Presentación de la Virgen al Templo según la Tradición

La ceremonia de la presentación tuvo lugar en el Templo, sin duda en el patio de las mujeres y no en el interior del santuario. La misma empezó por un sacrificio. La puerta de Nicanor, dando vueltas silenciosas sobre sus goznes de bronce para dejar pasar la víctima, ofreció en perspectiva el templo de Zorobabel con sus coronas votivas, sus puertas tapizadas de planchas de oro, y sus paredes construidas de piedras enormes y pulimentadas, en las que la mano de los siglos había extendido ese tinte de hoja seca que distingue los antiguos edificios de Oriente.

Todo era grande y venerable en la casa de Yahvé, y sin embargo, a pesar de su magnificencia, ¡cuánto había decaído su esplendor y su santidad! un no sé qué de defectuoso e incompleto se hacía sentir hasta en sus ceremonias más imponentes; sus sacerdotes no eran ya los ungidos del señor; faltaba la consagración a las naves del templo; el arca había desaparecido, y con ella el Schekina; las misas piedras del Racional, este último y brillante oráculo en que Dios manifestaba sus voluntades a los Aaronitas, habían perdido su resplandor profético y no vaticinaban ya ni la derrota ni el triunfo. Pero un día glorioso iba a brillar para la casa santa, y ya el Oriente empezaba a iluminarse.

Los sacerdotes y los levitas reunidos en la última grada recibieron de las manos de Joaquín la víctima de prosperidad. Estos ministros de Dios no tenían la frente ceñida con el laurel o con el apio verde, como los sacerdotes de los ídolos: una especie de mitra redondeada de un tejido de lino muy espeso, una túnica de lino larga, blanca y sin anchura apretada por una larga cintura bordada de oro, de jacinto y de púrpura componían el traje sacerdotal que no se llevaba más que en el templo.

Después de haber echado sobre su hombro izquierdo los cabos flotantes de su ceñidor, uno de los Chaneos tomó el cordero cuya cabeza volvió hacia el norte, y le hundió en el cuello el cuchillo sagrado pronunciando una breve invocación al Dios de Jacob. La sangre que caía en un vaso de bronce quedó reservada para rociar los cuernos del altar. Hecho esto, el sacrificador amontonó en un espacioso plato de oro las entrañas, los riñones, el hígado, la cola y demás partes crasas de la víctima que varios levitas le presentaron sucesivamente después de haberla lavado con todo cuidado en el salón e la fuente. Él puso sobre la oblación incienso y sal; en seguida subiendo con los pies desnudos el suave tramo que conducía a la plataforma del altar de los holocaustos hizo libaciones de vino y de sangre: arrojó a la brillante llama que ningún soplo humano había encendido, un poco de flor de harina diluida en una copa de oro con aceite de olivo del más puro; y depuso finalmente la ofrenda pacífica sobre los ardientes leños que habían salido del gran bosque de Sichem, y que los oficiales superiores del templo habían reconocido con cuidado y despojado de su corteza. El resto de la hostia, con reserva del pecho y de la espalda derecha que pertenecían a los sacrificadores, fue entregado al esposo de Santa Ana, quien dividió los pedazos entre sus inmediatos parientes en conformidad a las costumbres de su pueblo.

Los últimos sonidos de las trompetas sacerdotales se percibían a lo largo de los pórticos, y el sacrificio ardía aún sobre el altar de bronce, cuando un ministro del templo bajó al atrio de las mujeres para terminar la ceremonia. Ana, seguida de Joaquín y llevando a María en sus brazos y la cabeza cubierta con un velo, se adelantó hacia el ministro del Altísimo, y, si se puede dar crédito a una tradición árabe, le presentó la joven sirvienta del Señor pronunciando con voz conmovida estas tiernas palabras: “Yo vengo a ofreceros el presente que Dios me ha hecho”.

El sacrificador hebrero aceptó en nombre de Aquel que fecundiza el seno de las madres el precioso depósito que le confiaba la gratitud, y bendijo a los dos santos esposos, como Helí el pontífice había bendecido en otro tiempo y en una circunstancia semejante al piadoso Elcana y a su dichosa consorte.

Extendiendo en seguida las manos sobre la asamblea que se inclinaba a su bendición pontifical: “Oh Israel – exclamó – dirija el Eterno hacia tí su luz, hágate prosperar en todas las cosas y concédate la paz”. Un cántico de gozo y de acción de gracias armoniosamente acompañado por las arpas sacerdotales terminó la presentación de la santa Virgen.

Tal fue la ceremonia que tuvo lugar hacia los últimos días de noviembre en el santo templo de Sion. Los hombres que ordinariamente se paran en la superficie de las cosas no vieron más que a una tierna niña admirablemente hermosa y de maravilloso fervor que su madre consagraba al Dios que le había concedido en sus ayunos y a sus lágrimas; pero los Ángeles del cielo que volaban por encima del Santuario descubrieron en esta dulce criatura a la Virgen de Isaías, a la prometida Esposa cuyo místico himeneo había cantado Salomón, a la Eva celestial que venía a borrar la mancha que la Eva pecadora no pudo lavar con sus lágrimas, a la Hija adoptiva y amada del Dios fuerte, a Aquella que Adán contempló en otro tiempo desde las excelsas alturas del paraíso, como a la única tabla de salud que le quedó en su naufragio.

Penetrados de júbilo al ver finalmente brillar la aurora de la redención del mundo, los coros angélicos saludaron con respeto a esta tierna planta nacida de la raíz de Jesé que iba a crecer al pie de las aras del Altísimo, como el olivo de la paz y de la renovada alianza.

Abate Orsini. “Vida de la Santísima Virgen”.  1854.

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