sofistas, que eran los oradores y los filósofos de aquel siglo.

Después fue a Patras de Achaya, de cuya ciudad dicen que fue Obispo en particular, donde continuó predicando el Evangelio. Egeas era procónsul de la provincia; y al saber lo que pasaba, partió en diligencia a Patras para detener los progresos de la fe, y mantener el culto de sus falsos dioses.

Inflamado San Andrés en celo apostólico, pasó inmediatamente a verse con el Procónsul y le habló en estos términos: “Razón seria, oh Egeas que pues tienes poder para juzgar a otros hombres, reconocieses al Juez que te ha de juzgar a ti y a todos; que reconociéndole, tributases a su soberana grandeza el respeto que se le debe; y que rindiéndole el culto de suprema adoración, en lugar del sacrílego incienso que ofreces a esas falsas deidades, las tratases con soberano desprecio”.

Atónito el Procónsul al oír semejantes palabras, le pregunto: “¿Conque tú eres aquel Andrés que hace profesión de destruir los templos de nuestros dioses y de predicar una nueva religión proscrita por las leyes del imperio?”.

“Esas leyes – replicó Andrés – las promulgaron unos príncipes que no conocieron el gran misterio de nuestra redención, y como el Hijo de Dios desarmó las potestades del infierno, rompiendo las cadenas de nuestra esclavitud para restituirlos a una gloriosa libertad”.

“Con todo esto – repuso el Procónsul – ése que tú llamas Hijo de Dios no pudo ipedir que los judíos le prendiesen, y le hiciesen expirar ignominiosamente en una cruz”. “Es cierto – replicó al Apóstol – que en una cruz expiró. Pero, ¿dónde hay cosa más gloriosa que la cruz? En ella murió por nuestro amor, y por redimir de la culpa a todo el género humano”.

“Poco importa – dijo Egeas – que hubiese sido crucificado por su voluntad o contra ella; basta que lo hubiese sido para que no merezca ser adorado. ¡Buena traza de reconocer por Dios a un hombre que murió en un madero!”. Entonces el santo Apóstol explicó al Procónsul los principales misterios de nuestra religión; la necesidad de ser redimido que tenía el linaje humano después del pecado original; el prodigio de la encarnación del verbo, que se hizo hombre sin dejar de ser Dios, y la pasión de este Dios-hombre para satisfacer por nuestras culpas.

Como Egeas no acertaba a comprender cosa alguna de aquellas sagradas verdades, dijo al Apóstol de Jesucristo que dejándose de palabras vanas, tratase de adorar a los ídolos. Revestido entonces el sagrado Apóstol de la fortaleza que le inspiraba el sacerdocio del Señor, hizo aquella gran confesión de fe que llenó de tanto honor al cristianismo, y es tan decisiva para convencer la verdad del sacramento del altar: “Yo – dijo – todos los días ofrezco a Dios topoderoso, no ya la carne de toros, ni la sangre de castrones, sino el Cordero sin mancilla que fue sacrificado en la cruz: todo el pueblo se sustenta con su carne y con su sangre y después de sustentado todo el pueblo, se queda tan entero como antes: tan vivo permanece el Cordero después de sacrificado, como lo estaba antes del sacrificio”.

Irritado el Procónsul con aquel discurso, mandó que le llevasen a la cárcel. Al día siguiente le hizo comparecer en su tribunal, y habiéndole amenazado con el suplicio de la cruz si no sacrificaba a los dioses lleno el Santo de una generosa y cristiana indignación, le respondió: “Hijo de la muerte, ¿hasta cuándo has de persistir en tu ceguedad y en tu obstinación? ¿Piensas que temo yo los tormentos con que me amenazas? Antes bien los deseo con ardor, y has de saber que ninguna cosa me aflige sino verte a tí tan distante de los caminos del cielo. Ten entendido que cuanto más padeciere, más preciosa será la corona que el Señor me tiene preparada; y cuanto más me acerque a la imitación de sus tormentos, más digno me haré de sus divinas complacencias”.

Mandó Egeas que le azotasen inhumanamente, y después de este suplicio compareció otra vez Andrés en su presencia, llevando impresas en el cuerpo las señales de su heroica constancia. Habló con más elocuencia que nunca sobre la gran dicha de morir en una cruz por amor de Jesucristo, y añadió: “No se debe temer ese tormento que tú me preparas, y que a lo sumo puede durar uno o dos días, siguiéndose a él la recompensa de una gloria tan inmortal. Lo que es digno de temerse, es el tormento sumamente terrible las penas del infierno en que tú te vas a precipitar, que jamás han de tener fin, y siempre serán las mismas”.

Viendo, en fin, Egeas, que nada lograba con un hombre de aquel carácter, le sentenció a que muriese en una cruz. Gritaba el pueblo: “¿Qué delitos ha cometido este justo, este amigo de Dios, para ser condenado a muerte? No se debe sufrir que se lleve a ejecución tan inícua sentencia”. Pero el santo Apóstol, que no cabía en sí de gozo, viéndose tan cerca de morir por Jesucristo, levantando la voz, conjuró al pueblo cristiano a que no impidiera ni retardara su martirio. Luego que vio desde lejos la cruz en que había de ser ajusticiado, fuera de sí de alegría, prorrumpió en estas extáticas voces: “Salve, venerable y santa cruz, que fuiste consagrada por el cuerpo de mi Señor Jesucristo, que descansó en ti. Antes que muriese en tus brazos este amable Salvador eras ignominiosa y terrible; pero después que expiró en tu seno el mismo Dios, estás llena de delicias, y los que te conocen suspiran por rendir el último aliento en tus brazos. Saben bien todos los que tienen fe los dulces consuelos que se encierran en tí, y no ignoran la gloria que está preparada a los que mueren abrazados contigo. Lleno, pues, de gozo y de confianza, vengo hoy a tí. Te ruego que gustosamente me recibas como discípulo de aquel divino Maestro mío que pendiente de tí redimió al mundo. ¡Oh amable cruz, a quien añadió incomparable hermosura la dicha de haber servido de doloroso lecho a mi Señor, que es el Dios de la gloria! ¡Oh cruz, por quien tanto tiempo suspiré! ¡Oh cruz, que con tanto ardor apetecí! ¡Oh cruz, que busqué contínuamente, y que ya, en fin, logran preparada mis amorosas ansias! Recíbeme en tu seno con benignidad; restitúyeme a mi divino Maestro, y tenga yo la dicha de pasar desde tus brazos a los de aquel que en ellos me redimió”.

Luego que llegó a la cruz, le amarraron a ella con cordeles, como lo había mandado el Procónsul. Dos días perseveró en aquel estado, exhortando a los fieles que le rodeaban a que perseveraran en la fe, y menospreciaran los tormentos pasajeros para merecer la gloria inmortal. Movido el pueblo de la paciencia y del valor del santo Mártir, se irritó contra la crueldad de Egeas, el cual, temiendo una sedición, prometió que le haría quitar de la cruz. Efectivamente pasó al lugar del suplicio para ponerlo en ejecución; pero luego de que los verdugos se acercaban a la cruz se sentían sin fuerzas, y quedaban inmóviles sus brazos. Entonces, levantando el santo apóstol la voz, hizo la siguiente oración: “No permitáis, señor, que baje de la cruz vuestro humilde siervo, ya que le hicisteis la gracia de que fuese puesto en ella por la confesión de vuestro santo nombre. Dignaos de recibirme en vuestras manos, penetrado del conocimiento de vuestras grandezas, que he debido a la luz que me comunicó este suplicio. En Vos soy todo lo que soy. Tiempo es ya de que me vuelva a unir a Vos como centro de todos mis deseos, como objeto de todas las amorosas ansias de mi amante corazón”.

Al acabar de pronunciar estas palabras, le rodeó una celestial luz brillante, cuyo resplandor apenas se ponía soportar, y al paso que se iba disipanto este esplendor, se iba desprendiendo del cuerpo su bendita alma; de manera que al desaparecer aquella claridad abrió el santo apóstol los ojos a la luz eterna.

Sucedió su martirio el día 30 de noviembre del año de gracia de 63, durante el imperio de Nerón. Su cuerpo a mitad del siglo IV fue trasladado desde Patras a Constantinopla, y colocado en la Iglesia de lo Apóstoles que edificó Constantino.

Baronio dice que San Gregorio Magno, siendo aún Nuncio de la Santa sede, trajo de Constantinopla a Roma un brazo del Santo Apóstol para colocarlo en el famoso Monasterio que con su invocación había edificado y dedicado. Se dice que el Cardfenal Pedro de Capua, Legado de la Santa Sede en Constantinopla en tiempos del Emperador Francisco, a su vuelta a Italia se trajo el cuerpo de San Andrés, y en el día 9 de mayo de 1210 le io a la Iglesia Catedral de Amalfi, ciudad del reino de Nápoles, donde él estaba, la cual en adelante tomó el nombre del Santo Apóstol. Dice también Baronio que en el siglo XV, en el Pontificado de Pío II, fue llevada a Roma su cabeza.

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