Poesía sobre el viaje y Nacimiento

El viaje a Belén

I

En aquel tiempo el edicto
César Augusto publica
para que del vasto imperio
se empadronen las familias,
en el lugar de su origen
quedando todas inscritas.

Ya se aprestan los esposos
para acudir a la villa
de Belén, en donde el árbol
de su raza se origina.

José coloca a la Virgen
en la mansa mula y cuida
de asegurar los arreos
para que viaje tranquila,
tiernamente prevenidos
cuantos cuidados la aflijan,
cuantos sobresaltos puedan
amenazarla o herirla.

De Nazaret así parten;
va a pie sin temer fatiga
José, lleavndo del diestro
la mula que al santo guía
sigue, sin que en la jornada
el peso sus fuerzas rinda.

II

A la ciudad de sus padres
ya los esposos arriban;
buscan posada, son vanas
sus cuidadosas pesquisas,
porque las puertas les cierra,
cuando su estado averigua,
el duro huésped, que quiere
gente acomodada y rica
que calme con sus dineros
el hambre de la avaricia.

María y José son pobres,
y, por su pobreza misma,
la patria de sus abuelos,
por sus abuelos bendita,
la hospitalidad les niega
y los rechaza y humilla.

Pero los santos viajeros
ni se quejan, ni suspiran;
a Dios piden que perdone
las humanas injusticias,
por el Sol que luz esparce
desde el seno de María
y que da calor al pobre
y para el humilde brilla.

El Nacimiento del Hijo de Dios

I

Lejos ya de los umbrales
donde rechazado fue,
albergue busca José
entre humildes animales.

En un establo le encuentra,
templo de amor y alegría;
que en él la Virgen María
con la gracia de Dios entra.

Gracia de inmensa virtud
con que se vio iluminada
aquella noche, llamada
noche de Eterna Salud.

Porque a darla en ella vino
a la triste humanidad,
con la luz del a verdad,
el Sol del Verbo divino
cuyos rayos nos dirigen
hacia la Patria bendita;
el sol que al esclavo quita
las cadenas que le afligen.

Que ante su luz se desatan
lazos que al alma envilecen,
y las sombras desaparecen
de los pecados que matan.

II

Nace el Sol de la alegría,
la Luz de eterna belleza,
sin alterar la pureza
de la Virginal María.

Mira el nacido portento
San José con tierno afán;
la mula y el buey le dan
suave calor con su aliento.

Y radiante de ventura
y con esmerado aliño
la Virgen para su niño
dispone blanca envoltura.

Y llora el niño entre tanto,
y es llanto en bienes fecundo;
que aquel niño nace al mundo
dando salud con su llanto.

III

Que el mundo entero celebre
la Divina Majestad
del Ejemplo de humildad
que ha nacido en un pesebre.

Todo rey le debe honores,
adora el pastor sus leyes;
Él es el Rey de los reyes
y el Pastor de los pastores.

Ya la voz del cielo guía
a los que guardan ganados;
ved los ángeles postrados
ante el Hijo de María.

¡Cómo de gozo se inunda
el corazón de la Madre!
No hay gloria que más le cuadre
que la que en su amor se funda.

Y vierte con amor santo
de alegría dulce lloro,
oyendo el celeste coro
que entona divino canto.

Canto que al infierno aterra
y ofrece al mundo venturas:
“¡Gloria a Dios en las alturas
y al hombre paz en la tierra!”

(“Cuadros de la vida de la Virgen”. Eduardo Bustillo. 1865)

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