Raíces, flores y frutos

Una de las vías más hermosas y elevadas para conocer a Dios es la que nos señala el Doctor Angélico: aquella en que a semejanza de los ángeles elevamos la mirada desde las criaturas y sus perfecciones hasta Dios y, complementariamente, desde las perfecciones divinas descendemos hacia las criaturas comprendiendo sus perfecciones y reflejos. Y así como con las perfecciones, el vicio, el pecado y el error son comprensibles en ascensos y descensos metafísicos.

Observando las modos del amor humano, por ejemplo, podemos comprender las formas de amor a Dios, a Su santa Iglesia y a los afectos y frutos que de ellas se esperan.

Siguiendo la vía angélica resalta una de las causas de los sufrimientos amorosos, sobretodo modernos, pero no exclusivamente contemporáneos: como criaturas nos enamoramos de las flores y los frutos, las formas y cualidades. El asunto en sí no es malo ni condenable por sí mismo. Sin embargo conduce a errores profundos y graves en el tiempo. De las mujeres los hombres aprecian sus pétalos y flores, su hermosura, su carácter y las promesas que ofrece. De los hombres, sus frutos y frondosidad, con sus atractivos físicos y espirituales capaces de ofrecer consuelo, protección y compañía. Y tanto unos como otros aprecian tan sólo aquello que sobresale de la tierra siendo, por la naturaleza de las cosas, la semilla y raíz la que origina todo lo demás. Muchas veces las promesas de un árbol o flor son grandiosas pero ocultan venenos y espinas. Otras, desabridas por las promesas, ocultan enormes beneficios y delicias.

De modo similar, conocemos los medios para remediar aquello que, torcido, no expresa ni representa de momento todo el esplendor propio de la naturaleza de la semilla. En lo opuesto, juzgamos la naturaleza de la semilla para no dejarnos engañar por las flores y frutos que se ofrecen.

Elevando la mirada, podemos comprender estas relaciones entre frutos y semillas, raíces y espesuras, en la relación con la Verdad, de la que es Maestra y guardiana segura la Santa Iglesia.

Podemos distinguir con facilidad entre conservadores y tradicionales, por ejemplo, por el amor puesto en la Santa Iglesia y la Civilización Cristiana. Los primeros aman los frutos del Catolicismo: las formas, los usos, las arquitecturas, vestuarios, ritos, costumbres y formas que toma la humanidad modelada en el vientre inmaculado de la Iglesia. Los segundos aman las raíces que dieron esos frutos, por sus obras y promesas, los esplendores dados y los futuros, en todas las formas en que la historia y los pueblos les han fructificado y florecerán.

La herejía infecta esos frutos haciéndoles venenosos bajo la misma forma aparente de cristianismo. Sólo en los casos más infames de maldad los frutos serán reconociblemente contrarios a la Verdad, pero si el rebaño ha probado el veneno será progresivamente más difícil reconocer el mal.

No amamos a la Iglesia por sus frutos sino que los veneramos devotamente: amamos la verdad que hay en Ella, pues esa Verdad resplandece en mil formas y frutos.

Si lo propio de los pastores es conducir los rebaños a buenos pastos, alejándoles de la ponzoña y depredadores, ¿cuánta no será su responsabilidad sobre los males que le aquejan y el brillo al que están llamadas las almas a su cuidado? ¿Cuánta no será su maldad si les impide conocer el bien y borra para ellas la noción de veneno, mal e impureza? ¿No serán verdaderos pastores aquellos que alertan sobre el lobo y le apalean hasta acabar con el depredador en defensa de sus ovejas? ¿No serán pérfidos aquellos que confunden al rebaño abrazando a los lobos e invitándoles a tomar asiento entre las ovejas o bien mezclan venenos con alimentos?

Si en Fátima se anunciaron los más graves castigos por la impiedad, todos ellos pueden comprenderse bajo este prisma: padecemos los males que nuestros vicios atraen como consecuencias naturales y sobrenaturales. Los vicios desde los que se alimentaron las revoluciones dieron derivaron en el comunismo y sus defecciones posteriores, renovadas hoy en día con fuerzas nuevas y aliados infames como el Islam. Son castigos materiales por el peso de nuestros pecados y armas punitivas del Cielo que debemos combatir y sufrir.

Pero por sobre todos ellos la mayor tragedia, el castigo más pavoroso serán los rebaños sin pastor, conducidos por lobos que ya ni precisan vestirse de ovejas. De todas las tragedias, las más graves no son las del cuerpo, que más tarde o más temprano han de rendir cuentas ante el Tribunal Divino; las peores son – porque el alma es inmortal y a este daño es que debemos temer como nos enseña el Salvador – las espirituales, cuyos mayores responsables son nuestros pastores y a ellos aludía uno de sus secretos revelados. Pero también somos responsables todos los cristianos por el deber de caridad de enseñar y corregir el error.

La Fe, la verdad que creemos como dogma divinamente revelado, debe conservarse y es a Fátima hacia donde se dirigen nuestras miradas y esperanzas. En torno a Nuestra Señora donde nos agrupamos, recuperamos fuerzas y desde allí lanzamos nuestra cruzada. En ella conservamos la Fe y desde ella la purificamos por la Esperanza y la Caridad.

Ella misma, avisando sobre los castigos y renovaciones, nos advierte que todo parecerá perdido, que nuestros sentidos y afectos intelectuales nos dirán que nada más se puede hacer. Y sus labios celestiales nos prometen, para no desfallecer en la fe: “Cuando todo parezca perdido, por fin mi Inmaculado corazón triunfará”.

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