Profesión de fe contra las herejías

Cuando en 1925 el Papa Pío XI canonizaba a San Pedro Canisio y le proclamaba Doctor de la Iglesia, el primer jesuita de la provincia alemana de la Compañía de Jesús ya era el más popular después de San Bonifacio. Apellidado “Martillo de los herejes”, el santo holandés resplandeció por su apostolicidad y recta doctrina a tal punto que fue puesto como modelo y criterio absoluto para los católicos. Con frecuencia hacía tronar los aires con sus amonestaciones contra el pecado, la herejía y en especial por los católicos tibios que pasaban a las filas de los demonios de los aires, sin decidirse por completo entre el bien o el mal.

En Lecturas de hoy ofrecemos la Profesión de fe de este Doctor de la Iglesia:

«Profeso ante Vos mi fe, Padre y Señor del Cielo y de la tierra, Creador y Redentor mío, mi fuerza y mi salvación, que desde mis más tiernos años no cesaste de nutrirme con el pan sagrado de tu Palabra y de confortar mi corazón.

A fin de que yo no vagase, errando como las ovejas perdidas que no tienen pastor, Tú me has congregado en el seno de tu Iglesia; me tomaste, me educaste; educado, habéis continuado enseñándome con la voz de aquellos Pastores en los que Vos queréis ser oído y obedecido como en persona por vuestros fieles.

Confieso en alta voz, para mi salvación, todo aquello que los católicos siempre creyeron en buena ley en sus corazones.

Abomino de Lutero, detesto a Calvino, maldigo a todos los herejes; no quiero tener nada en común con ellos, porque no hablan ni oyen rectamente, ni poseen la única regla de la verdadera Fe propuesta por la Iglesia, una, santa, católica, apostólica y romana.

Me uno, en vez de eso, en la comunión, abrazo la fe, sigo la religión y apruebo la doctrina de aquellos que oyen y siguen a Cristo, no sólo cuando enseña sobre las Escrituras, sino también cuando juzga por la boca de los Concilios Ecuménicos y define por la boca de la Cátedra de Pedro, testimoniándola con la autoridad de los Padres.

Me profeso también hijo de aquella Iglesia romana que los blasfemos impíos desprecian, persiguen y abominan como si fuera anticristiana; no me alejo de ningún punto de su autoridad, ni me niego a dar la vida y derramar mi sangre en su defensa, y creo que los méritos de Jesucristo pueden obtener mi salvación y la de otros sólo en la unidad de esta misma Iglesia.

Profeso francamente, con San Jerónimo, estar unido con quien esté unido a la Cátedra de Pedro, y protesto, con San Ambrosio, seguir en todas las cosas a aquella Iglesia romana que reconozco respetuosamente, con San Cipriano, como raíz y madre de la Iglesia universal.

Confieso esa Fe y doctrina que aprendí siendo un niño, que confirmé en la juventud, que enseñé como adulto, y que ahora, con mi débiles fuerzas, defendí.

Al hacer esta profesión, no me mueve otra razón que la gloria y el honor de Dios, la conciencia de la verdad, la autoridad de las Sagradas Escrituras, el sentimiento y el consenso de los Padres de la Iglesia, el testimonio de fe que debo dar a mis hermanos y, finalmente, la salvación eterna que espero en el Cielo y la felicidad prometida a los verdaderos fieles.

Si yo fuese despreciado, maltratado y perseguido por causa de esta profesión, lo consideraré una gracia y un favor extraordinarios, porque eso significará que Vos, mi Dios, me diste la ocasión de sufrir por la justicia y no queréis que sean benevolentes aquellos que, como enemigos declarados de la Iglesia y de la verdad católica, no pueden ser vuestros amigos.

Sin embargo, perdónalos, Señor, porque instigados por el diablo y cegados por el brillo de una falsa doctrina, no saben lo que hacen, o no quieren saberlo.

Concededme, sin embargo, esta gracia: que en la vida y en la muerte yo rinda siempre un testimonio auténtico de la sinceridad y fidelidad que debo a Vos, a la Iglesia y a la verdad, que no me aleje jamás de Vuestro santo amor, y que esté en comunión con aquellos que Os temen y guardan Vuestros preceptos en la Santa Iglesia romana, a cuyo juicio, con ánimo presto y respetuoso, me someto yo y a toda mi obra.

Todos los santos, triunfantes en el Cielo o militantes en la tierra, que estáis indisolublemente unidos en el vínculo de la paz en la Iglesia Católica, mostrad vuestra inmensa bondad y rezad por mí.

Vosotros sois el principio y el fin de todos mis bienes; a Vos sean dados, en todo y por todo, alabanza, honor y gloria sempiterna. Amén.»

—————–

(Adaptación: “San Pedro Canisio: autobiografía y otros escritos”; Versión y comentarios: P. Benigno Hernández Montes, S.J.; Ediciones Mensajero, Editorial SAL TERRAE, 2004).

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