Salve Regina: himno de la primera cruzada

No hay cristiano sobre la tierra ni a lo largo de la historia que no haya endulzado sus labios ni consolado su corazón recitando con piedad, en todo momento, la Salve Regina. A los cielos elevamos esas piadosas súplicas: Salve Reina! Salve Reina, Madre de Misericordia: vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve…

Aun cuando la decadencia de la cristiandad barra poco a poco con la piedad, nadie desconoce la filial oración. Pero, ¡cuántos conocen su origen? Si un puñado la atribuye a San Bernardo de Claraval, muchísimos menos saben que fue compuesta específicamente como un canto de guerra para los Cruzados. ¡Que luz admirable para este tiempo en el que el Islam agrede una vez más a la humanidad!

Este himno es atribuido al obispo de Le Puy, Ademar de Monteil, miembro del Concilio de Clermont, donde fue decidida la primera Cruzada.

Dom Ademar participó de esa Cruzada en calidad de Legado Apostólico y compuso la Salve Regina para que se volviese el canto de guerra de los cruzados.

Originalmente la antífona acababa en estas palabras: nobis post hoc exilium ostende.

La triple invocación con la que termina en la actualidad fue agregada por San Bernardo y merece ser relatado como ocurrió.

En la víspera de la Navidad del año de 1146, San Bernardo, enviado a Alemania como Legado del Papa, hacía su entrada solemne en la ciudad de Speyer, después de un viaje memorable donde los milagros fueron numerosos.

El obispo, el clero y todos los ciudadanos vinieron con gran pompa al encuentro del santo.

Le condujeron, al toque de campanas y de cánticos, a través de la ciudad hasta la puerta de la catedral. Allí, el Emperador y los Príncipes germánicos le recibieron con todas las honras debidas al Legado Papal.

Apenas el cortejo penetró en el recinto sagrado, el coro cantó el himno de los cruzados, Salve Regina, antífona predilecta del piadoso abad de Claraval.

San Bernardo, conducido por el Emperador en persona y rodeado de la multitud del pueblo, quedó profundamente conmovido con el devoto espectáculo que presenciaba.

Acabado el canto, postrándose tres veces, San Bernardo agregó cada una de las exclamaciones, mientras caminaba hacia el altar en el que brillaba la imagen de la Santísima Virgen:O clemens! O Pia! O dulcis Virgo Maria!… Oh clemente! Oh piadosa! Oh dulce Virgen María!

Salve, Regina, Mater misericordiae,
vita dulcedo, et spes nostra, salve.
Ad te clamamus, exsules filii Hevae,
ad te suspiramus, gementes et flentes,
in hac lacrimarum valle.
Eia, ergo, advocata nostra,
illos tuos misericordes oculos ad nos converte;
et Iesum, benedictum fructum ventris tui,
nobis post hoc exilium ostende.
O clemens, O pia, O dulcis Virgo Maria.

V./ Ora pro nobis, Sancta Dei Genetrix.
R./ Ut digne efficiamur promissionibus Christi. Amen.

Dios te salve, Reina y Madre de Misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra,
Dios te salve.
A ti clamamos, los desterrados hijos de Eva;
a ti suspiramos, gimiendo y llorando
en este valle de lágrimas.
Ea, pues, Señora, abogada nuestra,
vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos
y, después de este destierro, muéstranos a Jesús,
fruto bendito de tu vientre.
¡Oh, clemente!, ¡oh, piadosa!, ¡oh, dulce Virgen María!

V./ Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.
R./ Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. Amén.

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