Reflexión sobre la grandeza de nuestra religión

La divina religión que instituyó Jesucristo es tan noble en sus máximas, tan sublime en sus preceptos, tan verdadera en sus promesas, y en sus efectos tan admirable, que esto mismo acredita su grandeza, y aún a los ojos más ofuscados se presenta como superior a cuantas religiones o sectas abrazan los hombres por tenacidad, malicia o capricho.

No se puede dudar que las máximas y leyes de esta religión sacrosanta son las más conformes a la razón natural, cuando ésta no se ha dejado corromper por los vicios. La razón natural dicta que el mundo no se pudo hacer a sí mismo, que debe tener un principio sin principio, una causa eterna y omnipotente que le produjo de la nada; en una palabra, que hay un Dios Creador.

La misma luz natural dicta que a este Dios Creador se le debe adorar y servir, que deben obedecerse sus leyes, que deben impetrarse sus gracias, y que nuestros corazones se deben deshacer en acciones de gracias, porque nos dio el ser que tenemos como omnipotente, y nos conserva como bueno y misericordioso.

La misma razón natural nos enseña que un alma libre, espiritual e inmortal, capaz de recibir eternos galardones o eternos castigos, no puede provenir sino de un Ser infinitamente bueno y justo, que quiso gratuitamente distinguir al hombre de esta manera respecto de las demás criaturas, haciéndole semejante a los mismos Ángeles.

La razón natural dicta que un Dios infinitamente bueno debe ser amado sobre todas las cosas, sin premitir que se traspasen aquellas leyes que prescriben Su honor y Su respeto.

Finalmente, dicta la razón natural que el hombre debe amar a sus semejantes procurándoles todos los bienes, y excusándoles todos los males, teniendo por regla fija: no hagas a los otros lo que no quisieras que fuese hecho contra ti.

Todas estas verdades primeras, que son el cimiento en que estriba la religión cristiana, han sido conocidas por los filósofos gentiles, de manera que en ellas han establecido cuanto se encuentra en sus libros de sólido y verdadero. Pero la religión cristiana ha ensalzado estas mismas verdades, y sacándolas de su esfera les ha dado el carácter de sobrenaturales, enseñando al cristiano que puede creerlas por motivos superiores a toda la naturaleza, cuales son la suma veracidad de Dios y la infabilibilidad de su Iglesia a través de los siglos, que son los puntos cardinales de la firmeza y seguridad de nuestra fe.

Si se compara la excelencia de este modo de pensar con los desaciertos que ha adoptado el entendimiento humano, es preciso confesar que la excelencia de nuestra Religión se aventaja tanto sobre las otras, cuanto dista la luz de las tinieblas, el bien del mal, y una criatura infeliz de un Creador eterno e infinito.

¿Qué monstruosidades no adoptaron los gentiles por puntos de religión? ¿Qué criatura, por ínfima y despreciable que fuese, no les mereció el carácter de la divinidad, tributando adoraciones y sacrificios a los insectos más inmundos y a los entes más insensibles? Se horroriza la imaginación cuando se le presentan los monstruos que adoraron los egipcios, los hombres y mujeres viciosos que tuvieron los griegos por divinidades, y la confusa indiscreción con que los romanos abrazaron los errores de todo el mundo. Aún se horroriza mucho más al ver la bajeza e insulsez de sus sacrificios, y la crueldad con que hacían víctimas a los hombres de unas divinidades que eran muy inferiores a ellos.

Si se junta a estas consideraciones la reflexión de la suma ceguera que han debido tener los hombres para llegar a negar un Ser supremo, y hacerse ateos, se ve más claramente que la religión cristiana, sobre todas sus preeminencias, tiene el singular privilegio de ilustrar el entendimiento para que no adopte los errores, sino antes bien conozca y abrace las verdades.

Así se verifica aquella magnífica promesa que Dios hizo a su pueblo por el profeta Isaías diciendo (cap. 42): ‘Guiaré a los que están ciegos por un camino que ignoran, y haré que dirijan sus pasos por unos senderos que jamás conocieron; haré que las tinieblas se conviertan delante de ellos en luz, y los caminos torcidos en sendas derechas y seguras’. De esta felicidad gozan los que profesan la religión cristiana, y esta misma felicidad es la que acredita su grandeza.

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