Popularidad y populismo

De los golpes que la revolución anticristiana ha dado hacia la cultura, el que atenta contra la dignidad es uno de los lances más letales. La consciencia de sí mismo en el hombre, le sitúa en la historia y sus circunstancias, su lugar en la creación, sus deberes de estado y los mandatos de la caridad que confluyen en las expresiones materiales, psicológicas y espirituales de la elevación del espíritu.

El rey no se sirve a sí mismo sino a las almas que le han sido confiadas, del mismo modo que el Sumo Pontífice, un padre de familia, un aristócrata, un comerciante o campesino. Del mismo modo, el religioso, monja, sacerdote o quien detenta alguna jerarquía en la religión, no se deben a sí mismos sino a los mandatos de su estado y a la responsabilidad sobre la salvación de las almas.

En esto, seglares y religiosos, en proporción a la posición jerárquica que les fue dada por Dios, deben reflejar las luces y esplendores del Creador, haciéndose un reflejo a Su imagen y semejanza. Contradecir este principio fundamental de la fe acarrea graves trastornos en el orden del universo y males para los hombres y su salvación.

La actitud pública y privada, la ropa y el porte, las formas y modales, la estatura moral de todos los hombres debe reflejar esa enorme grandeza que Dios le asigna en la historia.

La vulgaridad moderna, la chabacanería disfrutada en su ruindad, la búsqueda de extravagancias y el ansia de popularidad corrompen el alma y, por consecuencia, la cultura entera. A tal punto es así que nos parece una tarea imposible comparar las estampas de un hombre o jerarca moderno con el de los tiempos pasados, aún entre los paganos.

Los estados de alma de cada generación o pueblo producen una cultura propia, estados de ser y sentir particulares más allá de las formas individuales de cada persona y tiempo. De aquí que podamos distinguir un samurai de un cosaco, una mujer de la Francia prerrevolucionaria de una obrera soviética, un sacerdote de un activista sindical. Y en un mismo tiempo y cultura, las fisonomías materiales y psicológicas distinguen a un futbolista, animador de televisión, profesor universitario o una meretriz. Forma a cada grupo una expresión propia que les distingue más allá de sus particularidades. Con el tiempo los mandatarios se igualaron con los burócratas o comerciantes de modo tal que resulta muy difícil distinguirlos entre sí, o entre agitadores sociales y responsables de naciones. Los modales, preferencias, uso de la voz y gestualidad, incluso los ropajes nos hablan más allá de las palabras, de su condición y estado de alma.

Quien resplandece por todo cuanto refleja de Dios en su alma y estado de ser, en todo lo material e intangible, genera por sí mismo la atracción de las almas hacia el Creador, produciendo lo que llamamos popularidad y veneración. Ocurre con los grandes artistas, los Pontífices, dignatarios y aun con un simple padre de familia o campesino respetado y querido entre su gente. El principio sería éste: cuanto más simbolice y represente lo mejor de su estado, más amado y escuchado, imitado y elevado resultará.

Por el contrario, el demagogo, el populista de risa fácil, vulgar y tosco, liviano y efectista en sus formas de ser, buscando siempre apelar a la simpatía de las masas, será un producto deforme y monstruoso que pasará a la noche de la historia ya sea ignorado o repudiado por los que le sigan.

Si la popularidad nace de la devoción por lo excelente, el populismo nace de halagar los vicios. Si se contenta lo pecaminoso, lo que acepta el vicio, es natural que se le apruebe porque no contradice la naturaleza torcida del pecador. El populista hace sentir bien al pecador, le dice que todo está bien, que no le juzga sino aprueba y abraza. El demagogo propondrá leyes y costumbres que son alegremente aceptadas por quienes a cambio le respaldarán. No hay principios ni mandamientos que proteger ni elevación cultural o espiritual que cumplir. El populista transmite que no es más que los demás, es igualitario, sensual, no ideológico, masivo y masificante.

El populista es uno más de la masa, semejante en sus aspiraciones y vicios, tan humano, vulgar y anodino como cualquiera. Es esencialmente anti-superioridades de cualquier tipo. Si nadie es superior, asegura a su masa, nadie se puede sentir menos. Y este principio afecta particularmente a las superioridades jerárquicas, morales, culturales o económicas. En todos estos el orgullo, vanidad y sensualidad les corrompen hasta hacer lo absurdo con tal de ser aclamados y populares.

Por el contrario, en esos santos que congregaban multitudes, esos mandatarios que se perdían entre todo su pueblo jubiloso, esos artistas que movilizaban a tantos y tantos en torno a su genio superior, esos maestros en lo suyo, esos padres llorados por los que le conocieron, todos ellos fueron amados por enseñar el camino de lo que se debe aspirar, respetar y amar. Les amaron porque Dios es amado en sus reflejos y el amor a la jerarquía y superioridad nos eleva hasta los Cielos y sus círculos de perfecciones.

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