Preferir a Dios

Consideremos quién es Dios, qué ha hecho por nosotros, y qué merece que hagamos nosotros por Él. Y juzguemos después si hay alguna criatura que pueda disputar la preferencia del amor de Dios.

Dios es soberano Creador, soberano dueño, que nos creó para Sí. En sus manos está nuestra vida, Él es el árbitro de nuestra suerte. Démosle todo lo que tenemos, todo lo que somos. Es nuestro Padre, nuestro Juez, nuestro Rey. De Él pende nuestra felicidad o nuestra infelicidad eterna.

Siendo así Dios, ¿merecerá ser preferido a todo lo creado? ¿Tendremos otro dueño a quien contemplar ni a quien amar más que a Él? A pesar de lo evidente de la respuesta, por desgracia no parece haber otro a quien contemplemos, amemos y temamos menos que a Él.

Podemos contemporizar muchas veces con un pariente, un amigo o un conocido de quien esperamos conseguir alguna gracia o recibir algún servicio. Pero ponemos poca atención en agradar a Dios, sin ningún cuidado por evitar ofenderle. Vivimos la mayor parte del tiempo como si Dios no existiera.

Y no se trata de observar esto sólo en lo grande. ¿Cuántas veces una ligera inclinación, un vil interés, nuestro amor propio, un ridículo respeto humano logran esa preferencia y pueden más en nosotros que todas estas consideraciones? Y aún así presumimos de tener razón y religión. Pero si los tenemos, es de esperar que actuemos de la mejor forma posible con nuestro Creador, para poder merecernos el título de cristianos.

“Oh, mi Dios, ¡cuántas veces he preferido yo mis gustos, mis intereses, mis amigos antes que todos Vuestros preceptos! Es un gran dolor verme en la triste necesidad de confesar esta verdad. Pero, ¿de qué serviría que yo la disimulase, si mi conciencia la publicaría a gritos? No, Señor, no puedo ya desmentirla. Pero mientras ella me está acusando, mirad Señor lo que os dice mi corazón.

Mil veces Os he pospuesto a las criaturas. Millares de veces yo mismo me he preferido a Vos. Confieso mi maldad, que detesto y abomino. De hoy en adelante ninguna cosa Os disputará el lugar en mi corazón. Penas, ternuras, pérdida de bienes, complacencias, intereses, todo lo sacrificaré a Vuestra voluntad, hasta mi propia vida. Vos sois el Dios de mi corazón, y mi corazón será desde este punto según el corazón de Dios. Amén”.

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